La danza de la muerte

Publicado el 22 julio 2018 por Erre @BlogeRRe

"Ternura" Guayasamín


Tengo una pésima memoria para recordar fechas. Parafraseando a un poeta, -como el dolor- no la puedo medir con números claros sino con palabras inciertas. A menudo, debo recurrir a referentes para situar sucesos del pasado en un ya inexistente tiempo concreto.
Por ejemplo, sé que mi padre murió una Semana Santa porque había déficit de médicos en el centro. Lo mantuvieron durante largas horas en una angosta camilla en el corredor de la muerte del hospital. Cuando lo atendieron, no hubo tiempo para practicarle la necesaria traqueotomía y al cabo de unas horas falleció. Puedo deducir que fue en el año noventa y uno por otro referente que no vale la pena mencionar.
Mi madre murió pocos años después, no sé exactamente cuántos. También en Semana Santa. Yo estaba de vacaciones por la Meseta Central. Un sábado al medio día, mientras comía en el mesón Don Jimeno de Segovia, sentí de repente la llamada de llamarla, pero nunca contestó. Regresé a Barcelona justo a tiempo de acudir a su entierro.
Sin embargo, una noche imprecisa ella volvió. Cogió mi mano y me levantó de la cama para que bailáramos descalzas sobre el gélido suelo de la habitación. Luego, con los dedos, dibujó en el aire rosas blancas cuyos pétalos, como copos de escarcha, caían sobre nuestros cuerpos. Escuché un tenue te quiero entre alegres carcajadas que suavizaban su rostro muerto; y con los labios apretados bajé la mirada para que nada enturbiara el onírico encuentro. ¿Has cenado? me preguntó de repente rompiendo el silencio. No, le contesté sorprendida. ¿Te frío unos huevos?, añadió. Y contagiada aún por el eco de su risa respondí: yo también te quiero. 
Como dos niñas pizpiretas, con secreta complicidad, continuamos nuestra danza macabra hasta el amanecer.