A partir de las acusaciones contra la selección y la Argentina muchos pudieron percibir por primera vez como funcionan las psyops (operaciones de acción psicológica) y las campañas de manipulación de emociones, opiniones y sentimientos desde las redes y los algoritmos, y su capacidad de influir en las audiencias construyendo estereotipos y llevando agua para su molino, el que fuera éste. Es de esperar que en lo sucesivo conserven la misma capacidad de detectarlas y descartarlas, porque van a seguir existiendo, en especial cuando se avecinen las elecciones. Quizás la diferencia esté en que prejuicios o sesgos cognitivos confirman esas campañas y cuales no, más que en su eficacia intrínseca. Se puso en entredicho la proclamada infalibilidad de la derecha y sus aparatos comunicacionales para captar el sentir de las masas, y dirigirlo en su provecho. Milei, su gobierno y su estructura y dispositivos de construcción de sentido estuvieron todo el tiempo bailando la coreografía equivocada, corriendo siempre detrás de los acontecimientos, y enhebrando papelones allí donde esperaban capitalizar a su favor los logros de la selección en el mundial; porque la realidad se les coló por todas partes por los agujeros de la malla de los algoritmos, las encuestas y los focus group, una oportunidad para la oposición de pensar la política desde otras claves, en lugar de hacer seguidismo acrítico de "lo que pide la gente", o lo que nos dicen que pide. Sin embargo, lo sucedido también demuestra que no se debe subestimar -por considerarlo ajeno a los conflictos cotidianos de la existencia- el daño reputacional que causa a la imagen del país y sus habitantes la política exterior de Milei, y su alineamiento incondicional y lacayuno con las directivas de Estados Unidos e Israel; como tampoco el conjunto de barbaridades y sandeces discriminatorias de todo tipo que ha dicho en cuanto foro nacional e internacional ha tenido la oportunidad de hacerlo.
Este mismo fin de semana nos estuvo avergonzando en Brasil, viajando hasta allá para insultar a Lula y entrometerse en el proceso electoral de un país soberano.
Dicho de un modo más preciso: algunos argentinos (muchos) tienen que hacerse cargo de lo que votaron, sin lo cual ninguna campaña contra el país tendría algún anclaje real sobre el que proyectarse.
Está bien que nos parezca injusto que nos acusen de racistas (más proviniendo de países que lo fueron siempre y lo son ahora, con sociedades que lo toleran o promueven), a condición de que el enojo no se quede en que el sambenito venga de afuera. Hay que extenderlo a combatir -con las opciones políticas y con todos los medios a nuestro alcance- las discriminaciones que vemos, padecemos o toleramos (cuando no dispensamos) a diario, y nos parecen aceptables: la aporofobia o la justificación de la supresión del adversario político, como los casos más evidentes, el gorilismo como identidad social (más incluso que política) persistente e intergeneracional, el desprecio militante por las minorías de todo signo.
Valgan la imagen y el concepto para que reaccionemos igual en lo cotidiano, frente a otras manifestaciones de ese "soft power" que nos han distinguido a través del tiempo, y que éste gobierno que padecemos se viene empeñando en destruir: nuestra ciencia, nuestro cine y nuestras industrias culturales, nuestra educación y salud públicas, nuestros estándares de protección social y nuestros niveles de movilidad social ascendente y desarrollo humano que -durante décadas- estuvieron por encima de la media de un país del Tercer Mundo.
Sirva también para comprender los límites de incorporar las lecturas y conclusiones de los procesos políticos de otras latitudes a nuestras disputas y debates, no por una pretensión de originalidad absoluta, sino por un elemental ejercicio del pensamiento crítico autónomo, sin tutorías intelectuales de un centro que nunca reniega de su condición de tal, y nunca termina de definirnos como algo más que su simple periferia, en todos los sentidos.
La mirada de los otros importa, pero más importa aun como nos vemos a nosotros mismos y que hacemos en consecuencia, sobre todos en tiempos en que padecemos un experimento neocolonial que se empeña a diario en destruir nuestra autoestima nacional, de todos los modos posibles.
Los que nos acusan a nosotros de racistas no solo lo han sido en el pasado (y desde allí construyeron sus sociedades satisfechas que juzgan con aires de superioridad moral a las insatisfechas), sino que lo siguen siendo hoy, persiguiendo migrantes y deportándolos, o recluyéndolos a campos de concentración modernos. No les concedamos la autoridad moral para enjuiciar a nadie, al menos en ese plano.