La historia de una tristísima autodestrucción

Por Josemanuelfidalgogomez @josmafidalgo

Érase una vez la historia de una familia a la que se le impedía, eso, ser familia y tener un hogar donde vivir y ser felices. Gracias a que quien lo impedía pasó a mejor vida, a tanto que se querían entre ellos, poco a poco, fueron buscando una, al principio utópica, felicidad pero después consolidada por unas normas que lograron instaurar en casa.

Esta familia tenía varios hijos, cada uno con sus virtudes y defectos, pero el denominador común que les hacían bienconvivir no era sino el respeto del uno por el otro.

Todos los chicos de la familia se hacían mayores, habían aprendido unos valores en casa; cada uno a su ritmo fueron creciendo intelectualmente y su motivación iba enfocada a estar siempre preparados para todo lo bueno que debía sobrevenir a sus esfuerzos así como afianzar su coraza familiar para cuando los momentos fueran menos buenos.

Como buenos hermanos, los mayores aconsejaban a los más pequeños y se sacrificaban ayudándoles a estudiar y a aprender.

El devenir de la vida hizo que estos chicos menores, al salir de casa encontraran amigos en la calle, amigos éstos que los malaconsejaban acerca de otras formas de vida, del desapego, de la superioridad y sobre todo, con la motivación del olvido de quiénes eran y qué familia integraban.

Cuando fueron contando a casa estas ideas, sus padres, les insistían de la importancia de que para lo bueno y lo malo, eran una familia donde todos se respetaban y se querían; les recomendaban que no olvidaran quiénes eran y cuáles eran las normas de casa para todos. El resto de hermanos entendían que sus padres fueran más cariñosos y se esforzaran con éstos a partir de comprarles mejores ropas y que se sentaran a comer los primeros. Uno de ellos, el más influenciado por sus amigos le había germinado una nueva idea de vivir, le había calado hondo una luz que decían, se le encendía. Algo que intentaba someter su conciencia, tanto que insistía en marcharse de casa y en romper cualquier lazo de amor con sus padres y hermanos; no le importaba abandonar el hogar.

Un buen día le dijo a sus padres que les quería hablar del asunto que se traía entre manos y que sus condiciones serían salir de casa, no vivir más con ellos ni con sus hermanos aunque volvería cada noche a ducharse, recoger su comida y su ropa limpia. Los padres le instaron a que ese no era el camino, les entristecía mucho esa determinación y le hicieron ver que todos serían infelices para siempre. El chico, al propio tiempo que no le importaba lo más mínimo la opinión ni la infelicidad que pudiera acontecer en la familia, quería seguir en el empeño a toda costa.

Entretanto, había algo en este chico que le hacía oir voces dentro de sí. Era su conciencia, la que tantos años y tantos esfuerzos costó labrarse desde pequeño, la que le hacía poner los pies en el suelo y valorar tantas cosas que le hicieron felices hasta la fecha...al fin y al cabo, había vivido muchos años junto a su conciencia, la misma que había forjado su personalidad, en cambio, sólo lo había hecho una pequeña porción de tiempo con unas ideas sustentadas en cimientos de papel.

El dilema de esta historia no es más que este chico se encuentra sumido en una incongruencia entre sus ideas y el amparo de su conciencia. Siendo así, resolver los conflictos de su interior y su psique antes de enloquecerse buscando el camino a ninguna parte, es la empresa que tiene por delante antes que esta historia en su día nos haga recordar lo que sería una tristísima autodestrucción.