La Marcha Nupcial

Publicado el 28 agosto 2014 por Diezmartinez
Von Stroheim dándole ideas a los diputados panistas



La Marcha Nupcial (The Wedding March, EU, 1928), séptimo largometraje de Erich von Stroheim, fue producido fuera de los grandes estudios después de que el cineasta austriaco había sufrido la mutilación y el fracaso económico de Avaricia (1924) y haber gozado del triunfo y el éxito en taquilla de su siguiente filme, La Viuda Alegre (1925) –aunque, a decir verdad, von Stroheim no ganó mucho dinero con este segundo filme, pues la MGM le “descontó” las ganancias de La Viuda Alegre para “abonar” el desastre financiero que resultó Avaricia.En todo caso, el éxito de La Viuda Alegrele permitió a von Stroheim jugar a la producción independiente. Un millonario, Pat Powers, salió al quite para financiar su siguiente épica cinematográfica: una historia de amor ambientada en el Imperio Austrohúngaro, en plena Gran Guerra y que sería estrenada en dos partes de poco menos de dos horas cada una. Al final de cuentas, fiel al destino fílmico que sufrió von Stroheim durante toda su carrera, el director austriaco solo pudo realizar la primera parte. La secuela, titulada The Honeymoon(1928), fue editada sin su consentimiento sin haber sido terminada, fue estrenada solo en Europa y desapareció del mapa cuando la única copia existente se quemó en un incendio ocurrido en la Cinemateca Francesa en 1957.En todo caso, más allá de que el proyecto no pudo ser terminado como deseaba von Stroheim, hay que decir que lo que sobrevivió hasta nuestros días, esta primera parte titulada La Marcha Nupcial, es de lo mejor en toda la filmografía del director de Queen Kelly (1929). Incluso, bien podría alegarse que se trata de una de sus cintas más redondas, ya que su llamada obra maestra, Avaricia, fue mutilada criminalmente y acaso nunca conoceremos el corte original de 9 horas.La Marcha Nupcial, escrita por el propio director en colaboración con Harry Carr, nos ubica en Viena, en 1914, en los albores de la Gran Guerra. El Príncipe Ottokar von Wildeliebe Rauffenburg (George Fawcett) y su esposa, la Princesa María (Maude George), pueden tener todos los títulos nobiliarios posibles –él es Capitán de la Guardia Imperial- y un apellido “de un kilómetro de largo”, pero no tienen en qué caerse muertos. Por eso, cuando su indolente hijo único Nicholas (von Stroheim himself) les pide una lana para sostener su tren de vida, los príncipes le dicen, a voz en cuello, que “se case con el dinero”.Y da la casualidad que, por ahí, queda una soltera codiciada. Es cierto que es tímida, esmirriada y cojea visiblemente, pero Cecelia Schweisser (Zasu Pitts) es la heredera de un nuevo rico que, en una escena particularmente grotesca, en medio de una orgía –con trago, mujeres y negros incluidos- negocia con el Príncipe Ottokar el matrimonio de sus respectivos retoños por un millón de kronens. Sin embargo, Nicholas –o Nicky, como le gusta ser llamado- se ha enamorado de una bellísima arpista pobretona, Mitzy (Fay Wray unos años antes de enamorar a cierto chango gigantesco), a quien le hace la ronda un vulgar y violento carnicero (Matthew Betz). ¿Qué cree usted que pasará? ¿Triunfarán los “verdaderos enamorados” a quienes dedica von Stroheim su película? ¿O ganará el siniestro “Hombre de Hierro”, la fría estatua de metal que domina la vista de toda Viena?Además de los extraordinarios recursos de producción –la Viena de la juventud de von Stroheim fue reproducida al dedillo en estudios americanos, la secuencia de la procesión de Corpus Christi fue realizada en un “revolucionario” technicolor-, La Marcha Nupcial se sostiene impecable/implacable por sus escenas y secuencias genuinamente cinematográficas: el flirteo entre Nicky y Mitzy descrito a través de sus miradas y sonrisas, la orgía en la que von Stroheim se atreve a mostrar eyaculaciones de champaña en primer plano, el contraste de la decadente nobleza en su fiesta digna de diputados panistas frente al amor puro de Nicky y Mitzy, además de esa inolvidable secuencia final –retomada años después por Kurosawa- que es uno de los desenlaces más crueles en la obra de von Stroheim. Y esto es ya decir algo.