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LAS CLAVES SOBRE LA TAUROMAQUIA DE MANUEL BENITEZ “EL CORDOBES” (2ª parte)

Por Zubi
LAS CLAVES SOBRE LA TAUROMAQUIA DE MANUEL BENITEZ “EL CORDOBES” (2ª parte)
Por El Zubi
La irrupción de Manuel Benítez “El Cordobés” en la Fiesta yo creo que pilló con el paso cambiado a los críticos taurinos y a la prensa de aquella época en general. No tenían capacidad histórica para entender la trascendencia de su toreo, al que llamaban “tremendista”, “encimista” y lo criticaban con cientos de calificativos que todos hemos oído y que no pienso hoy repetir aquí por falsos y equivocados. Hoy, con el paso del tiempo, vemos cómo esos críticos taurinos hicieron el ridículo más espantoso en la historia del periodismo taurino. Ellos estaban acostumbrados a unos conceptos clásicos y artificiosos del toreo y no supieron entender este nuevo concepto del toreo. Yo creo que los periodistas de aquellos años, por su afán de ponerle etiqueta a todo sintieron con angustia que este nuevo toreo que mostraba “El Cordobés” no lo tenían incluido en su catálogo y como era algo nuevo y revolucionario, en vez de ponderarlo lo menospreciaron erróneamente. Porque Manuel Benítez era distinto a todos los toreros del momento. Llegó a la Fiesta mostrando su aplastante personalidad: sin riesgo no se concibe este espectáculo y la sensación del peligro ennoblece a la Fiesta y la hace más auténtica y es lo que él hizo: arriesgar cada tarde, y lo hace aun ahora cuando a veces se pone delante de un toro.
Manuel Benítez fue consciente de sus posibilidades y de sus carencias e hizo uso de unas y desuso de otras, apoyándose en su valor natural y complementándose con un carácter personal y una inteligencia privilegiada. Trajo una nueva forma de hacer el toreo, sin duda por la influencia de su temperamento. Se quedó quieto, se clavó en la arena haciendo girar al toro en torno a él y rompió con todos los moldes de colocación y distancias que se concebían en esos años. Si la clave de la Tauromaquia de José Gómez “Gallito” fueron sus piernas, y la de Juan Belmonte sus largos brazos, la clave de la Tauromaquia de Manuel Benítez fue su juego de muñeca complementada por una cintura prodigiosa.
Si en aquellos años Antonio Ordoñez era el arte personificado, “El Cordobés” fue la personificación del valor. Frente a la suavidad y el temple de Ordoñez aparece una mano izquierda prodigiosa, una muñeca poderosa, mágica y tremendamente eficaz, acompañada de un juego de cintura inverosímil. Virtudes que le llevaron sin duda al éxito absoluto, destrozándole la moral a los “anticordobesistas” a los que le amargó la vida para siempre, pues no hubo quien le apease de su pedestal de gloria. Porque en este mundo del toro, quien llena la plaza es el único que debe de llevarse a casa la bolsa del millón (de entonces), y los demás son meros comparsas. Mientras Manuel Benítez ganaba por corrida un millón de pesetas, las empresas pagaban la mitad o menos a los toreros artistas del momento. Supo domesticar a los empresarios más encopetados de aquellos años, en colectividad y por separado, como lo demostró cuando la famosa almohada y la procesión empresarial a Villalobillos. En pocas palabras, Manuel Benítez los trajo a todos al retortero. De lo que se deduce que este hombre es un torero irrepetible en la historia de la Tauromaquia.
Si poca guerra le dieron a “El Cordobés” los toreros veteranos de la década de los sesenta (me refiero a Ordoñez, Bienvenida, Luis Miguel Dominguín,...) tampoco se la dieron los toreros de los setenta: ni Paco Camino, ni El Viti, ni Manolo Vázquez, ni Curro Romero, ni Diego Puerta, ni Antoñete, ni Jaime Ostos, ni Miguelín, ni Sebastián Palomo “Linares”... ninguno pudo con él. Los agoreros decían que este torero era “flor de un día”, una moda del momento que pasaría de un año a otro. El tiempo se ha encargado de mostrarles su gran equivocación y ha puesto a cada cual en su sitio.
La explicación de esa realidad y de ese éxito arrollador, puede residir en la monotonía que practicaban todos esos toreros “artistas” citados y en su cómodo paso profesional frente a la terrible peripecia de “Benítez” en su deslumbrante carrera. Frente al “guante blanco” de los demás toreros, “El Cordobés” era la “garra”. Era la monotonía irritante, el “sota, caballo y rey” frente a la rebeldía, el espectáculo, la entrega, la emoción y lo novedoso. La masa disfrutaba con el toreo y la personalidad rebelde y desafiante de Manuel Benítez, mientras que la cátedra bostezaba ante sus ídolos artistas. Si los dos Antonios (Ordoñez y Bienvenida) marcaban la norma, “El Cordobés” era el vendaval. Si Camino y Puerta señalaban el tono, él era la nota discordante, y si Curro Romero era el sabor y la hondura, Benítez era el valor desmedido, y esto... gustaba a rabiar a los públicos de todo el mundo.
Muchos críticos, toreros, empresarios y aficionados clasicistas esperaban su pronta caída del pedestal, pero esta nunca llegó, porque este hombre siguió en su carrera como manzana de la discordia, colocándose como pilar indiscutible del espectáculo de los toros y la Fiesta, y ustedes saben que la Fiesta de los Toros o es espectáculo o no es nada. Recuperó por tanto para las plazas a los públicos huidizos y aburridos de aquellos años de principios de los sesenta. Hizo que se dispararan en vertical hacia arriba los honorarios de los demás toreros y fue el trampolín de la escalada económica de este sector hasta nuestros días. (Continua mañana).

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