La virginidad en la antigua roma

Por Gladiatrix @gladiatrix60
 

Por Esperanza Varo (autor invitado) 

La visión que históricamente  se ha ido formando sobre la sexualidad romana ligada a los excesos, dista, en muchos aspectos, de la realidad. La libertad sexual que se presume para la Antigua Roma cuenta con unas claras limitaciones en función del género de los sujetos, así la matrona romana sólo podía mantener relaciones sexuales dentro del matrimonio. Fuera del mismo, cualquier tipo de actividad sexual, fueran solteras, viudas o divorciadas, era contemplado como delito. Así, se llevarían a cabo graves sanciones por adulterio o stuprumdebido a la ofensa a las buenas costumbres romanas.

Resulta evidente que, independientemente de la época, la mujer romana se encontró siempre en una situación de inferioridad con respecto a sus conciudadanos varones, pese a que las mismas pudieran llegar a ostentar el status de mujeres libres y ciudadanas.

LA VIRGINIDAD EN LAS JÓVENES DE LA ANTIGUA ROMA

Los ciclos de vida de las mujeres romanas estuvieron marcados por los acontecimientos de su vida personal, su cuerpo y su capacidad de procrear, y no por sus capacidades cívicas como sucedía con los varones. Una de las etapas de la vida de las mujeres estaba determinada y nombrada por la virginidad como antesala de la fecundidad. La categoría de "vírgenes" abarcaba a todas las jóvenes antes de contraer matrimonio y se asociaba a la continuidad del sistema social y familiar. Por ello llegó a tener un carácter casi sagrado.

La vida de las mujeres, cuya función primordial para la comunidad era la procreación, estaba regida a lo largo de toda su vida por esa capacidad de su cuerpo, aunque su control, al menos en el plano teórico y legal, no les perteneciese. En torno a esa potencialidad femenina y su control se crearon normas legales, rituales religiosos y discursos científicos por aquellos que tenían las prerrogativas y el reconocimiento oficial para hacerla, los varones. Mientras que los varones eran valorados por su capacidad de integrarse en la ciudad y participar, cada uno según su categoría social, de los asuntos públicos, las mujeres lo eran por su acertado cumplimiento de aquellas funciones que, por "su naturaleza", les correspondían, sobre todo las de prepararse para la fecundidad y procrear. De ahí que las jóvenes antes del matrimonio fuesen denominadas genéricamente como vírgenes.

La niñez y la pubertad de las mujeres estaban determinadas por la virginidad, una etapa en la que las mujeres mantenían intactas todas sus fuerzas, su potencia para la futura fecundidad. Esa capacidad latente de las vírgenes, casi sacralizada, era un exponente del honor familiar y garantía del bienestar y la prosperidad, pues las jóvenes, con la atribución de la pureza, eran las más apropiadas para dirigir las plegarias y súplicas a los dioses y diosas. Las vírgenes, sin mancha, junto a las matronas adornadas con la castidad, la pudicitia,eran el grupo ciudadano que estaba en mejores condiciones para establecer dicha relación. Por ello en las ciudades antiguas se crearon un conjunto de rituales y de sacerdocios, como mecanismos de socialización femenina, donde la condición de virgen era imprescindible.

Dado que era una etapa de preparación para el momento de la fecundidad -el matrimonio-, la virginidad era un bien precioso que pertenecía menos a la joven misma que a la ciudad y, muy particularmente, a la familia a la que pertenecía o a la que entraría al casarse. De ahí que se les otorgase un carácter casi sagrado, con unas potencias y posibilidades que eran aprovechadas, a través de cultos y rituales privados y públicos, en beneficio de la familia, la comunidad o el Estado. 


La condición de virgo en una joven era reconocida por su atuendo, tal como sucedía con todos los estatus de las personas en Roma. La toga praetexta, bordada en una banda de púrpura, y sus amuletos, los bulla, que llevaban al cuello, como todos los niños, y definían su situación personal. El cambio de vestidos y ornamentación implicaba el cambio de estatus, señalaba de la manera más elemental el paso entre los ciclos de la vida y diferenciaba claramente a los jóvenes de ambos sexos. En los rituales que acompañaban este cambio de ciclo de vida, las vírgenes consagraban su toga y sus bulla a Venus o a la Fortuna virginalis, tomaban la túnica recta, cambiaban su peinado y cubrían sus cabellos con un velo, el flammeum,

La virginidad en las doncellas y la pudicitia en las casadas eran consideradas elementos claves para asegurar el bienestar de la casa, la comunidad o para restablecer la relación con los dioses cuando se había producido una desgracia. 



