LA NOCHE EN QUE MURIÓ JEFF CONNOLLY
Hay veces en que la concatenación de casualidades parece empeñarse en no ser tal, en responder a algo más. Y esa noche de sábado -aparte de las personales- se sumaron otras más en el plano general que la convirtieron en algo diferente.
Los últimos veranos en Oviedo están siendo completamente distintos a los vividos en años previos gracias a las noches musicales que ofrece el Kuivi. Ahora en su sede ya establecida en la zona de Ciudad Naranco, en la calle Almacenes Industriales, y, anteriormente, primero en San Lázaro y después en el -ahora- fantasmal, tétrico, entorno del antiguo hospital de Asturias. Y ese modelo de conciertos, la mayoría gratuitos, supone un revulsivo para una decadencia estival que se prolongó durante décadas en Vetusta. En el colmo de la imbecilidad, están aquellos a quienes les molesta esto y critican el "postureo" de quienes acuden a estos eventos sean o no su preferencia musical. Deberían aplicarse el cuento los susodichos, mirarse al espejo y considerar que, probablemente, sean ellos los que posturean poniéndose en plan auténtico con semejantes afirmaciones, siempre rebuznando con sus estúpidas opiniones y señalando con sus deditos acusadores.
Reconozcámoslo ya: el powerpop es el estilo musical del rock más infravalorado de cuantos existen. Para unos, carece de la dureza (sic) de otros géneros; para otros, justo al revés, demasiadas guitarras "ensuciando" las melodías. Y es que uno cada vez prescinde más de estas idioteces de tiquismiquis que quieren marcan su territorio como perritos falderos con sus meadas para, supuestamente, distinguirse con su supuesta autenticidad (nada más lejos de lo real), hacerse los interesantes y efectuar unas críticas raquíticamente ridículas. Ante eso, la realidad de conciertos impecables en la ejecución y sonido, además de vibrantes en la pulsión de sus repertorios y cancioneros, se impone por encima, muy por encima, de los blablableos de cuatro gatos incomodados por no conseguir empatizar con la pasión con la que los dos grupos italianos de la noche, en sus dos magníficas caras -la más powerpop de los Radio Days y la más áspera y garajera de los Peawees- se manejaron el pasado sábado 1 de agosto de 2026 en el Kuivi Almacenes ovetense ante un llenazo mayor aún que el conseguido unos días antes por las divertidísimas manga-electro-punks japonesas Ni-Hao!!! pero con un público completamente distinto. Luego ya están quienes se les paró el reloj del oído musical hace décadas y tratan de disimularlo con otra clase de fingimientos, también supuestamente "auténticos", con los que tratan de encubrir que llevan sin enterarse de nada del asunto desde hace ya tanto tiempo que este les ha sobrepasado para dejarlos en un desnudo y sonrojante ridículo. Por fortuna, son cuatro pavitos reales que cacarean en redes y poco más.
Porque, qué quieren que les diga, a mí me encantaron Radio Days. Ya lo habían hecho hace bastantes años en la ciudad, en el añorado local que ocuparon La Antigua Estación y, luego, La Salvaje (no podría asegurar cuál de las dos denominaciones los acogió) y demostraron solidez, capacidad melódica e ir mucho más allá de las convenciones que marca el powerpop y teñirla con aditivos estimulantes que muestran su versatilidad invadiendo otros territorios estilísticos. Personalmente, me maravilló su "Everything floats" -fabulosa mixtura de melancolía y garra- en un repertorio sólido y altamente estimulante.
Como suele ocurrir en estos casos, al término de la actuación de la primera de las dos bandas de la noche, el público optó por tomar el fresco en esa magnífica (y abarrotada) terraza, tan propicia para las tertulias y el arranque de The Peawees se encontró con sólo un tercio de los asistentes en las tres primeras canciones, que se abrieron con una inusitada fuerza, que ya no se detendría hasta el final del show. Liderados por el carismático Hervé Peronzini, un frontman de los que no se olvidan y con un vozarrón que nos trae esencias de grandes cantantes como el Paul Weller de los Jam -la relación con los británicos no se queda ahí- o el espléndido y añorado Chris Bailey (imprescindibles The Saints), The Peawees dosifican un cóctel donde se aúnan soul-punk, garage-punk y rock´n´roll en un combinado que funciona mejor cuando se desata con fuerza que en los tiempos medios. Para el recuerdo también esa magnífica versión de los Remains, un ineludible "Don´t look back", que nos trajo remembranzas de esas noches de gloria en el ovetense Channel, donde era uno de los himnos habituales pinchado por Eduardo "Poti" Palacios. No me resisto a comentárselo a Guzmán, guitarrista mierense de los grandes Montefurado, y él evoca cómo se quedaba, a sus 17 años, acurrucado en las empinadas escaleras del diminuto local del Antiguo, escuchando y flipando con el panorama nocturno de mucho del público que, tantos años después, presenciaba el concierto.
