Revista Arte

La genialidad es irrepetible, como la inspiración, la motivación o el entusiasmo.

Por Artepoesia
La genialidad es irrepetible, como la inspiración, la motivación o el entusiasmo.La genialidad es irrepetible, como la inspiración, la motivación o el entusiasmo.
En solo tres años de diferencia el pintor italiano Orazio Gentileschi (1563-1639) pintaría dos versiones del mismo tema durante su estancia en Inglaterra. El tema de las obras era Moisés rescatado de las aguas. Una, la primera de ambas, fechada en el año 1630 y compuesta para la corte del rey inglés Carlos I; la segunda, finalizada en el año 1633, es una obra de regalo compuesta para el rey de España Felipe IV. Son unas composiciones curiosas porque, partiendo de la misma estructura, personajes, posiciones y narración, solo la segunda del año 1633 -actualmente en el museo del Prado- no incorpora un personaje que estaba antes así como algunos gestos y ademanes de la primera versión. Porque uno de los personajes femeninos deja ahora de mirar y señalar al río para fijarse claramente en el pequeño rescatado. Diferencias que, junto a la mayor rigidez o gravedad que disponen los personajes con respecto a la anterior obra de 1630 -colección particular británica-, hacen muy determinante una cualidad estilística de menor relieve y menor genialidad de la obra más moderna. ¿Es qué no se avanzará desde la genialidad hacia la genialidad? Porque el equilibrio compositivo que consigue el autor italiano en su primera obra es, sin embargo, extraordinario. Los brazos extendidos de los personajes de la derecha compensan ahora la aglutinada y relevante agrupación de los de la izquierda. Ahí, en la izquierda del cuadro, se sitúan ahora los personajes más importantes: la princesa egipcia, la madre de Moisés -de pie y túnica roja- y Miriam, la hija de ésta y hermana del pequeño -con túnica verdecida-, y que ahora está de rodillas justo al lado de su madre ofreciendo a la princesa a ésta como niñera. Hasta los troncos de los árboles están ahí, en la composición del año 1633, más agrupados hacia la izquierda .
Orazio Gentileschi nace en el tiempo y en la región italiana de los grandes creadores manieristas. Pero, pronto el mundo habría cambiado con la fuerza poderosa del revolucionario Caravaggio. A Orazio le entusiasma su amigo Caravaggio y le sigue en tendencia y sentido artístico todo lo que puede. Pero las fuerzas de las naturalezas creativas de este mundo son fenómenos que atropellarán inmisericordemente a sus seguidores. Para sobrevivir a Caravaggio, y a la vida, Orazio debe elegir otra cosa y, entonces, descubrirá la metáfora más lírica y elegante de las obras clásicas de Arte. Así se garantizará la vida..., y con su genialidad, sin embargo, ganará a veces el Arte. Pero la genialidad no se mantiene siempre para los que no eligen una cosa. Como la inspiración, no abunda la genialidad en todos los casos. Sobre todo cuando, como en Gentileschi, se primará sobrevivir a crear indiferente o despiadadamente la obra personal frente al gusto general. Al pintar a partir de 1626 para Carlos I y su corte, Orazio crea obras inspiradas pero, a diferencia del naturalismo de Caravaggio, llenas ahora de armoniosa, elegante y primorosa belleza encantadora. Gustaban sus obras por la capacidad de combinar matiz, tonalidad, originalidad y estilización clásicas. Así, su Moisés terminado en el año 1630 fue para la esposa del rey Carlos I. Una francesa con gustos cosmopolitas y deseos armoniosos de belleza. Aquí el pintor barroco-manierista realizaría una composición original, llena de gestos, desnudos insinuantes y matices fríos que sostienen ahora, compensados, todos los elementos iconográficos de la obra.