La potencialidad maternal era cuidadosamente protegida por los padres de las jóvenes hasta el día en que éstas, aún niñas, entraban en la familia a la que tenían la misión de perpetuar. Una mujer que no era presentada virgen introducía en la familia de su marido un elemento impuro y ponía en cuestión la continuidad y el bienestar de la familia. Una joven no debía de ser admitida en una familia si no era virgen, y para asegurar esta condición se tomaban todo tipo de precauciones. La primera era la temprana edad con la que se formalizaba el compromiso y el matrimonio de la joven, la de doce años.  Esta edad era considerada como aquella en la que la joven no ha perdido aún su candor, su pureza, su fuerza, y por tanto puede transmitirlas a su nueva familia. Así lo afirmaba Plutarco cuando indicaba que los romanos casaban jóvenes a sus mujeres porque de ese modo el marido tenía intactas las primicias, tanto de cuerpo como de carácter. Mientras que llegaba ese momento la joven era cuidada por su madre o por algún familiar femenino cercano y recibía una educación adecuada para la función que, en principio, iba a desempeñar. La segunda era el castigo que el padre podía infligir a una hija que hubiese perdido su virginidad.


La muerte de Virginia. Francesco de Mura.

A pesar de sus sentimientos, un buen padre debe matar a su hija antes de ver mancillado su honor y el de su familia. De ahí las palabras del padre de Virginia: " hija mía, te devuelvo la libertad del único modo que puedo. Luego le atravesó el pecho a la joven y, mirando a la tribuna, dijo: 'Apio, por esta sangre te maldigo a ti y a tu cabeza'". Existía, pues, la obligación social de salvar el honor perdido, aunque ello acarrease terribles consecuencias para las mujeres.

Decía Cátulo «la virginidad no es tuya completamente, en parte es de tus padres [...] un tercio es de tu padre, un tercio es de tu madre. Sólo un tercio es tuyo»

OPINIONES DE LOS MÉDICOS DE LA ÉPOCA SOBRE LA VIRGINIDAD

La virginidad era sólo la etapa previa a la fecundidad que había que cuidar y resguardar para así, más tarde, obtener los mejores frutos. Que el estado ideal de las mujeres era el matrimonio queda patente en todos los discursos políticos, religiosos y científicos. Así, Galeno afirma que las jóvenes que no se casan cuando llega la época del matrimonio, experimentan, a la primera aparición de las reglas, accidentes a los que antes no estaban expuestas: la sangre se vuelca en la matriz, y al no tener orificio de salida se proyecta al corazón, el diafragma, etc. Acaba recomendando a las jóvenes que sufren semejantes accidentes que se casen lo antes posible, pues si se quedan embarazadas se curan. La justificación "científica" corrobora los matrimonios de las jóvenes antes de la primera regla, y la fertilidad como la razón de ser fundamental de una mujer. SACERDOTIZAS VESTALES

La edad de selección, para llegar a ser sacerdotisa vestal, oscilaba entre los seis y los diez años. Debían estar solteras y no tener cargas familiares que atender, para así dedicarse por entero a esta función. Pero además se exigía que fueran hermosas –sin defectos físicos-, virtuosas y de procedencia relevante.

El proceso de selección era sencillo, pues se elegía a las cuatro mejores aspirantes de entre una veintena, y por cada una se introducía una tablilla con su referencia dentro de una vasija, tras lo cual el Pontífice Máximo sacaba una con el nombre de la elegida. Una vez escogida se la separaba de su familia y era dirigida al templo, en el que se celebraba una ceremonia de admisión en la que se le cortaba el cabello, se la suspendía de un árbol con los pies colgando, muestra de la ruptura familiar, se le vestía con el atuendo de las Vestales, con un velo que le cubría la cabeza y se le entregaba un candil encendido.

