Nadie nos dijo que fuera a ser fácil. Ni siquiera que, aun siendo difícil, fuera a durar poco tiempo para, más tarde, conseguir resarcirnos y mirar atrás desde la templanza, y pensar que había valido la pena. No hace tantos años, los padres de antes nos solían advertir a cada traspiés de las penurias que nos iba a deparar el futuro, mucho peores que lo que entonces nos podía parecer la más irremediable de las desgracias: tener muchos deberes,
Conducimos por la vida sin cinturón de seguridad, sin seguro, un riesgo asumible cuando los coches no corrían tanto. Todo cambió a partir de los locos 90, y vivir al límite se convirtió en un pasaporte al otro mundo, al de los muertos en vida, cuando la velocidad y la potencia se convirtieron en un reclamo del márketing en una loca carrera hacia la prosperidad.
Y nos la pegamos. Y cómo. El aprendizaje llega a fuerza de golpes, con un crash velado que nos estalla en plena cara, torpedo directo a la línea de flotación de la sociedad del bienestar, también de la democracia que prometía la soberanía para este pueblo que se vestía de domingo hasta que perdió la noción de los días.