3Mujeres fuertes, libres, imperfectasÚltimamente disfruto de la soledad. No a todo el mundo le hace bien la soledad. A ti no te hace bien porque piensas cosas absurdas. A mí, en cambio, la soledad me gusta y me hace bien.Elena Medel, que firma unos prólogos espléndidos (en estilo y contenido) para las reediciones de Ginzburg que ha publicado Lumen, hace una observación inteligente: La ciudad y la casa es la novela de la autora en la que las mujeres son más libres. Hay una evolución con respecto a títulos como El camino que va a la ciudad (1942), Y eso fue lo que pasó (1947), Todos nuestros ayeres (1952) o Las palabras de la noche (1961); y no es baladí que La ciudad y la casa (1984) corresponda a la madurez de Ginzburg y a una etapa de transformaciones sociales decisivas (entre los años setenta y ochenta). En sus primeras obras, era recurrente el retrato de la recién casada insatisfecha, de chicas para quien «la vida empieza cuando todavía somos demasiado jóvenes para comprenderla» (Y eso fue lo que pasó, p. 82); una dura crítica a la falta de preparación de las muchachas, que veían el matrimonio como única salida, y esta a su vez no les proporcionaba las emociones que esperaban. Sin embargo, esta otra novela ya no se encuadra en la posguerra, ni en un pueblo remoto del campo: tras la segunda ola del feminismo y la expansión de la píldora anticonceptiva, se abrieron puertas.Estas mujeres no son necesariamente más felices, pero toman decisiones, vienen y van. Tienen voz; no están anuladas ni por el marido ni por la familia, o si acaso no lo están tanto. La muestra es Serena, paradigma (algo estereotipado) de la «nueva mujer»: cuarenta años, soltera, amantes cuando le apetece, actúa en el teatro (papeles con una orientación feminista, como la ninguneada esposa de Dante o la controvertida Yocasta) y dirige un Centro de la Mujer. Es una mujer segura de sí misma, emancipada y, para más inri, intelectual; habría sido imposible en Todos nuestros ayeres. No deja de ser una secundaria, pero pone de relieve un cambio de era en las oportunidades de las mujeres, y permite contraponer a las otras (más convencionales, al menos en materia conyugal) con ella. Albina, otra secundaria, se parece más a las primeras protagonistas de Ginzburg: más joven, atrapada en sus responsabilidades como hija mayor, dice tener «el enamoramiento fácil, pero la cama difícil» (p. 46). Para ella, el matrimonio sigue siendo la opción para salir del hogar paterno y mejorar su nivel de vida, lo que demuestra que no todas pueden o quieren ser como Serena. Su losa no es el lecho conyugal sino la niñez prolongada de quien no se ha independizado («la conozco desde que era pequeña, pero a mí eso no me gusta demasiado. Siento que tengo el futuro pegado a las suelas de los zapatos», p. 179). Con Albina se plantea una relación de ni contigo ni sin ti con un periodista: no están juntos, pero en los silencios de las cartas se entrevé la alianza que tuvieron. Él presume de sus conquistas mientras que ella se mantiene discreta con sus quehaceres. El lector tiene la sensación de que a ambos les habría ido mejor de otra manera, pero, ya se sabe, la vida no es ese final feliz que todos querríamos.Por supuesto, Lucrezia, lo más parecido a una protagonista femenina, representa esa liberación pese a ser, en apariencia, lo opuesto a Serena. Para empezar, tiene un matrimonio abierto, su marido ha aceptado sus relaciones y el vínculo entre ambos no se ha roto. Esta relación bien llevada habría sido inconcebible en la posguerra. Es, por si fuera poco, una mujer directa, clara en sus cartas, como si la autora hubiera querido crear un personaje que es esposa y es madre pero, no obstante, no está «sometida» y lleva las riendas de la relación y de su vida. Hay muchas maneras de ser una mujer liberada, y Ginzburg plasma esa pluralidad de caracteres (en su libro A propósito de las mujeres se recoge un discurso en el que rechaza la representación de la mujer, en singular, como víctima o luchadora; en lugar de eso, se propone representar a las mujeres, en plural, reales y diversas, diferentes entre ellas, y, claro está, imperfectas). Para hablar de mujeres libres, resulta clave referirse el rol de los hombres: «Tú no eres de los que hieren, sino de los que pasan con cuidado de no herir, de no pisotear, de no destruir nada. Eres como yo. Eres de los que perdonan siempre» (p. 140), le dice el marido de Lucrezia a Giuseppe. Los dos han estado con ella y, aun así, no se comportan según el estereotipo de varón dominante. En ellos hay otra apertura. Y en la nueva generación, encabezada por Alberico, lo mismo: más opciones, más libertad.
