ISBN: 9788426420725
Páginas: 336
Precio: 21,90 €
Aaliya, la mujer de papel
Hace ya mucho tiempo que me abandoné a una lujuria ciega por la palabra escrita. La literatura es mi caja de arena. En ella juego, construyo mis fuertes y castillos, me lo paso en grande. Lo que me da problemas es el mundo que hay fuera de ese parque. Me he adaptado dócilmente, aunque no de manera convencional, a ese mundo visible para poder retirarme sin muchos inconvenientes a mi mundo de libros. Para continuar con la metáfora, si la literatura es mi cajón de arena, el mundo real es mi reloj de arena, un reloj que se vacía grano a grano. La literatura me da vida, y la vida me mata. (Pág. 15).Como nos suele ocurrir a los que leemos con fruición, desde fuera parece una señora tranquila y un poco extraña. ¿Por qué no se relaciona con sus vecinas? ¿Por qué no disfruta con las mismas actividades que la mayoría de la gente? Pero a Aaliya poco le importa todo eso, la palabra escrita es su vida y en ella se sumerge para deleitarse de la realidad a su manera. En La mujer de papel nos cuenta en primera persona su historia, con un tono cargado de sentido del humor y a la vez de la melancolía más profunda. Relata su existencia sin un orden lineal, como si hablara con un interlocutor, enlaza los temas a medida que surgen, salta de un momento vital a una reflexión sobre arte y juega tanto como quiere con la narración. Se lo puede permitir: su creador sabe captar el interés e hilar bien los temas, de modo que el texto se sigue (¡se devora!) sin problemas.
Beirut y las personas de su vida
Todos los beirutíes de cierta edad han aprendido que cuando salen a dar un paseo nunca deben dar por sentado que volverán a casa, no solo porque podría ocurrirles algo a ellos, sino también porque su casa podría dejar de existir. (Pág. 193).Aunque los libros están muy presentes en La mujer de papel (por fuera y por dentro), en la obra también hay un lugar para las relaciones personales. Somos lo que somos gracias a nuestra interacción con los demás, y Aaliya no es una excepción: hay gente y circunstancias que han dejado huella en ella, para bien o para mal, y las recuerda con total honestidad. Esta anciana no tuvo una vida fácil: se divorció en los años cincuenta y ha presenciado muchos años de guerra, pero por fortuna sus memorias carecen de dramatismo, sabe reírse de sí misma y de las cosas que le han pasado. ¿Cómo no me va a caer bien, eh?
A todo esto, los días de Aaliya no siempre se han limitado a la monotonía del piso y las traducciones: durante años trabajó en una librería, y a través de los libros compensó el haber tenido que abandonar los estudios de forma prematura. Allí pasó muchos ratos junto a Hanna, momentos de lectura y aprendizaje compartido, y no fue la única que la acompañó en el local. La vida de Aaliya comprende desde situaciones cotidianas sosegadas a instantes en los que tuvo que darlo todo para sentirse a salvo; no se la puede describir como una Juana de Arco, pero es una heroína a su modo.
Un canto a la literatura y a la cultura en general
En ocasiones las menciones derivan en reflexiones inteligentes y fundamentadas. Recuerdo especialmente su crítica al recurso de la causalidad, que considera que no refleja en absoluto la realidad. También habla de la traducción, de su forma de hacerla (tiene su propio ritual: a partir de las traducciones al inglés y al francés escribe su interpretación al árabe) y de las dificultades que conlleva; en este sentido, me ha abierto nuevas perspectivas, me ha enseñado lo complejo (y al mismo tiempo apasionante) que es. Por último, quiero destacar su rechazo al uso de catarsis en la literatura actual (ella las llama epifanías), que reproduzco a continuación:
La mayoría de libros que se publican actualmente se componen de una serie de lamentos seguidos de una epifanía y una trascendencia. A esas memorias y novelas con revelaciones íntimas podríamos llamarlas “tragedias felices” . Lo superaremos y todo eso. Yo las encuentro sentimentales y aburridas. Son la versión moderna de las vidas de santos, con relatos ejemplares de sufrimiento que precede a la redención, pero menos interesantes porque nosotros ya no tenemos libidinosos centuriones romanos que acosan a sensuales mártires vírgenes y golpean sus pechos turgentes y voluptuosos pero eternamente puros; menos interesantes porque, en lugar de ascender a un cielo suntuoso donde recibimos Su abrazo, hoy día lo único que conseguimos es una miserable epifanía.
Me parece un timo. ¿A vosotros no? (Pág. 164-165).
En general, La mujer de papel me ha recordado mucho a Firmin, la rata bibliobulímica de Sam Savage. Como Firmin, Aaliya vive inmersa en los libros, son sus amigos, sus compañeros, y habla de ellos sin cesar. Además, ambos personajes me han transmitido ternura, me han hecho llegar su amor por la literatura y me han dejado con una sonrisa en los labios (aun así, La mujer de papel me ha gustado más, tal vez porque ahora estoy más preparada para afrontar una historia como esta). Por todo esto creo que disfrutarán de la novela quienes se interesen por el mundo literario y las humanidades en conjunto.
Colorín colorado
Rabih Alameddine
Conocer a Aaliya ha sido la mejor experiencia literaria que he vivido en lo que va de año. O, por expresarlo de una forma más simple, La mujer de papel está entre mis mejores lecturas de este 2012. Una obra brillante en contenido y magnífica en edición, sin erratas ni faltas de ortografía; da gusto encontrar un libro tan bueno por dentro y tan cuidado en lo demás. De todas formas, no voy a caer en el error de recomendarlo a todo el mundo: La mujer de papel es para lectores curtidos y críticos, amantes de la buena literatura; si cayera en manos de un lector ocasional o que solo busque entretenimiento, probablemente le defraudaría por la ausencia de un hilo lineal y por la gran cantidad de referencias que contiene. En definitiva, si creéis que podéis disfrutar de esta historia, corred a la librería y preparaos para adentraros en las entrañas de Aaliya: ojalá deje tanta huella en vosotros como lo ha hecho en mí.