Élites rentistas y la fabricación del pobre de derecha en el laberinto sudamericano (El Tábano Economista)
Por Lic. Alejandro Marcó del Pont
Dentro de este panorama general, es posible identificar al menos tres proyectos o trayectorias divergentes que delinean el mapa del poder en la región. La élite globalizada o "desacoplada" constituida por grandes conglomerados familiares que han logrado diversificar sus activos a nivel global, cuyo objetivo primordial es insertarse de manera subordinada en las cadenas de valor mundial como exportadores especializados de commodities de alta calidad, desvinculando su destino del devenir de sus países de origen.
La élite Nacional-Rentista o "del atraso" abarca sectores industriales protegidos, constructoras que subsisten de la obra pública, grupos mediáticos con una influencia política desmesurada y segmentos del sector financiero; su riqueza depende directamente de una relación simbiótica y parasitaria con el Estado, es profundamente antipopular y su discurso público suele adoptar un tono moralista y autoritario para enmascarar su voracidad extractiva.
El proyecto hegemónico que parece imponerse en la región es una alianza pragmática y a menudo incómoda entre la Elite Globalizada y sectores de la Elite Nacional-Rentista, articulada bajo un discurso de "modernización conservadora" que promete eficiencia mientras consolida privilegios. Sin embargo, para comprender las trayectorias divergentes de los dos gigantes sudamericanos, es esencial diseccionar las diferencias fundamentales entre las élites brasileña y argentina. Aunque ambas comparten un origen colonial y lógicas rentistas profundamente arraigadas, han evolucionado de forma distinta, forjando destinos nacionales igualmente disímiles.
La fusión entre lo público y lo privado es tan profunda que resulta difícil discernir dónde termina uno y comienza el otro, con instrumentos como el BNDES financiando la internacionalización de estas empresas. Esta élite se siente cómoda con un estado grande y poderoso, siempre y cuando pueda influenciarlo y dirigirlo desde dentro. Su poder está distribuido entre élites regionales fuertes —paulista, mineira, gaúcha, nordestina— que negocian constantemente su participación en el poder central, creando un sistema de poder más "federalizado" y complejo. La élite brasileña, especialmente su sector industrial-financiero, alimenta una visión de Brasil como potencia global, lo que implica defender una política exterior con pretensiones de soberanía, un desarrollo militar autónomo y un liderazgo regional incuestionable. Aspira a ser un proveedor global de commodities, pero también un exportador de manufacturas y servicios complejos, desde la aviación hasta la tecnología del petróleo.
Empresas chinas como BYD y Huawei expanden su dominio en tecnología y autos eléctricos, mientras el yuan domina el 40% del comercio bilateral en 2025, erosionando la hegemonía del dólar y facilitando transacciones directas sin la intermediación del sistema financiero estadounidense.
Este pragmatismo geoeconómico contrasta violentamente con la trayectoria de la élite argentina, cuya herencia se forjó en el modelo agro-exportador y la ganadería extensiva de la Pampa Húmeda. Al basarse en una mano de obra mayoritariamente asalariada o inmigrante, y no esclava, generó una élite más cosmopolita y europeizante que soñaba con ser el "Granero del Mundo", pero cuyo conflicto social fue primordialmente de clase y distribución del ingreso, creando una dinámica distinta y una élite con mayor capacidad de integración simbólica, pero también más temerosa y traumatizada por la movilización popular urbana, resumida en el peronismo.
La relación de la élite argentina con el Estado es esquizofrénica y permanentemente conflictiva. Por un lado, lo denigra como un obstáculo para sus ganancias — impuestos y regulaciones— y, por el otro, lo anhela como la principal fuente de renta —a través de subsidios, obra pública y protección arancelaria—. A diferencia de Brasil, carece de megacorporaciones industriales nacionales con vocación global, predominando en su lugar grupos económicos flexibles, holdings diversificados y el poderosísimo sector agroexportador trasnacionalizado. Esta élite está más ideologizada, esgrimiendo un discurso liberal antiestatal cuando está en la oposición, pero practicando un rentismo voraz cuando accede al poder.
En Brasil, el neopentecostalismo integra este dispositivo a la perfección: sus iglesias prometen prosperidad espiritual y material, alineándose con el bolsonarismo para crear una identidad donde los pobres se sienten "elegidos" en una guerra santa contra los "corruptos" de izquierda. En Argentina, Milei utiliza las redes sociales y los medios afines para canalizar la rabia popular contra "la casta", un enemigo abstracto del cual él y sus aliados forman parte estructural, desviando así la atención mientras implementa políticas que protegen y amplían los privilegios de las élites económicas. El resultado es un triunfo perverso de la ingeniería social: los pobres defienden con fervor políticas que profundizan su propia miseria material, creyendo en la fantasía de un ascenso individual que el sistema estructuralmente les niega.
La clave de la dominación en el siglo XXI sudamericano está en esta disputa por el reconocimiento social dentro de la propia base de la pirámide. La élite, en alianza con una clase media temerosa, promueve incansablemente una narrativa que culpabiliza al pobre por su propia condición. Según este relato, el pobre es pobre porque es "flojo", "inmoral" o "inculto". El "pobre de derecha" internaliza esta narrativa venenosa y, al apoyar a políticos y discursos que atacan a los más pobres que él, está realizando un acto performativo de distinción: "Yo no soy como esos vagos; yo soy trabajador, soy decente, soy parte de la gente de bien".
La gran hazaña, la obra maestra de las élites sudamericanas, fue crear un mecanismo de dominación casi perfecto, donde una parte significativa de las víctimas del sistema defiende con pasión a sus propios victimarios, porque ha internalizado la lógica moral que justifica la desigualdad como un orden natural.