Siete y cuarto de la mañana de un sábado robado a la primavera. Estoy en la gasolinera, que me voy a Madrid, y no puedo abrir el tapón. Ya me advirtieron en la tienda que el tapón es delicado, y con delicadeza lo he tratado siempre. Pero algo sonó, algo cascó. A toda prisa tuve que volver al aparcamiento, deshacer lo hecho y coger el coche. Puede imaginarse el lector el gesto que se me puso. Ya por la tarde conseguí abrir el tapón. La vez número 189 ha sido la última y no he utilizado la llave, sino unos alicates y un destornillador.
La calidad de algunas partes de la motocicleta, ¿afecta a la imagen que tenemos de la MoCo? Que haya partes que duran poco o se gastan, ¿afecta a la imagen que tenemos de Harley-Davidson? Descubrir que la maneta derecha, la del freno, es de peltre, ¿afecta a la imagen que tenemos de la marca? No, no y no. La marca de motocicletas más famosa del mundo sabe que la imagen que ha proyectado sobre nosotros y que nosotros hemos consolidado en nuestro imaginario es indeleble. Es posible que ese sea el motivo por el que se pueden permitir fabricar algunas partes con estándares de calidad tan poco exigentes. O incluso que nos mole que eso sea así, como les molan a los yogurines llevar el móvil con la pantalla destrozada.
¿Cuánto hay de marketing, cuánto hay de sociología del comportamiento, cuánto hay de inteligencia de la percepción en el mensaje que Harley-Davidson consolida en nuestro interior y en el conocimiento colectivo que tenemos sobre la marca, que no se destruye cuando descubrimos que la maneta es de peltre o que el tapón de la gasolina dura 188 veces?