Iniciamos con éste post una serie que buscará hurgar en la historia reciente de algunos edificios icónicos de la arquitectura de Occidente, para descubrir el impacto que estos movimientos y sus arquitectos más importantes han tenido en quienes habitaron esos espacios. Comenzaremos por algunas obras del modernismo catalán de principios del Siglo XX.
Durante mucho tiempo, la arquitectura ha sido una disciplina técnica y estética, pero en las últimas décadas de este Siglo XXI, la psicología ambiental y la neuroarquitectura han trabajado en la idea de que los espacios donde vivimos, trabajamos o paseamos influyen profundamente en nuestro estado de ánimo, nuestra atención, nuestra memoria e incluso en nuestros niveles de estrés.
En Sobreviviendo a Sigmund, nos interesa explorar precisamente esas conexiones entre la mente y el entorno. Si las personas no vivimos aisladas de nuestros contextos, tampoco podemos comprender el bienestar psicológico sin prestar atención a los edificios que habitamos. Y pocos edificios ilustran mejor esta relación que La Pedrera, una de las obras más emblemáticas de Antoni Gaudí.
Un arquitecto que observaba la naturaleza como un psicólogo observa el comportamiento
Para Antoni Gaudí (1852-1926) la naturaleza era el mejor laboratorio de diseño. Gaudí observaba lo que veía, no para copiarlo sino para comprender cómo las formas naturales resolvían problemas de equilibrio y resistencia. Apasionado por el senderismo, utilizaba el caminar como una forma de meditación y observación.
Decía que «la línea recta pertenece al hombre, pero la curva a Dios», no nos olvidemos que su misticismo era inseparable de su genio como arquitecto
Takutoshi Torii, arquitecto japonés investigador de la obra de Gaudí afirma : “Después he comprendido que existe una extraña simbiosis entre el mundo de Gaudí y el mundo japonés. La mentalidad japonesa espiritualiza la materia y materializa el espíritu y comprendo que la obra de Gaudí no significa otra cosa, hasta un punto de máxima tensión”[1].
Su arquitectura nunca fue un simple ejercicio decorativo. Cada curva, cada columna y cada entrada de luz responden a su forma de entender los espacios. Quizá por eso sus edificios siguen despertando emociones más de un siglo después.
La Pedrera: un edificio pensado para ser vivido…..(según Antoni)
Pere Milá i Camps y Roser Segismón eran un matrimonio perteneciente a la burguesía catalana de principios del siglo XX. Pere, un abogado y empresario textil muy conocido en esa Barcelona opulenta, era alguien apasionado por el glamour, pero también un visionario. Contrató a Gaudí después de su éxito con la Casa Batlló, cuyo dueño era el socio de su padre; quería algo que consolidase su estatus social y el Paseo de Gracia era el lugar perfecto para ser visto.
Roser, por el contrario, odiaba profundamente el diseño de Gaudí. Viuda joven de un “indiano”, Josep Guardiola, que había hecho una enorme fortuna en América, juzgaba esas formas orgánicas incómodas y poco refinadas. De hecho, esperó a que Gaudí muriera en 1926 para demoler gran parte del decorado interior del piso principal y remodelarlo a un estilo Luis XVI clásico (2)
Gaudí construye la Pedrera entre 1906 y 1912 para residencia de la familia Milà, rompiendo con prácticamente todas las convenciones de la arquitectura de su tiempo y, de paso, con todas las ordenanzas municipales vigentes, exponiendo a los Milá a pagar multas enormes para, por ej, evitar que derribaran el ático.
Los constantes cambios de Gaudí dispararon el presupuesto. Hartos, los Milá, especialmente Roser, terminaron discutiendo por sus honorarios ,Gaudí los llevó a juicio y ganó. Roser terminó hipotecando la casa para pagarle al arquitecto, que donó todo ese dinero a un convento de monjas. Pero eso es otra historia….
Volvamos a La Pedrera: fachada ondulada, balcones de hierro que parecen ramas entrelazadas, espacios que nunca son exactamente iguales y la sensación de movimiento, luz y aire en todos los ambientes
Desde una mirada tradicional, estas características podrían entenderse únicamente como decisiones estéticas, pero la psicología ambiental ya nos enseñó que el entorno físico condiciona nuestra experiencia emocional y cognitiva.
