Revista Comunicación

Leningrad Cowboys go America, de Aki Kaurismaki

Publicado el 06 marzo 2012 por Ninyovampiro @ninyovampiro
Leningrad Cowboys go America, de Aki Kaurismaki
"Yo hago el cine que me da la gana" es algo que le gusta decir a todo director que se precie. A mi me gustaría encontrar a alguno que dijera "yo hago el cine que me obligan a hacer". Se ganarían con ello mi eterna admiración. Porque de Almodóvar, Spielberg, Scorsese, incluso Allen o Loach, la verdad, no me lo creo. El que no es esclavo de su productor, lo es de su prestigio, del público, o de unos amos aún más tiránicos: su propia filmografía y su estilo. En este sentido, es verdad que algunos directores son un pelín más sinceros y dicen que hacen el cine que le gusta a la gente, aunque no nos revelan si ellos mismos pagarían por ver sus propias películas.
Leningrad Cowboys go America, de Aki Kaurismaki
En mi menguante (hasta que los niños crezcan un poco) conocimiento del cine actual, se me ocurren muy pocos nombres de directores que puedan afirmar sin rubor "que hacen el cine que les da la gana", que, a mi modo de entender, significa que no les preocupa (por lo menos no excesivamente; el mundo es el que es) la taquilla, la crítica o la posteridad. Estos directores son el japonés Takeshi Kitano, autor de algunas de las películas más hermosas que he visto en mi vida, el italiano Moretti, el norteamericano Jim Jarmusch, y el finlandés Aki Kaurismaki.
De este último he visto apenas tres películas, a cual mejor. Nubes pasajeras, excelente, y Un hombre sin pasado, magistral, y la que nos ocupa. Leningrad Cowboys go America fue, en realidad, una de las primeras que hizo, en 1989, y la que le reportó fama mundial. Bueno, con el cine finlandés, lo de fama mundial es siempre relativo. En fin, mirad la escena inicial y decidme si no es absolutamente genial. (Y no os preocupéis por vuestro nivel de finés; hablan poco y lo más importante es en inglés)

A partir de ahí, comienza una atípica versión del sueño americano a la finlandesa. Y es que el argumento no puede ser más sencillo: los chicos que veis en esta escena inicial deciden partir a los Estados Unidos en busca de éxito. Una vez allí, con más moral que el Alcoyano, no pararán hasta conseguirlo.
Tras aprender inglés en el avión, llegan a su destino y se ponen a dar bolos aquí y allá. Nadie siente demasiado entusiasmo por ellos, y los dueños de los locales se los quitan de encima augurándoles en gran éxito en México. Viajan acompañados por el ataúd que contiene el cuerpo congelado de uno de sus miembros, ese que habéis visto en la escena inicial. Camino de la frontera, van alternando éxitos sonados en pequeños locales con fracasos que arruinan al empresario que les da una oportunidad.
La banda al completo actúa en todo momento, sobre el escenario y fuera de él, como un solo personaje. No ha lugar a matices ni individualidades. Son un bloque homogéneo y sin fisuras. Sin embargo, el representante de la banda, que no se separa de su abrigo de piel ni en mitad del desierto, es un tirano que los explota sin piedad y les roba sus escasas ganancias. Hay un tercer personaje que los sigue desde Finlandia escondido en el avión. Se trata del tonto del pueblo, un pobre diablo con tan poco pelo que vive atormentado por no poder hacerse un tupé como Dios manda.

Los Leningrad Cowboys, que en ningún momento se separan del ataúd con el cuerpo de uno de sus miemrbos, el que habéis visto en la escena inicial, cantan lo que le echen, desde canciones cosacas hasta corridos mexicanos, pasando por country, aunque no todo el mundo sabe apreciar su arte.

 La letra de esta canción es absolutamente hilarante, mezclando la imaginería de la América profunda y la Rusia soviética. El estribillo dice tal que así:
Es un vaquero de Leningrado
que cría ganado en las escaleras (?),
ponle otro vaso de vodka
porque quiere beber para olvidar
Desconocía la amistad de Jarmusch y Kaurismaki, pero en cierto modo la imaginaba. Es difícil que dos directores tan apartados del cine convencional no sientan una simpatía mutua. Aquí tenéis el cameo de Jarmusch en la película.
Road movie, musical, parodia de géneros, caricatura de estereotipos, delirio juerguista y, sobre todo, el cine que le da la gana hacer a Kaurismaki, un cine despojado de artificios y pretenciosidad.Aunque no tiene mucho sentido hablar de spoilers en una película como ésta, aquí queda esta ADVERTENCIA: la que vais a ver es la escena final.

No es la primera vez en la historia que sucede. Una banda ficticia aparece en una película y tiene tal éxito que la banda cobra vida y echa a andar. En este caso, además, no lo olvidemos, hablamos de músicos de un notable talento.Los Leningrad Cowboys, a quienes en España apenas conocen más que quienes hayan tenido la suerte de ver esta película, han llegado a actuar en galas de MTV, y sus conciertos en Helsinki, Belgrado o Berlín son absolutamente multitudinarios. Es difícil resistirse, en especial, a sus ANTOLÓGICAS actuaciones (y ojo, que servidor no se prodiga en el uso de mayúsculas) junto a los Coros del Ejército Ruso, una combinación que produce un espectáculo que me faltan palabras para describir. Sólo puedo decir: qué divertida puede llegar a ser la vida a veces.

Y de propina, otra del mismo concierto, con la que se me saltan las lágrimas ante semejante derroche de alegría de vivir y esos destellos de una paz y armonía universales.


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