La complejidad de la condición humana es tremenda. No sabes si llorar es una liberación de los puntos negros que tienes incrustados durante años en tu vida, o es sencillamente un escape de las tensiones acumuladas en esos años que han ido transcurriendo.
Esos momentos que tienes en situaciones determinadas, que a veces son como agujas que se te van clavando, que por mucho que te empeñes en esquivar, las más de las veces, se posan en tu subconsciente y no tienes más remedio que abrir las espuertas de tus ojos y dejar fluir esas lágrimas para que vayan a parar al mar infinito de nuestras almas.
La condición humana no es otra cosa que variables múltiples de nuestra personalidad que vamos arrastrando sin percibir que esas variables a su vez están hechas de muy diversa textura. Muchas veces intento que mis neuronas no se queden en un mero baile de interconexiones.
Lo que deseo es que ese poema que aún no he escrito sobre la vida, por fin surja sin complejos, sin miedos, sin ocultar toda la verdad que deben de existir en unos versos. Esa esencia del lenguaje escrito o hablado que tiene precisamente la condición humana.
Muchos han desarrollado ensayos sobre la condición humana; muchas filosofías y entramados del pensar han florecido desde los clásicos hasta nuestros días y muchas obras tienen una furiosa actualidad aunque se hayan expresado hace muchos siglos.
Esa actualidad es la que me hace dudar de muchas formas atávicas del ser humano y me siguen sorprendiendo con las actuaciones de algunas personas.
¿Por qué la condición humana ante la vida es tan compleja? ¿Por qué sigue actuando tan desesperadamente la condición humana?