En otras palabras, la arquitectura comunica con nuestro cerebro.
Uno de los principios más conocidos de la psicología ambiental es la hipótesis de la biofilia, propuesta por Edward O. Wilson. Según esta teoría, los seres humanos conservamos una tendencia innata a sentirnos atraídos por los entornos naturales porque nuestra evolución transcurrió durante miles de años en contacto con ellos.
Esta preferencia no desaparece cuando vivimos en una ciudad. Seguimos respondiendo positivamente a materiales naturales, patrones orgánicos, vegetación, agua o formas que recuerdan a la naturaleza.
Por eso, la medición de calidad de vida en una urbe considera la densidad de espacios verdes x número de habitantes como una de los problemas centrales del urbanismo.
Gaudí comprendió esta idea mucho antes de que existiera evidencia científica y lo hizo de una manera intuitiva. Su narrativa personal, centrada en la importancia de la naturaleza como medio de conexión con lo místico lo llevó en sus obras, especialmente en La Pedrera, a lograr eliminar prácticamente todas las líneas rectas. Todo fluye a través de curvas, texturas y formas inspiradas en procesos naturales.
Hoy sabemos que percibimos las formas curvas como más agradables y menos amenazantes que las geometrías excesivamente angulosas. Nuestro cerebro parece procesarlas con mayor facilidad y asociarlas a experiencias emocionales más positivas.
La importancia psicológica de la luz
Uno de los mayores aciertos de Gaudí fue convertir la luz natural en protagonista del edificio. Para ello diseñó dos grandes patios interiores que distribuyen la iluminación y la ventilación hacia toda la vivienda, evitando que las habitaciones interiores queden a oscuras.
Actualmente, valoramos la enorme influencia que tiene la luz natural sobre nuestra salud mental. Participa en la regulación de los ritmos circadianos, favorece el descanso nocturno, mejora la concentración y contribuye al equilibrio emocional.
Diversas investigaciones (4) muestran que los espacios con buena iluminación natural suelen asociarse con menores niveles de estrés, mayor productividad y una percepción más positiva del entorno. Aunque Gaudí no podía saber qué eran la cronobiología o la neurociencia, sus soluciones arquitectónicas coinciden con muchos de estos principios.
La curiosidad también puede diseñarse
Solemos recorrer los edificios casi de forma automática, entramos, caminamos y salimos sin prestar demasiada atención. En La Pedrera se produce el efecto contrario, las escaleras, los patios, la azotea generan una experiencia sensorial que te obliga a permanecer atento a lo que ocurre alrededor.
Desde la neuroarquitectura, ese orden/desorden espacial resulta especialmente interesante porque estimula los sistemas cerebrales relacionados con la exploración y la orientación.
El cerebro disfruta cuando un entorno presenta cierto grado de complejidad, siempre que no llegue a resultar confuso o caótico.
En psicología ambiental se habla de » equilibrio» cuando los espacios nos proponen seguir descubriendolos sin hacernos sentir perdidos. Diríamos que Gaudí dominaba intuitivamente ese equilibrio.
No solo vemos los edificios, también los sentimos. La piedra, el hierro forjado, las texturas rugosas y la sensación de solidez transmiten información que nuestro cerebro interpreta de manera casi automática.
Las investigaciones en psicología ambiental (5) indican que los materiales naturales suelen generar mayor sensación de confort, autenticidad y bienestar que los ambientes excesivamente artificiales o estandarizados.
En La Pedrera, estos materiales forman parte de una experiencia sensorial completa donde la vista, el tacto, la luz y el movimiento construyen una percepción coherente del espacio.
El trabajo de Beltrán Rodriguez et alt, (4) propone estudiar La Pedrera desde la neuroarquitectura utilizando herramientas como electroencefalografía (EEG), seguimiento ocular (eye tracking) y realidad virtual para analizar cómo reaccionan las personas ante los espacios diseñados por Gaudí.
