En el capítulo de recuerdos debo consignar el de haber sido niño transportador de semejantes mamotretos a la par que alumno silente de las pesadas lecciones de F.E.N. (Formación del Espíritu Nacional) que un profesor nada preparado para ello nos endilgaba en la oscura escuela de mis once o doce años. Era FEN, junto a la Educación Física, la Religión y el Dibujo, una de las materias tenidas por "marías" en mi casa pues mi padre siempre creyó que lo importante para la vida era tener conocimientos de historia, ciencias o matemáticas y que la ideología política y religiosa poco o nada iban a aportarme en el futuro. Lástima que el Dibujo lo colocase en la misma cesta. El caso es que no erraba en demasía don Eduardo (mi padre) pues los profesores de estas cuatro 'marías' eran docentes sin preparación especial y por lo tanto de escasa exigencia: para el Dibujo bastaba con poner un botijo sobre la mesa del profesor y que los alumnos lo dibujasen; y para la Gimnasia (así era como llamábamos por entonces a la Educación Física) con organizar unas carreras y unos partidillos la cosa iba sobrada.
¿La Religión y la FEN? ¡Ay, amigo, aquí el Estado se había exprimido algo más el magín! Para la Religión cualquier cura enviado por el obispado era suficiente pues lo que había que dar, fundamentalmente, era doctrina; y para la FEN tiraban del cuerpo de la Falange donde, dentro de la incultura que caracterizaba al Régimen, recalaba alguna que otra mente preclara. Es el caso de los autores de estos dos libros de texto de los que no recuerdo más que sus portadas, su voluminoso continente pero nada, absolutamente nada, de lo que en ellos se decía. El artículo de Ignacio Sánchez Cámara ha despertado mi curiosidad por volver a hojearlos, en especial el de Torrente Ballester, dado que el articulista sobre él dice textualmente, entre otras muchas cosas, lo siguiente:
" Se trataba, permítaseme el empleo del pasado, aunque el libro sobrevive a la devastación del tiempo, de una antología de textos, agrupados bajo los siguientes epígrafes: Convivencia, Modos de relación humana, Autoridad y libertad, El trabajo y La persona. [...] Se sucedía un rosario de textos, nacidos del amor al hombre y la devoción a España, seleccionados e introducidos por Gonzalo Torrente Ballester. Entre otros, Aldecoa, el anónimo autor del Myo Cid, Calderón, Cela, Cervantes, Eva Curie, Chejov, Chesterton, Dostoyevski, Esquilo, Fustel de Coulanges, Gobineau (no lo omitiré, con un texto sobre Miguel Ángel), san Isidoro de Sevilla, Kipling, Laín Entralgo, Manuel Machado, Azorín, Gabriel Miró, Ortega y Gasset, o Papini, Pérez Galdós, Platón, [...] Quevedo, Rubén Darío, Sánchez-Albornoz, Shakespeare, Sófocles, Spengler y Alphonse de Vigny. "
Cierto es que no recuerdo para nada que el profesor correspondiente nos leyese o comentase alguno de esos textos (¡lástima!), pues en gran medida aquellos docentes poseían un nulo nivel e interés cultural. De ahí que, como tantas veces sucede y ha sucedido en España, se pusieran en manos de patanes unos libros que no alcanzaban a comprender dado que les superaban en mucho. Ellos con eso de Familia, Municipio y Sindicato daban por cubierto el expediente.
Desde la altura de mis años, desaparecidos ya estos dos sabios (Eugenio de Bustos en 1996 y Torrente Ballester en 1999) que como cualquier persona junto a enormes aciertos incurrieron en algunas equivocaciones (quizás estas colaboraciones puedan calificarse de tales), no puedo por menos que lamentar el que hoy día cuando se intenta formar ciudadanos en los niveles de la educación obligatoria, los diseños curriculares de las asignaturas a tal objetivo destinadas ( Ética, Educación para la Ciudadanía, Valores éticos, o como quiera que se las denomine) utilicen textos y opiniones en las que prima la ramplonería, la vulgaridad, cuando no un decidido afán de manipulación débilmente escondido en no se sabe bien -y sí se sabe bien- qué extemporáneas, provincianas e insolidarias ideologías. Frente a las palabras rotundas, fuertes, universales, totales, de un Cervantes, un Chejov, un Aldecoa, un Esquilo, un Pérez Galdós, o un Quevedo,de las que echaba mano don Gonzalo, se prefiere hoy tirar de falaces lemas propagandísticos y/o falsificaciones históricas remedo de aquellas empleadas durante esos oscuros años y que hoy con tanta razón criticamos.