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‘La Jungla de Cristal’ – Asalto al Nakatomi Plaza

Publicado el 10 diciembre 2013 por Cinefagos

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Bruce Willis le debe su personaje más conocido (y ya puestos, gran parte de su carrera) a una secuela jamás realizada. A finales de los ochenta Arnold Schwarzenegger despuntaba ya como héroe de acción con películas como Conan, el bárbaro (Conan, the Barbarian, 1982) o Terminator (The Terminator, 1984), y una de las innumerables cintas que nos lo vendían como un auténtico ejército musculado fue Commando (ídem, 1985), en la que interpretaba a un soldado llamado John Matrix que tenía que rescatar a su hija secuestrada. La película tuvo el suficiente éxito como para desarrollar una segunda parte, pero las negociaciones fracasarían dejando un guión perfectamente válido en alguna parte, y Hollywood no es conocido por dejar pasar una oportunidad. Con un libreto listo para rodar, Stallone y otros muchos fueron considerados para sustituir al austríaco, pero el elegido sería un actor al que sólo habíamos visto en telenovelas como Luz de Luna (Moonlighting, 1985) y que no tenía ninguna experiencia previa en el cine de acción.

Fue así como Commando 2 se transformó en lo que hoy conocemos como La Jungla de Cristal, (Die Hard, 1988) tras firmar un contrato de cinco millones de dólares, cambiar el apellido Matrix por McClane y una hija secuestrada por segunda vez en una esposa tomada como rehén en el edificio más moderno de Los Ángeles.

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Este artículo lo había escrito originalmente para el especial de una revista cuyo tema central era la arquitectura, y visto el párrafo anterior, parece lógico pensar que elegí esta película porque trata acerca de un rascacielos gigante, una especie de El Coloso en llamas del cine de acción, pero lo cierto es que es sólo uno de los detalles. La película entera se basa en un juego de construcción en el que se han ensamblado distintas piezas con gran precisión, como un mecano audiovisual en el que cada escena, frase y movimiento de cámara sirve a un objetivo, en un film en el que no existen las sutilezas ni los trasfondos filosóficos.

Ya desde el principio sabemos que John McClane es policía, que ha venido para reunirse con su mujer a la que no ve desde hace seis meses y que realmente no sabe en qué situación se encuentra su relación. Empatizamos en seguida con él porque le vemos como un tipo normal, tal vez un poco brusco y a todas luces es un hombre analógico que se mete de lleno en un mundo de modernidad como lo es el Nakatomi Plaza, con todos los teléfonos, ascensores y sistemas de seguridad en el que desde luego no va a encajar. El edificio se supone que es una pieza de última generación (para la época), y en esos momentos sólo está ocupado por un grupo de empleados que están celebrando una fiesta de Navidad. Fiesta en la que incluso con unas pocas frases sabemos quién es el capullo de la empresa y que cómo, en una constante de la saga, la familia de John McClane parece ser más feliz sin su presencia.

Pero por supuesto, las pocas líneas de diálogo que versan sobre el matrimonio quedarán en suspenso cuando la celebración sea arruinada por un grupo de terroristas que irrumpe en el edificio y se hace con el control. Liderando ese ejército de villanos que jamás hablaron un perfecto alemán pero lucían algunos de los mejores pelazos de la historia del cine de acción está Hans Gruber. Mucho antes de su inmortal Severus Snape en la saga Harry Potter, Alan Rickman creó en su primer papel para el cine a un carismático villano, inteligente, irónico y despiadado que se convertiría en lo mejor que le pasaría a la saga, incluyendo la aparición de un hermano en La Jungla de Cristal 3: La Venganza. (Die Hard: With a Vengeance, 1995)

Lo único que ni Gruber ni sus hombres jamás calcularon fue que un policía en periodo de vacaciones se les cruzaría en su camino, poniéndoles las cosas difíciles. Pero eso no quiere decir que el personaje de McClane no se despeine, sino que sufrirá todo lo indecible en su tarea, cayéndose por escaleras, corriendo descalzo sobre una lluvia de cristales rotos o manchándose de sudor esa camiseta, símbolo de la franquicia (me sorprende que alguna mente iluminada no haya querido vendérnosla como merchandising).

Stirb langsam

John McClane no es un héroe, es un hombre tan normal como los espectadores que lo ven, armado con un par de chascarrillos y frases ingeniosas, y unos diálogos que de tan simplistas son los mejores que daría el género. Él y el sargento Al Powell hablan y reaccionan como cualquiera cuando les cae un cadáver sobre el capó del coche, en contraste con algunos personajes tan exagerados como Ellis o los agentes del FBI, risibles y ridículos, pero delineados a golpe de cincel.  Todo ello moviéndose por un edificio que se convierte en un personaje más de la película, y que va cambiando conforme avanza el metraje. Muchas veces, McClane y los malos regresan al mismo pasillo o a la misma sala, y pequeños detalles como una mancha de sangre sobre un cristal o un póster del Playboy sobre una pared sirven para indicarnos en qué parte del Nakatomi Plaza se encuentran, para emplazar a esos personajes en esta gran obra arquitectónica dirigida por un John McTiernan que ya en Depredador (Predator, 1987) nos dejó claro que los personajes son los pilares de la obra y que aquí están tan bien construidos que nada falta y nada sobra. Tenemos cientos de imágenes para el recuerdo, arcos argumentales que se cierran de forma magistral (ese plano del revólver del sargento Powell, o el reloj de Elis al que Gruber se aferra en sus últimos momentos) e incluso, un chino malo que roba chocolatinas. Tal vez lo único que duele al ver la saga es la sensación de que la familia de McClane sólo le quiere después de que éste casi pierda la vida por salvarles, pero eso no impide que podamos disfrutar de esta montaña rusa de acero, acción, explosiones y villanos en una auténtica jungla de Cristal.


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