Aunque se trata de una propuesta metodológica y todavía no de un estudio experimental, los resultados obtenidos directamente en el edificio, representan un avance importante: reconocer que la arquitectura puede investigarse desde el funcionamiento del cerebro y no sólo desde criterios estéticos o de principios constructivos.
Esta línea de investigación abre una hipótesis de trabajo apasionante para cualquier psicólogo que ejercite la curiosidad como herramienta imprescindible de su práctica :
¿Es posible pensar que algunos edificios favorecen determinadas experiencias psicológicas gracias a su diseño y otros no?
La respuesta todavía está construyéndose, pero todo apunta a relacionar a la arquitectura con un impacto mucho más profundo sobre nuestro bienestar de lo que tradicionalmente habíamos pensado.
Mirar los edificios con otros ojos
Quizá la mayor enseñanza que nos deja La Pedrera es que los espacios nunca son neutrales. Roser nunca se adaptó a las formas curvas de los espacios de su casa. Cuando quiso colocar sus enormes muebles Luis XVI en esas habitaciones sin un solo ángulo recto, descubrió que era imposible apoyarlos, finalmente demolió y enyesó gran parte del decorado interior (techos esculpidos, molduras orgánicas y columnas) para forzar un diseño clásico, recto y a su gusto. Mientras tanto Pere amaba esa modernidad, la luz, los espacios amplios y su garage subterráneo, el primero de Barcelona.
Socialmente fué un fiasco, de hecho se llama “La Pedrera” de forma despectiva (cantera de piedras), el bullying urbano fue implacable. A diferencia de la Casa Batlló, adaptada a la línea del vecindario al ser una reforma de una vivienda preexistente, que la gente veía como alegre y colorida, en donde el reflejo de la luz en los discos de cerámica recordaban a dorados y joyas y en sintonía con la leyenda de Sant Jordi, tan cara a la cultura catalana, la Casa Milá generó rechazo. Se la vió como un “horror” visual, gris, monocromática, cuando en realidad se estaba adelantando 70 años a su tiempo.
Por eso, cuando estudiamos edificios como La Pedrera desde la psicología ambiental, no podemos solo admirarla como una obra maestra del modernismo. También tendremos que comprender cómo el diseño siendo un aliado de la salud mental, también puede ser inquietante si no dialoga con la cultura en la cuál se generan esas obras. A Gaudí no le interesaba ese punto de vista, porque quería “evangelizar» con sus obras.
Entender la personalidad del arquitecto es, sin dudas, parte del aprendizaje.
En un momento histórico en el que pasamos gran parte de nuestra vida en espacios construidos, quizá una de las preguntas más importantes ya no sea solo cómo diseñamos los edificios, sino cómo queremos que esos edificios cuiden a quienes los habitan.
Tal vez esa sea la verdadera modernidad de Gaudí: entender que construir espacios también es una forma de cuidar a las personas.
- 1).T. Torii, El Mundo enigmatico de Gaudi: cómo creó Gaudí su arquitectura, Instituto de España, Madrid, 1983, pp.13-14; (en https://www.arsgravis.com/naturaleza-y-arte-en-gaudi/
- 2) https://www.gaudiclub.com/esp/e_vida/pedrera.asp
- 3)Wilson, E. O. (1984). Biophilia. Harvard University Press
- 4) Karaman-Madan, Özge, Chamilothori, Kinthia, et alt.Luz en movimiento: efectos de los patrones de luz dinámicos y estáticos de la naturaleza sobre el estrés subjetivo y fisiológico.https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0360132325004159
- 5)Kellert, S. R., Heerwagen, J., & Mador, M. (Eds.). (2008). Biophilic Design: The Theory, Science and Practice of Bringing Buildings to Life. Wiley.
- 6)Beltrán Rodríguez, M., Sharpe, C., Martínez González, A., & Caldelas, I. (2026). Casa Milà as a Sensory Laboratory: A Neuroarchitectural Approach to Gaudí’s Modernism. Street Art & Urban Creativity, 12(2), 17-32. https://doi.org/10.62161/sauc.v12.6133.
