«Un hombre joven dará a beber su sangre al cocodrilo en el que duerme el alma del primer guerrero mursi y después le matará con sus propios brazos sin que oponga resistencia. Ese hombre devolverá la paz a los pueblos después de cuatro guerras y no morirá hasta que Magara elija cuál será el animal que guardará su alma hasta la siguiente reencarnación».
Esa fue la profecía de la anciana que dirigió la tribu a través del desierto cuando todos los hombres fueron exterminados y el joven shamán la conocía desde niño. Unos a otros se la habían transmitido en secreto, pero nadie había vivido lo suficiente para verlo. Por eso, cuando encontró a Sami de pie en el río, con la pierna ensangrentada, la mandíbula firme, los puños cerrados, el gesto altivo y a su lado al viejo cocodrilo muerto, supo que el alma del primer guerrero había despertado de su letargo. Sabía que Magara había comenzado a hablar mediante signos difíciles de percibir incluso para un shamán experimentado, pero no podía suponer que estaba preparando aquella tierra para una nueva guerra. Había escuchado cánticos en el ancestral lenguaje de las aves y había visto a las rocas partirse en dos por la noche en señal de sacrificio. Había llegado el momento y tendría que mejorar su percepción para guiar al pueblo hacia la victoria y evitar su aniquilación.
Miró a Sami tendido encima de la camilla de pieles, el movimiento de los hombres que la portaban debía resultar molesto para sus heridas, pero sus labios no se habían abierto para mostrar queja alguna ni señal de dolor. Supo desde el principio que no moriría en esa batalla, porque aún restaban tres enfrentamientos según la profecía. Aún así, no quería confiarse. Tenía por delante un duro trabajo para ayudarle a sanar de los golpes y enseñarle a hablar con Magara a través de señales, de la misma forma que había escuchado su llamada para que acudiera al encuentro de su lanza de guerra. No disponían de mucho tiempo y el muchacho no estaba preparado, ni siquiera él.
Únicamente le preocupaba la pierna izquierda, si se había roto la rodilla nunca recuperaría la movilidad y no entendía cómo podría vencer en la batalla un alma pura de guerrero en el cuerpo de un hombre lisiado. Esperaba que el golpe hubiese quebrado cualquier otro hueso de la pierna, pero no podría saberlo hasta tener el cuerpo en su tienda. Las ideas se agolpaban en su cabeza, sólo esperaba hacer su trabajo correctamente y resultar de ayuda.
Había otra profecía, pero no, Ayana sacudió la cabeza, era prácticamente imposible que se dieran ambas a la vez.
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