Libros, personas

Por Calvodemora

 Hay libros que no se acaban nunca. Contienen la semilla de todos los demás. De algún modo se entrelazan, hacen una secreta e íntima labor de nudo, declinan su apariencia de unidad y anhelan lo tornadizo y lo ajeno. Son otro libro cuando se los retoma, se parecen a quien los abre y lee, mudan su sentido, lo congracian con el sobrevenido en el ánimo o en la experiencia del que inadvertidamente los atraviesa. Hay libros que semejan paisajes. También los hay que tienen advocación de espejo. Uno se ve en ellos. Incluso considera que en el decurso de su lectura algo privado va deshaciéndose, adquiriendo la consistencia extraña de los personajes a los que de pronto ha tomado como suyos en el trayecto. Hay libros que curten al modo en que la vida lo hace cuando nos arroja a su trajín y a su estrago. A veces no se tiene constancia de su peso, no se advierte que algo suyo importe siquiera, suceden con la parsimonia o con la irrelevancia de lo liviano, con la premura o la tardanza de lo trascendente. Algunos de esos libros son únicos. Todos, por variadas razones, sin intervenir la excelencia en ellos, sin que algo mágico o portentoso o de un lirismo absoluto o de una inteligencia absoluta, lo son. Su singularidad proviene del asombro que nos causen. Nada más percibirlo, en cuanto hace su trabajo de desconcierto y de perplejidad, sabemos que no nos abandonará nunca. Sucede con increíble disimulo. Apenas se aprecia, si es que alguna vez sentimos cómo avanza, si puja y determina quedarse, como si un delirio nos ocupase, como si la realidad (la del libro o la otra) se transfigurara, mostrando su verdadero apresto, consignando (azarosamente, tal vez, sin fiable registro) su esencia, la que podría afectar a la que quiera que nosotros, al leer, llevemos dentro. 

Hay personas que no se acaban nunca. Contienen la semilla de todas las demás. De algún modo se entrelazan, hacen una secreta e íntima labor de nudo, declinan su apariencia de unidad y anhelan lo tornadizo y lo ajeno. Son otras personas cuando se los retoma, se parecen a quien los trata y ama, mudan su sentido, lo congracian con el sobrevenido en el ánimo o en la experiencia del que inadvertidamente los atraviesa. Hay personas que semejan paisajes. También los hay que tienen advocación de espejo. Uno se ve en ellos. Incluso considera que en el decurso de la intimidad que deparan algo privado va deshaciéndose, adquiriendo la consistencia extraña de los personas los que de pronto ha tomado como suyos en el trayecto. Hay personas que curten al modo en que la vida lo hace cuando nos arroja a su trajín y a su estrago. A veces no se tiene constancia de su peso, no se advierte que algo suyo importe siquiera, suceden con la parsimonia o con la irrelevancia de lo liviano, con la premura o la tardanza de lo trascendente. Algunos de esas personas son únicas. Todas, por variadas razones, sin intervenir la excelencia en ellos, sin que algo mágico o portentoso o de un lirismo absoluto o de una inteligencia absoluta, lo son. Su singularidad proviene del asombro que nos causen. Nada más percibirlo, en cuanto hace su trabajo de desconcierto y de perplejidad, sabemos que no nos abandonarán nunca. Sucede con increíble disimulo. Apenas se aprecia, si es que alguna vez sentimos cómo avanza, si puja y determina quedarse, como si un delirio nos ocupase, como si la realidad (la de esas personas o las de otras se transfigurara, mostrando su verdadero apresto, consignando (azarosamente, tal vez, sin fiable registro) su esencia, la que podría afectar a la que quiera que nosotros, al acercarnos a ellas, llevemos dentro.