Revista Política

La izquierda y sus lacayos quieren crucificar a Rouco por decir la verdad

Publicado el 02 abril 2014 por Franky
La izquierda y sus lacayos quieren crucificar a Rouco por decir la verdad La izquierda mas ciega y rencorosa, ya sea comunista o socialista, y algunos adláteres, tontos útiles y compañeros de viaje quieren crucificar al cardenal Rouco Varela por haberse atrevido a decir la verdad en el funeral de Adolfo Suárez: que los españoles podemos caer de nuevo en una guerra civil.

Sin referirse a nada en concreto, ni siquiera a las tensiones que está generando el independentismo de Artur Mas, el arzobispo, aprovechando que oficiaba el funeral de Adolfo Suárez, un español que logró fama de negociador y maestro del acuerdo y del pacto, apeló a la concordia para evitar hechos que causen otra "guerra civil".

Es probable que lo que quiso decir Rouco Varela, sin atreverse a decirlo, es la verdad profunda e irrefutable de que se están dando hechos, situaciones y políticas que se parecen mucho a las que precedieron a la guerra civil de 1936.

En las vísperas de la guerra civil también el independentismo catalán y vasco tensionaba la convivencia y daba martillazos a la Justicia y a la Constitución. La clase política actual demuestra ser tan insensata como la que gobernaba en la II República, sembrando discordias y descontento por doquier. También entonces había masas enormes de españoles hastiados de los politicastros, divorciados de la clase política y deseosos, sin reconocerlo, de que apareciera algún salvador con una escoba para limpiar el país de inmundicias, abusos y corrupciones políticas.

Por desgracia, hay mucha gente interesada en reabrir las heridas de la guerra civil que Suárez quiso cerrar para siempre uniendo a todos los partidos, incluso a los comunistas de entonces, en torno a la concordia, la reconciliación y la Constitución. Muchos dirigentes de izquierda están empeñados hoy en escarbar tumbas en busca de restos de la guerra civil y en llevar ante los tribunales a los que ganaron la guerra, como si el crimen fuera monopolio del Franquismo y los que la perdieron no hubieran hecho sus bestialidades correspondientes.

La izquierda rencorosa es incapaz de dejar de odiar a la Iglesia, como ocurría también en vísperas de la guerra civil. Los políticos, como entonces, están apegados a sus privilegios, enfrentados y mas interesados en defender sus propios intereses que el bien común.

Las similitudes no terminan ahí porque el pueblo, como entonces, está dividido entre izquierdas y derechas y es cada día mas fanático, inculto y embrutecido. Los resultados del informe PISA, que sitúan a España en la cola del mundo en calidad de la enseñanza, demuestran que las nuevas generaciones no son tan cultas y formadas como para rechazar la barbarie de una guerra entre hermanos.

Las manifestaciones, como en los años treinta, llenan las calles y la violencia se adueña de las protestas callejeras, en las que los enfrentamientos con la policía son y eran escalofriantes.

Hoy, como en aquellos años terribles, en los cuarteles se sufre y se lamenta el deterioro de España. Es cierto que hoy los militares están mas domesticados por los políticos, pero los sentimientos de rechazo y asco militar ante la corrupción y la decadencia de España son idénticos.

El país, por último, se encuentra al borde del fracaso porque España ha dejado de ser una unidad de destino y, pastoreada por políticos sin grandeza y sin capacidad de concordia, se ha transformado en un conglomerado de tribus enfrentadas y llenas de recelo, envidia y, en algunos casos, rechazo y odio a la patria común.

La única gran diferencia con respecto a aquellas vísperas terribles de la guerra civil es que los españoles del presente somos mas ricos y la guerra siempre ha sido cosa de pobres, entre otras razones porque los pobres tienen poco que perder, pero la pobreza, por culpa del mal gobierno y del egoísmo torpe de la actual casta política, también está avanzando en España y si no se frena pronto nuestro futuro será un futuro de pobres con poco que perder en el campo de batalla.




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