Arrastro mis pasos, calmos, quedos, cansinos, por las calles de la ciudad… sin acertar a comprender qué desgaste es mayor, si el de la acera bajo mis pesadas pisadas o el de mis propias suelas ante tanto vagar…
La luna crea claroscuros en los rincones, en un incesante baile de sombras y luces que no aciertan a dejar ver con claridad ningún detalle pero que tampoco esconden nada. Las farolas tintinean desafiantes en una eterna lucha entre la vida y la caducidad de sus filamentos. Se oyen algunas risas, y, allá, a lo lejos, el maullar de algún gato en celo. Una leve brisa acaricia mi cansado rostro, y pienso para mis adentros: “Cuatro… ya son cuatro las noches sin dormir. ¿Dónde está el límite entre lo humano y lo insano?”
Los ruidos de los motores son cada vez más lejanos y más distanciados entre sí en el tiempo, pero rasgan en jirones el silencio de la noche. La calle huele a orín, a alcohol rancio. La basura se acumula en las esquinas, por el suelo, como en un eterno caos que ha encontrado su hábitat natural en los rincones de las aceras.
La canción sigue acariciando mis tímpanos a la vez que amartillea mis neuronas. “¿Alguna vez has calculado la distancia entre lo que quieres y lo que necesitas?¿Has hecho todo lo posible por acortar esa distancia?¿Alguna vez has calculado la magnitud de la pérdida que conlleva esa decisión?¿Alguna vez te has preguntado dónde va el tiempo que se pierde para siempre? Y, si huir fuese imprescindible, ¿hacia dónde dar el primer paso?”
Se ha clavado a fuego en cada pliegue de mi cerebro, como un incesante dogma, y creo que seguirá ahí hasta que no consiga responder a todas y cada una de sus preguntas. Cada vez más densas. Cada vez más difíciles. Cada vez más abstractas. Cada vez más…
Pero lo que sí tengo claro es que he alcanzado ese punto. EL punto. El punto de inflexión donde mi vida se empeña en cambiar de rumbo, girar, voltearse como un animal herido tratando de escapar de las garras de su predador. Se revuelve iracunda pero a la vez desgastada, inerte, sin fuerzas, comprendiendo que cada gesto es el último, que el límite fue rebasado tiempo ha.
Y, sin embargo, me empeño en tomar decisiones. Nublado. Borroso. Destrozado como un cuerpo arrastrado por el oleaje contra las rocas del acantilado una y otra vez. Lacerado. Desgarrado. Deshilachado en trozos de músculos, piel, y esquirlas de hueso que se clavan en cada recoveco de la fría piedra.
No soy capaz de afirmar ni a cuánta gente ni por qué he echado de mi vida en las últimas fechas. No soy capaz de dar con razones coherentes que puedan justificar mis decisiones. Es todo impulso. Todo instinto. Lo que sobra, se deshecha. Pero lo que tengo claro, es que como siga expulsando personas de mi lado, como el que se desembaraza de la basura que se acumula en su alma, acabaré quedándome más solo si cabe, más abandonado a mi suerte que nunca.
He perdido la mesura, y ahora no sé siquiera calibrar quién está de mi lado, y quién trata de arrancarme la vida a dentelladas. No sé medir de qué lado me vienen los golpes, ni de qué modo encararlos para que sean menos dolorosos. Solo sé que últimamente la vida me arde en las venas, haciéndome hervir la sangre en un eterno goteo que exudo por mis poros.
Sé que debería parar. Respirar. Tomarme las cosas con más calma. Pero, como decía la canción… “Mi paciencia tiene un límite… y se acaba hoy…”
Sé que no debería desenvainar mis armas al más mínimo conato de ataque, pero ya no sé diferenciar entre el fuego que me ilumina el camino, y el que levanta ampollas en mi piel, calcinándola, haciéndola arder lentamente en una espesa combustión de rabia y soledad.
Solo puedo mirar atrás, a los lados, y darme cuenta de que, una vez más, de nuevo, me hallo de espaldas al mundo. De espaldas a la vida. De espaldas a ti. De espaldas a mí mismo.
De espaldas.
Como angustiosa letanía.
Como la profecía que pronunció una boca muda e inexorablemente, llega a término.
Como sentencia.
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