Las torpezas de Rubalcaba

Publicado el 02 julio 2014 por Abel Ros

Rubalcaba ha cometido cuatro torpezas capitales durante su periplo por la política


ientras Mariano Rajoy, ¡ojito derecho de Aznar!, fue monaguillo antes que fraile – ministro antes que presidente del Gobierno, quiero decir -, en el partido socialista no han tenido la misma suerte con el sino de sus "segundones". Tras la renuncia de Borrell, Almunia – ministro de Felipe – fracasó estrepitosamente en las elecciones del año 2000; su partido descendió – para sorpresa de muchos – en 125 diputados en favor de un Pepé efervescente, liderado por Aznar. La misma noche de la derrota, Joaquín dimitió; dejando el "marrón" de su fracaso – de manera provisional – en manos de una gestora, orquestada por Chávez. A Trinidad Jiménez de nada le sirvió la "chaqueta de cuero negro" para competir contra su primo, Ruiz Gallardón, por la alcaldía de Madrid. La socialista también perdió el pulso – valga recordarlo – contra Tomás Gómez para encabezar las autonómicas madrileñas, allá por el año 2007. Lo perdió, les decía, a pesar de contar con el apoyo claro – clarísimo – de la Ejecutiva General y el beneplácito de su jefe, Rodríguez Zapatero. Alfredo Pérez Rubalcaba - ministro de Felpe y José Luis – tampoco ha tenido la misma suerte que Rajoy. Alfredo perdió las elecciones del año 2011 y ahora, dos años y medio después, deja un partido herido por los mordiscos de Podemos; las disputas territoriales y, la crisis de liderazgo.

Rubalcaba ha cometido, para el análisis de la crítica, cuatro torpezas capitales durante su periplo por la política. La primera: presentarse a las pasadas elecciones generales. El último error de ZP fue, sin duda alguna, su apuesta por Alfredo en detrimento de Chacón. Gracias a los 22 votos de diferencia, el "químico de Ferraz" se hizo con la secretaría general de su partido y compitió contra sí mismo para deshacer el maleficio de los "segundones socialistas". Su candidatura representaba la experiencia que necesitaba el aparato para vencer a las "barbas" de Rajoy; pero también – valga apuntarlo -, Alfredo representaba la sabiduría política de maestros desgastados y castigados por los desencantados de su partido. Él, Rubalcaba, formaba parte del problema: "la herencia recibida"; su gestión al frente de los gobiernos de Felipe y Zapatero llevaba implícita el pedigrí del "caso Faisán", "el decretazo de ZP" y, lo más lamentable de todo, el descrédito "político" de pedir en la tribuna las políticas que él no hizo durante sus veinte años de ministerios.

La segunda torpeza de don Alfredo: hacer una oposición tranquila. Rubalcaba tenía todas las cartas a su favor para sacarle los dientes al presidente del Ejecutivo. Un presidente, les decía, contradictorio y "novato" en el arte de gobernar. Rubalcaba, lo tenía "a huevo" – valga la expresión -, pero no supo sacarle el jugo político al "rescate de los bancos";  a las subidas de impuestos; al incumplimiento del programa; al crecimiento del paro;  al recorte de la becas; al copago sanitario; a los desahucios diarios;  a los papeles de Bárcenas; a la subidas de las matrículas; a la involución del aborto; a las camas en los pasillos; a la reforma laboral, y un largo etcétera que pone

su broche  final en un desmantelamiento del Estado del Bienestar, nunca visto desde los tiempos predemocráticos. Así las cosas, a Rubalcaba le faltó más crítica y ruido en el patio de los leones. Le faltó, por qué no decirlo, más golpes en la mesa del escaño y abucheos a una derecha desprovista de programa y "mentirosa" como ninguna. A Alfredo, verdad de las grandes, le sobró talante "zapaterista" y le faltó gritar, unas cuantas veces, el “váyase señor Rajoy", como en sus tiempos hizo Aznar con las filas de Felipe en la España de Roldán.

La tercera torpeza del exlíder socialista: apoyar a Eduardo Madina en su pugna contra Sánchez. Mientras Pedro ha recibido los elogios y el beneplácito de Susana Díaz – la joya socialista -, Eduardo, por su parte, ha recibido el apoyo público de Rubalcaba – el suspendido de Ferraz -. Votar a Madina, con el apoyo mediante de Alfredo, se convierte en un alto riesgo a la equivocación, por la incertidumbre que supone para la militancia socialista votar al "ahijado" de un cadáver político, como lo es Rubalcaba. Por su parte, Pedro Sánchez ha contado con la "hada" Susana, una mujer que goza de buena prensa entre los suyos, por su triunfo electoral en las pasadas europeas. No olvidemos que Díaz gobierna Andalucía en coalición con Izquierda Unida, luego la "izquierdización" de su tierra es producto de ella y sus socios de batalla, aunque muchos de su partido le atribuyan el oro de la victoria. Mientras Eduardo se presenta con la losa de los prejuicios rubalcabistas, su rival – Pedro Sánchez – lleva consigo la "estrella" de su madrina. Luego, como dice el dicho popular: "coge la fama y acuéstate".

Alfredo representaba la sabiduría política de maestros desgastados y castigados por los desencantados de su partido

La cuarta torpeza de Rubalcaba: dimitir antes del 13 de julio, el día de la elección del nuevo secretario general. Alfredo se precipitó en elegir el momento para dejar la política. Su decisión ha sido la gota que ha colmado el vaso para, la más que probable, derrota de Madina en su pulso contra Sánchez. La dimisión de don Alfredo, les decía, se contradice con las palabras que "salieron de su boca" la noche que perdió las elecciones generales. Palabras de compromiso con su electorado y, palabras de coherencia con su decisión de tomar las riendas del partido durante "los próximos cuatro años". Hoy, dos años y medio de aquella osadía, Rubalcaba se convierte en el esclavo de sus mismas palabras. Dimite, sin pensar en su electorado; el mismo que apostó por él para liderar el partido, tras la renuncia de Zapatero. Dimite, sin ponderar el daño colateral que le hace a su ahijado, Madina. Su dimisión perjudica a su discípulo, lo deja – como dicen en mi pueblo – huérfano de padrino en medio de la tormenta. Dimite, el señor Rubalcaba, tras probarse ante las urnas y comprobar que el "maleficio socialista" sigue vigente para el común de los segundones. Mientras tanto, Felipe y Zapatero triunfaron, a pesar de ser nuevos en el chiringuito. Una máxima que, por lo visto, se viene cumpliendo desde los tiempos de Suárez y que, probablemente, le traiga suerte a Sánchez, el nuevo rostro socialista.

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