Finalizado el ritual, la Vestal comenzaría la fase de aprendizaje, consistente en aprender a leer, a estudiar a los dioses y los ritos, a comportarse en público y, lo más importante, a mantener viva la llama del fuego sagrado. Finalizada la etapa de aprendizaje, la segunda década era la dedicada a la función propiamente dicha, tras la cual, si era superada con éxito, pasaba a la tercera y última fase y década, la de la instrucción.

A estas mujeres, seleccionadas siendo todavía unas niñas, se les exigía que permanecieran vírgenes durante todo el tiempo que durase su servicio. A cambio, su labor era enormemente recompensada, dado que su bienestar era tomado en consideración por y para la seguridad de Roma, por lo que contaban con una serie de privilegios como los de poder acceder a lugares específicos en los actos públicos o la invitación a grandes banquetes, a los que llegaban en un carpetum, o carro de dos ruedas cubierto, con preferencia de paso. Además, podían hacer uso, entre otros distintivos, de la vitta, o banda para el cabello, que era de color blanco o púrpura e identificaba su posición sagrada en la sociedad y que estaba prohibida para libertinas y meretrices.

La Roma primitiva estaba formada por campesinos y pastores, y con la participación de las Vestales se pretendía aumentar la fertilidad de los animales y los campos y, por tanto, contribuir al bienestar y prosperidad de los ciudadanos. Esa relación entre virginidad y fecundidad crea una posición ambigua que resulta esencial. Las Vestales, aunque vírgenes, participaban en los ritos de fertilidad. Del mismo modo, es significativo que las Vestales dejasen de prestar sus servicios hacia los cuarenta años, edad en la que habrían perdido su potencial capacidad de fecundidad, representaban el momento de paso de un estado a otro, de virgen a matrona, de forma pura y permanente. Una vez finalizado su periodo como Vestales, podían casarse si así lo deseaban. No obstante, la gran mayoría solía optar por retirarse al templo y mantener su celibato.


Tortura de una vestal por Henri-Pierre Danloux , museo del Louvre , 1790.

Hasta tal punto la virginidad era la condición fundamental para ser Vestal que su transgresión implicaba la muerte. Si una Vestal era acusada y juzgada culpable de haber violado su virginidad, era condenada a ser sepultada viva con un poco de agua y un poco de pan, en un subterráneo, donde nadie podía tener contacto con ella. Para los romanos si dicha Vestal hubiese sido inocente, Vesta habría salvado a la sacerdotisa enterrada viva. Lógicamente no se salvó ninguna. A pesar de que el castigo significaba la muerte, fue difícil mantener la norma sin transgresión alguna a lo largo de los casi mil años de duración del citado colegio, aunque fueron muy pocas las ocasiones en las que se produjo, o, al menos, en las que hubo constancia o suposición pública de ello. Fueron dieciséis las Vestales condenadas, doce en el periodo monárquico-republicano y cuatro durante el Imperio, además de algunos otros procesos que acabaron con la absolución de las sacerdotisas.

LA VIRGINIDAD MASCULINA

La virginidad masculina era inaceptable. Era común que los hombres, ya en su adolescencia, frecuentaran los burdeles o tuvieran relaciones con las sirvientas o esclavas. La virginidad masculina era algo extremadamente mal visto en la sociedad romana porque el hombre tenía que ser siempre un dominador.

Las tabernas romanas no solo ofrecían comida y bebida, sino también los servicios sexuales de sus camareras. Por ello, este era uno de los oficios considerados “infames” (indignos) y generalmente recaía en mujeres de muy bajo estatus social, como esclavas, libertas pobres o extranjeras.

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REFERENCIAS.

VII Congreso virtual sobre Historia de Las Mujeres - 885 - Santiago Zamora Cárcamo.

Sobre la familia romana  RAWSON, B

Virginidad-fecundidad: en torno al suplicio de las vestales Cándida Martínez López Universidad de Granada

Sobre Esperanza Varo:

Entusiasta de la historia, la música y la pintura responsable de blog: ESPERANZAVAROBLOG y escritora. Pertenece a Divulgadores de la historia y miembro colaborador de la revista digital DHistórica . Ha publicado las novelas Enyra: una histoira de amor y coraje, Ab Urbe condita 
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