Una vez concluido, llega el animado tramo de tertulias. Estoy con David, a quien en las noches de dj en el Burlesque Club se le conoce por David Jetta, que luce una camiseta de Los Del-Tonos y se me despierta en la memoria el recuerdo de un día de grabación en Prado del Rey para el programa "Cajón de Sastre", en el que coincidí con el grupo cántabro que se traía al desaparecido Rafa Fustes para el play-back de armónica, como a mí me habían llevado The Amateurs para el mismo desempeño en los teclados. Mucho tiempo después. volvimos a coincidir Rafa, dueño de los emblemáticos locales madrileños Flamingo y Sol (no confundir al de la calle Jardines con el que regentaba en la plaza del 2 de mayo) en un concierto en la avilesina Factoría -¡grandísima su ejemplar programación también!- de Los Del-Tonos. También cuando acudía en muchas solitarias noches madrileñas post-conciertos a la emblemática Vaca Austera -con el Pali de securata en la entrada- a tomarme algo y prolongábamos la noche a puerta cerrada... Con él ya asentado en Asturias, insistiendo en que escuchara a su hijo tocar y que lo viera en un concierto en La Salvaje al que no pude asistir por una noche de trabajo en RTPA, retomamos una gran relación hasta su temprana muerte hace unos años, que me llenó de tristeza. Pero no era una noche para tristezas, sino para celebrar seguir en la pomada.
Y tras todo el buen rollo de amigxs y conocidxs, me encamino a casa para ver a otro Rafa, el gran Jódar, que disputaba las semis del Washington Open de tenis en horario de madrugada y seguía haciendo una historia deportiva que ya empieza a discurrir paralela a la de Nadal y a la de Alcaraz. Pasaría de ronda y se plantaría en una final que perdió ayer ante Taylor Fritz. Pero la noticia con la que me topaba en esa madrugada de retransmisión en las redes era la de la muerte de Jeff Conolly, alias "Monoman", líder absoluto de Lyres y previamente en DMZ, además de un montón de formaciones del underground garajero alternativo estadounidense. Curiosamente, fue a través de la página de fb -a la que no estaba suscrito ni seguía- de un viejo conocido, Ladis Montes, a quien hace eones que no veo. Él, precisamente, fue quien me pasó el imprescindible "Lyres, Lyres, Lyres" que había publicado Imposible Records, una tarde-noche madrileña en las inmediaciones del Rock-Club mientras hacía tiempo en la tienda Record Runner antes de un magnífico, inolvidable, de unos Dream Syndicate, que venían a presentar su poco ponderado "Ghost stories". Y los Lyres, qué gran conciertazo aquella noche ovetense de primavera (2 de junio del 88) junto a los nunca bien valorados Los Potros. Creo recordar que hice una crítica del concierto para "Ruta 66", algún día tendré que ordenar todos los papeles desordenados y las revistas desperdigadas en cajas que tengo por casa...
Otros tiempos... desde luego. Y, ahora, con diferente edad, tantas vivencias y conciertos a la espalda, esa brisa de madrugada al regresar de conciertos tan completos, no sólo por la música, nos siguen dando la energía necesaria para continuar en la pomada, le pese a quien le pese, a esos enemigxs agazapadxs con sus cuchillos prestos para otra de tantas puñaladas traperas que mi espalda ya ni las nota. Me asomo a la terraza de mi casa, donde antes tendía la chupa de cuero para intentar quitarle el olor a tabaco de esas noches eternas de conciertos de rock y bendigo el poder seguir ahí, así, apurando mi café veraniego a la espera de otro nuevo amanecer.
MANOLO D. ABAD