4Hola, adiós, hasta siempreQuizá te suenen extrañas las palabras «si vuelvo». Quizá te suene extraño el condicional. Pero a mí ahora todo me parece incierto, y no sé cómo orientarme en la maraña de mis pensamientos. Deseo volver a Italia y, al mismo tiempo, no lo deseo en absoluto. Deseo con toda mi alma volver a verte, Lucrezia, y al mismo tiempo no lo deseo en absoluto. Me da miedo volver a verte, tener que encontrarme frente a frente contigo. Hemos estado alejados demasiado tiempo y a ti y a mí nos han sucedido demasiadas cosas.En Ginzburg, desde su debut con El camino que va a la ciudad, han destacado las nociones de casa y camino, a menudo por contraste entre campo y ciudad, pero no exclusivamente. En La ciudad y la casa, hay una ciudad, Roma, y una casa, Las Margaritas, aunque no ocupan el espacio fijo que cabría esperar. La novela empieza con un viaje, el de Giuseppe a Estados Unidos, con la consiguiente venta de su casa. No será el único movimiento de este tipo que se produzca. Eso, el movimiento, la movilidad, es una idea fundamental: nadie está arraigado en un punto firme, invariable (salvo Roberta, quizá, la particular Euriclea de esta historia), ni siquiera los que se creían más estables. Esa incertidumbre con respecto al futuro se ciñe en torno a Giuseppe, un personaje que improvisa sobre la marcha: «No me apetece salir solo, no siento curiosidad por mirar a mi alrededor, no me siento ni un visitante ocasional ni un habitante, sino alguien que no sabe qué ser y dirige a todas partes una mirada indecisa» (p. 79). Sus amigos confían en su regreso, pero él, como Ulises (al que no en vano se cita), se entretiene. Su hijo repite su comportamiento: inclinaciones artísticas, poco proclive a la estabilidad, metido en tensiones políticas, drogas. Nueva generación, «dispersión» heredada.
Natalia Ginzburg
En todo el libro resuena un debate acerca de la conveniencia de vender o no la vivienda. La vivienda no es solo un espacio físico, sino un compendio de aprendizaje y momentos compartidos, un capital simbólico. Unos opinan que no, jamás. Otros la venden sin darle tantas vueltas, y sin embargo la siguen sintiendo como suya aunque otros la ocupen. Se esboza el concepto de la casa como el equipaje vital de cada uno, un equipaje simbólico, compuesto por personas y experiencias, que se conserva en los desplazamientos. La novela está hecha de cartas: papeles sueltos, volátiles, que podrían perderse. No constituyen la experiencia en sí, sino un medio para contarla, para ampliar esa red de confesiones, de intimidad compartida. Para Ginzburg cuenta todo, lo permanente y lo errático. La casa es el léxico, no solo familiar, que inventen entre ellos, juntos y separados. ¿Qué son, en realidad, la casa y la ciudad? El hogar, Roma. Y, a la vez, tantos lugares como quieran. Lo estable y lo móvil. Lo que ellos decidan. Y esta es una novela extraordinaria. En la ciudad, en la casa, y en cualquier parte.Citas en cursiva de las páginas 211, 126, 97 y 272-273.