Revista Arte

La irreprimible vitalidad contenida de Miguel Angel

Por Fran Terán

LA IRREPRIMIBLE VITALIDAD CONTENIDA DE MIGUEL ÁNGEL.

 

Esta colosal estatua, diseñada para verse desde abajo es el punto "estrella" de la pequeña iglesia de San Pedro in Vincoli. Destinada para la Basílica de San Pedro del Vaticano, finalmente fue colocada aquí a causa de las desavenencias del papa con Miguel Ángel y los consecuentes problemas de presupuesto.Vemos a un imponente Moisés sentado, con las Tablas de la Ley debajo de un brazo, con la otra mano acaricia su larga barba. Parece ser que el momento que Miguel Ángel quiso representar fue el inmediatamente posterior a que Moisés recibiera los Mandamientos en el monte Sinaí, mientras que el pueblo judío adora a otros dioses. Moisés tiene una expresión muy enfadada, de ira, parece a punto de levantarse y arrasar con todo. Tiene las venas hinchadas, los músculos en tensión, su ira no tiene límites.Miguel Ángel tenía una preferencia muy especial por esta estatua y dicen que él pensaba que era su obra más realísta. Cuantan las historias que, al terminarla, la golpeó y la ordenó que hablase.... Porque era la única cosa que le faltaba extraer del mármol: la propia vida.

 

EL MOISÉS DE MIGUEL ÁNGEL


TERRIBILITÁ: LA EXPRESIÓN DRAMÁTICA.


Hay una bonita anécdota que relata que cuando Miguel Ángel finalizó la estatua de Moisés se colocó delante de esta obra colosal, la golpeó con un martillo en la frente y se dirigió al profeta preguntándole: "¿por qué no hablas?". Otras versiones, quizás teniendo en cuenta el carácter del artista, señalan que éste conminó directamente a su obra, diciéndole "¡habla, perro!". Incluso hay una continuación de la leyenda que afirma que Moisés contestó a su creador indicándole que "creaste a David para hacer feliz el aire de Florencia, y por eso él es música; a mi me has creado para estar sentado sobre la tumba de un Papa, por eso guardo la voz de los muertos"

 


Sepulcro del Papa Julio II. (1515-1545). Roma..


Tan hermosas historias nos ponen delante de una de las obras mas majestuosas de la escultura de todos los tiempos: el Moisés de Miguel Ángel, tallado en un único bloque de mármol de Carrara y que alcanza una altura de 235 cm. La estatua se encuentra hoy, desde hace ya mucho tiempo, en Roma, pero no en el lugar para el que fue concebida originariamente (la basílica de San Pedro) sino en otra iglesia de importancia mucho menor, la de San Pedro in Vincoli. Forma parte del conjunto levantado para dar sepultura al Papa Julio II.

 

Proyecto de Miguel Ángel para la tumba de Julio II.


La propia historia del sepulcro parece casi una crónica de sucesos: en 1505, poco después de concluir el David, Miguel Ángel elaboró un ambicioso proyecto de mausoleo pontificio en el que a la estatua de Moisés le correspondería un lugar en el piso intermedio de los tres niveles de los que constaría la obra, que debía tener un total de 47 esculturas. Sin embargo la aprobación de la idea se fue demorando; parece que hubo intrigas palatinas al respecto surgidas de Bramante, quien no quería desviar fondos a la construcción del sepulcro, ya que impedirían financiar las obras de la propia basílica de San Pedro. Así pues, se irían haciendo sucesivos recortes frente a la idea original. Llegados a estas alturas Julio II falleció en 1513 y Miguel Ángel debió acordar las trazas definitivas de la obra con sus herederos, lo que condujo a sucesivas modificaciones. De este modo no se firmó un contrato formal hasta 1532 (17 años después de haber esculpido el Moisés) y el sepulcro no estuvo concluido hasta 1545. Para entonces su ubicación había quedado en la iglesia citada y la tumba se concebía ahora adosada a la pared, mucho menos majestuosa, de menor envergadura y con una sensible reducción del número de esculturas que la componían, hasta tal punto que sólo una de ellas resulta de la mano de Miguel Ángel.


Nada de esto nos importa ahora a quienes gustamos de la escultura. La decepción de un artista que no pudo dar curso a sus geniales ideas no nos priva de la visión de este coloso del Antiguo Testamento, un gigantesco Moisés sentado que porta bajo su brazo derecho las tablas de la ley, mientras con la misma mano se mesa la luenga barba. No mira al frente, sino que gira su cabeza hacia la izquierda, mientras el pie de ese mismo lado inicia un movimiento en leve contrapposto que rompe el equilibrio de la obra y transmite al espectador una clara imagen de energía, de dinamismo que niega el equilibrio habitual de una estatua sentada.


Pero, ¿por qué se mueve Moisés? Es evidente: ha subido al Sinaí y, tras permanecer allí cuarenta días, ha recogido el mensaje divino: los diez mandamientos. Ha estado en contacto con la poderosa presencia del mismo Dios y de su cabeza aún irradian rayos de luz. Vuelve hacia su pueblo confortado con el mensaje de Yavhé y encuentra a israel adorando falsos ídolos, un becerro de oro elaborado con las joyas que se han podido reunir en medio del desierto. Moisés entra en cólera, tensa sus músculos y va a levantarse de su asiento. Y en ese momento lo capta Miguel Ángel: todo energía y decisión, asombro y enfado ante la idolatría de su pueblo. Un minuto después romperá en mil pedazos las tablas de la ley, mientras Israel se apresta a recibir el castigo divino.


Esa tensión dramática, ese interés en reflejar el patetismo de la situación es lo que ha venido a denominarse terribilitá, la característica más definitoria de esta inmensa obra que contrasta frente a los rasgos más dulces de la producción anterior de Miguel Ángel. Vemos aquí el rostro colérico, la mirada penetrante, ese juego de tensiones entre una pierna adelantada y la otra retraída, la extraordinaria longitud de la barba, el movimiento del brazo izquierdo que se apresta a recoger las tablas de la ley, el juego de pliegues de la ropa, la fuerza muscular que irradia toda la escultura. La fuerza del profeta emana claramente de su interior y se nos manifiesta en la cólera que el artista sabe transmitirnos.


Así que el Moisés es la historia de varias frustraciones: la del Papa que no vio su tumba acabada, la del propio personaje que asistió a los pecados de su pueblo y la del propio artista que lo talló cuando tenía 40 años, en plena madurez, pero que no lo vio colocado en su sitio definitivo hasta que no había alcanzado los 70, muy lejos de su proyecto original.


Nada de eso importa. Miguel Ángel ha dejado aquí bien claro lo que un genio como él podía hacer con un bloque de mármol. Nos ha mostrado, una vez más su capacidad para transmitir actitudes; terribilitá, en este caso. Lo que nos pasa a todos muchas veces a lo largo de la vida. El artista conocía bien la psicología humana.


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