La continua metamorfosis del patriarcado

Publicado el 04 octubre 2015 por Teremolla

   Esta semana escuchaba en boca de una mujer lo malas que somos, en general, las mujeres que además de envidiosas, somos mentirosas y muy egoístas. Comencé a discutirle, pero estábamos en ambiente informal, entre gente amiga y al final comprendí que sólo quería escucharse a sí misma. Ya he comprendido que en esos momentos, retirarse de la discusión es una pequeña victoria, puesto que de lo contrario se podría entrar en un bucle infinito. Y la verdad, estaba demasiado a gusto como para seguir con una discusión estéril.

Pero era inevitable que le diera muchas vueltas al tema, porque no deja de sorprenderme el hecho de los ataques gratuitos que las mujeres nos dedicamos no sólo personalmente sino también como grupo mayoritario de la población mundial.

Una de las estrategias del patriarcado es reinventarse y no podemos evitar estar socializadas en un entorno patriarcal en donde los valores imperantes son los que mandata el sistema patriarcal. Desde antes incluso de nacer ya se nos prepara para seamos lo que se espera que seamos como mujeres u hombres y, además, sin salirnos “demasiado” de esa heteronormativdad impuesta.

De ahí que desde la más tierna infancia cuando se observa alguna diferencia con las criaturas se intenten corregir lo más rápidamente posible para que se integre y no tenga problemas en la comunidad a la que pertenece. Mi amiga Fran lo describe muy bien: “Para pertenecer a la manada, has de aceptar sus reglas, de lo contrario sólo te espera soledad y oprobio”. Y cuánta razón tiene Fran!

A las mujeres se nos ha socializado para servir y obedecer. A los hombres, por supuesto. Pero a demás también para que nos cueste respetarnos y admirarnos entre nosotras, puesto que nuestra unión sincera y honesta pone en riesgo el sistema patriarcal, que también conoce nuestras fuerza colectiva. La estrategia del “divide y vencerás” siempre le funciona al patriarcado entre nosotras.

No es para nada nuevo la persistencia del mito de que las mujeres seamos básicamente mentirosas y malas, puesto que esto es herencia directa de la Biblia a través de la manzana de Eva que, según ellos, los de faldas largas y negras causó la perdición de Adán y del resto de la humanidad. Pues eso. Y estos señores no son nada sospechosos de ser feministas. No, nada. En fin.

Desde los confesionarios y los palacios que siguen manteniendo, mandatan a gobernantes de todo el mundo (pese a la teórica separación entre Iglesia y Estado) cómo han de elaborarse las normas para que el orden “natural” (traducido quiere decir patriarcal) no cambie. Y así nos sigue luciendo el pelo a las mujeres.

Algunas hemos plantado cara a lo largo de la historia con resultados diferentes. Pero en cada movimiento o cada mejora conseguida, también el patriarcado se adapta a las nuevas situaciones.

Cuando las mujeres comenzamos a salir de los espacios privados para ocupar los públicos, se nos acusó de abandonar familia y casa y se nos culpabiliza constantemente por este hecho. Somos las teóricas culpables de todos los males, puesto que con nuestra salida de ese espacio en el que nos vendieron que éramos “las reinas del hogar” las criaturas están más tiempo fuera de casa y eso les impide recibir todos los cuidados que merecen. Nunca se habla de la función emocional de los padres, ni se cuestiona en absoluto su papel como sustentador familiar. El de las madres se cuestiona continuamente.

Cuando en ocasiones ha de haber remodelaciones de plantillas laborales, casi siempre las primeras en salir son las mujeres y entre ellas además, en demasiados casos se exige/justifica con el argumente “el marido ya trabaja y la pude mantener, porque los hombres han de mantener a sus familias” y se quedan tan anchas. Y si por el contrario, se ha de ascender a alguien y resulta que la ascendida es una mujer el comentario inmediato es el “A saber que le habrá hecho al jefe para que la ascienda”.

Afortunadamente para nosotras, pese a que estas frases y situaciones que he comentado las he escuchado de boca de mujeres en el último año con la tristeza que eso provoca, algunas cosas van cambiando. Cada día somos más las mujeres y hombres (que los hay) que oponemos razón y corazón a estas situaciones patriarcales y hacemos pedagogía para que no se repitan. También decir que los éxitos son desiguales.

Abrir los ojos, ponernos las gafas violetas y denunciar al patriarcado y a ese tipo de situaciones a través de la sororidad y el respeto (a pesar de que en ocasiones no se esté de acuerdo con las opiniones de otras mujeres) es una buena herramienta para no dar tregua a quienes le siguen defendiendo consciente o inconscientemente.

Es importante e incluso vital que la máxima feminista del “cuando nos afecta a una, nos afecta a todas” sea como un mantra que nos permita recordarnos que somos las que peor parte nos hemos llevado en la historia de la humanidad y que es hora de aparcar diferencias y trabajar para alcanzar una igualdad plena que permita construir democracias paritarias, por ejemplo.

Desmontar el patriarcado en cada una de sus reinvenciones y metamorfosis para exigir social y personalmente nuestro derecho a una vida digna, libre de violencias y con equidad respecto a los hombres, no es tarea fácil. Nadie dijo que lo fuera. Pero no podemos cejar en el empeño de seguir luchando para que el patriarcado se vuelva visible a los ojos de quienes se siguen alimentando de él, aprovechando de él, sin entender que son herramientas que el sistema aprovecha para debilitarnos entre nosotras.

Esa reinvención que tiene el sistema para adaptarse a las nuevas realidades ha de ser desmontada día a día, situación a situación, porque insisto que “cuando nos afecta a una, nos afecta a todas”.

Y ese es el camino que muchas hemos tomado ya y del que no existe retorno.

Ben cordialmente,

Teresa