Creo haber leído en infinidad de sitios. Ninguno se me antojó incómodo con un libro en las manos. Dicen que quien lee vive más feliz. Dicen esto y dicen más cosas los que elogian el libro como oficio y tienen ya un protocolo de slogans estupendos, de los que en post-its se adhieren al frigorífico y dan lustre al noble electrodoméstico. Yo mismo, en alguna de esas epifanías librescas, he caído en la proclama entusiasta de la bondad del libro. Incluso he hablado algunas veces en público sobre lo maravilloso de la lectura y me he sentido embajador de un país invisible, creyendo no haber estado a la altura. Es que me da un reparo enorme elogiar a lo que no debería elevarse elogio alguno. No avanza la sociedad que no lee, no progresan sus cuentas, no es tomada en consideración afuera. Hay países que sí respetan al lector y al escritor, que no escatiman partidas de los presupuestos en la creación o en el sostenimiento de bibliotecas públicas o en la garantía de que el libro está al alcance de todas las capas sociales, incluso las que no tienen con qué pagarlos. Porque un libro, por mucho que cueste, no es caro, pero hay quien, por mucho que deseen, no pueden entrar en una librería y elegir sin que les duela al alma qué ración de asombro y de belleza y de inteligencia va a llevarlos esa noche a la cama. Podrían empezar no gravándolos de esa forma tan perversa. Podrían privilegiar la lengua, la bendita lengua española, en las escuelas al punto de que no haya otras disciplinas que malogren un número suficiente de horas para la adquisición eficiente de su riquísimo caudal de conocimiento. Podrían promover iniciativas que hagan disfrutable la cohabitación de libro electrónico y el tradicional, sin que uno parezca un intruso malévolo y el otro, a la luz de los tiempos, una rémora renunciable, cosa del pasado. Como nada de esto pasa, disfruto de imágenes maravillosas que con frecuencia me asaltan y piden quedarse o me obligan (qué hará que yo siga escribiendo) a contarlas aquí o en entre amigos, alegremente empinando el codo de las palabras. Una de ellas es ésta que ilustra el post. De hecho pensé que hay futuro en ese niño con madre que le lee al amor de sus obligaciones fecales. Con la edad, el niño obrará en soledad y no dejará que ninguna situación aparentemente adversa le prive de un rato de lectura. No sé si habrá gobierno que entienda esto. Si dentro de los think tank ésos que tienen, cuando acometen la empresa monumental de favorecer que la sociedad sea cada más digna y termine por comprender que fuera de los libros hay poco o no hay nada. Que leyendo zanjaremos las diferencias que nos separan. Aceptaremos que unos se manifiesten por algo y otros no; que unos entren en misa y otros nos quedemos fuera; que haya quien escucha ópera vestido para la ocasión mientras otros se ponen a gusto con unas bulerías en una taberna de barrio; que la voluntad se incline a votar a la derecha o a la izquierda, esto último en el supuesto de que en el futuro esas palabras incendiarias vuelvan a poseer algún significado relevante. Y ahora excusadme, que me voy a leer un poco.
Creo haber leído en infinidad de sitios. Ninguno se me antojó incómodo con un libro en las manos. Dicen que quien lee vive más feliz. Dicen esto y dicen más cosas los que elogian el libro como oficio y tienen ya un protocolo de slogans estupendos, de los que en post-its se adhieren al frigorífico y dan lustre al noble electrodoméstico. Yo mismo, en alguna de esas epifanías librescas, he caído en la proclama entusiasta de la bondad del libro. Incluso he hablado algunas veces en público sobre lo maravilloso de la lectura y me he sentido embajador de un país invisible, creyendo no haber estado a la altura. Es que me da un reparo enorme elogiar a lo que no debería elevarse elogio alguno. No avanza la sociedad que no lee, no progresan sus cuentas, no es tomada en consideración afuera. Hay países que sí respetan al lector y al escritor, que no escatiman partidas de los presupuestos en la creación o en el sostenimiento de bibliotecas públicas o en la garantía de que el libro está al alcance de todas las capas sociales, incluso las que no tienen con qué pagarlos. Porque un libro, por mucho que cueste, no es caro, pero hay quien, por mucho que deseen, no pueden entrar en una librería y elegir sin que les duela al alma qué ración de asombro y de belleza y de inteligencia va a llevarlos esa noche a la cama. Podrían empezar no gravándolos de esa forma tan perversa. Podrían privilegiar la lengua, la bendita lengua española, en las escuelas al punto de que no haya otras disciplinas que malogren un número suficiente de horas para la adquisición eficiente de su riquísimo caudal de conocimiento. Podrían promover iniciativas que hagan disfrutable la cohabitación de libro electrónico y el tradicional, sin que uno parezca un intruso malévolo y el otro, a la luz de los tiempos, una rémora renunciable, cosa del pasado. Como nada de esto pasa, disfruto de imágenes maravillosas que con frecuencia me asaltan y piden quedarse o me obligan (qué hará que yo siga escribiendo) a contarlas aquí o en entre amigos, alegremente empinando el codo de las palabras. Una de ellas es ésta que ilustra el post. De hecho pensé que hay futuro en ese niño con madre que le lee al amor de sus obligaciones fecales. Con la edad, el niño obrará en soledad y no dejará que ninguna situación aparentemente adversa le prive de un rato de lectura. No sé si habrá gobierno que entienda esto. Si dentro de los think tank ésos que tienen, cuando acometen la empresa monumental de favorecer que la sociedad sea cada más digna y termine por comprender que fuera de los libros hay poco o no hay nada. Que leyendo zanjaremos las diferencias que nos separan. Aceptaremos que unos se manifiesten por algo y otros no; que unos entren en misa y otros nos quedemos fuera; que haya quien escucha ópera vestido para la ocasión mientras otros se ponen a gusto con unas bulerías en una taberna de barrio; que la voluntad se incline a votar a la derecha o a la izquierda, esto último en el supuesto de que en el futuro esas palabras incendiarias vuelvan a poseer algún significado relevante. Y ahora excusadme, que me voy a leer un poco.