Lo que acabamos de describir es algo completamente normal y comprensible. No es de extrañar que algunos días estemos más sensibles al dolor que otros, o que nuestra actividad diaria nos resulte más cuesta arriba. Sin embargo, cuando los síntomas que hemos descrito suelen ser la tónica general de nuestras vidas, quizá debiéramos empezar a plantearnos que algo no funciona bien.
El trastorno de somatización está relacionado con lo que hemos planteado, aunque no se limita a determinadas situaciones o eventos. Las personas que lo padecen manifiestan, ya desde la adultez temprana, una serie de síntomas físicos que les llevan a visitar a varios médicos en busca de una explicación. Lo curioso del caso, es que tras habérseles realizado los correspondientes exámenes, no termina por encontrase una condición médica que explique totalmente la experiencia de dolor.
Aunque en principio pueda parecer que este trastorno es idéntico al denominado “trastorno por dolor” (dolor crónico), aquí la persona manifiesta una mayor cantidad de síntomas, y estos aparecen más repartidos por el cuerpo. Además, llama la atención que estos siguen como un patrón circular en su aparición, de manera que algunos parecen sustituir a otros.
Para diagnosticarse el trastorno de somatización, han de estar presentes 4 síntomas de dolor (cabeza, abdomen, espalda, articulaciones, extremidades, etc); 2 síntomas gastrointestinales (náuseas, distensión, diarrea, vómitos, etc); 1 síntoma sexual (disfunción eréctil, menstruaciones irregulares, pérdidas, etc) y 1 síntoma pseudoneurológico (parálisis, visión doble, ceguera, sordera, convulsiones, etc).
Lo más relevante del cuadro es que los factores psicológicos estarían teniendo una importante función, como si nuestro cerebro estuviese tratando de resolver conflictos internos y se ayudase de nuestro cuerpo para expresar dichos conflictos.
foto|Michal Marcol