Pero tres años después, cuando el pintor busca seducir a otros mecenas regios -en este caso el rey español- para seguir sobreviviendo, pintaría la misma obra Moisés rescatado de las aguas, pero ahora con unas diferencias meditadas o calculadas para su majestuoso destinatario. Realiza una obra más austera, viste más a los personajes -ya no hay desnudos insinuantes-, acentuará los colores cálidos y elevaría además la figura noble de la princesa egipcia al eliminar los personajes levantados, evitando además señalamientos o brazos extendidos a la altura del personaje más importante. Con ese desequilibrio compositivo aumentaría la fortaleza de la figura regia frente a los demás secundarios personajes, creando así un más y mejor efecto de grandiosidad majestuosa, un efecto más propio para una corte como la del rey Felipe IV, la más majestuosa y exigente corte de Europa. Elementos diferenciadores matizados por el hecho, ahora, de sobrevivir...  Durante esos años (1630-1633) la corte inglesa estaría fascinada además por dos pintores flamencos, Rubens y Van Dyck, y el pintor italiano sospecharía que esa competencia sería muy difícil de vencer por entonces solo con sus cuadros. Buscará viajar a Italia o España, pero, al final, no lo conseguirá terminando por fallecer en Londres en el año 1639. Sin embargo, dejaría antes estas dos obras de Arte barroco para, sin desmerecer ninguna, comprender ahora que la genialidad artística tan sólo la rozaría con la primera de las dos que llevase a cabo. 
La primera es más caravaggista, la segunda es más clásica. La primera es más original, es más sorprendente, la segunda es más elegante, más aséptica, más correcta o majestuosa. Hasta la corona de la princesa egipcia brilla ahora elegante y regia solo en la segunda, en la primera del año 1630 no la pinta. Hasta la sofisticación del vestido de ella es mayor en la segunda frente a la otra. Pero es la narración también la que en esta obra, la primera confeccionada en el año 1630, tiene una más interesante visión con la composición estructurada tan original de sus personajes. Están mostrando algunas mujeres ahora el lugar donde han encontrado al pequeño Moisés, y esta eventualidad espacial hace a la obra no centrar la mirada solo en la princesa y su interés por el hallazgo. Los colores y sus tonalidades más frías -azules frente a ocres- llevan a un contraste más conseguido que en la obra del año 1633. Pero, sobre todo, la naturalidad de los personajes que ahora, sin pudor, mostrarán su interés sin reparar en los gestos ni en las formas de sus vestidos indecorosos, más acordes con haber estado rescatando a Moisés en el río que paseando por la orilla. ¿Fue solo genialidad inexistente o forzada inspiración creativa interesada? No podía arriesgarse Orazio a enviar una obra a la corte más decente de Europa -aunque su rey hubiese tal vez preferido lo contrario- y perder el posible favor de mecenazgo. Por eso la pintaría así, transformada por completo de la original que pintase tres años antes para la corte inglesa del rey Carlos. ¿Fue entonces genialidad y ahora no? 
La genialidad es tan sutil como imposible comprenderla exactamente. Es decir, ¿cómo saber que algo es hecho conforme al genio o no sin saber exactamente las motivaciones más primarias? Pero, no hay duda posible, no debe haberla. La genialidad no puede estar condicionada nunca. Si lo está no es genialidad, es otra cosa. La genialidad, como la inspiración, debe fluir sin condiciones previas siempre, debe prosperar sin determinaciones que lleven al creador a definir un planeamiento de lo que, finalmente, persiga calculado. Cuando el pintor compone su obra desde la honestidad libre de su sentido inspirador más impreciso, es cuando brillará la genialidad más indecorosa o más ferviente o más artística o más grandiosa. Esa genialidad que no vuelve a repetirse si no es desde la nula falta de motivación más interesada. Cuando Orazio Gentileschi decidió volcarse en el lirismo estilístico más clásico tal vez lo hizo porque no pudo componer como lo hiciera Caravaggio. Fue, no obstante, un extraordinario pintor barroco. Sus obras consiguen combinar aquel manierismo tardío tan bello, sutil, excelente y original con el modernismo naturalista del barroco de su maestro más querido. Sin embargo tuvo que vivir, tuvo que componer sus obras desde la más poderosa razón existencial, mucho más vitalista que artística o desmotivadora. A pesar de eso, es de los mejores alumnos que tuviera Caravaggio así como de los más grandes creadores de ese barroco tan fértil, bello, original y, a veces, tan despiadado...
(Óleo Moisés salvado de las aguas, 1630, Orazio Gentileschi, Colección Particular, actualmente prestado en la National Gallery, Londres; Obra del pintor barroco Orazio Gentileschi, Moisés salvado de las aguas, 1633, Museo Nacional del Prado, Madrid.)

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