Lisboa y sus alrededores

Por Martafr1975

Viernes 19 julio 2019

Nos trasladamos a Lisboa, al único camping de la ciudad y alrededores. Un camping caro y en un estado de conservación lamentable, lo único positivo a destacar es la piscina y la vigilancia de la que dispone. Es como entrar a una discoteca de noche, hombres como armarios pidiendo que les enseñes la pulserita cada vez que entras y sales del camping.

Llegamos a mediodía temprano y aprovechamos para comer algo rápido en el “huevo” antes de ir a hacer un poco de turismo por la ciudad. Dejaremos a Scott en el camping aprovechando la sombra y el fresco que hace dentro y así evitamos no poder entrar a algún monumento y que él se canse y lo pase mal con este sol.

Lisboa es un ciudad aferrada a empinadas colinas que caen hasta el río Tajo, un maravilloso caos de callejuelas empedradas por las que hay que perderse y no contar mucho con los mapas porque de poco nos servirán.

Nuestro primer acercamiento es en la zona de Belém, algo alejada del centro pero más cercana al camping. Es viernes y encontramos aparcamiento con facilidad.

En este barrio a orillas del río, se encuentra uno de los monumentos de visita obligada de Lisboa, el Mosteiro dos Jerónimos incluido dentro de Patrimonio Mundial de la Unesco. El monasterio es pura fantasía y la mejor expresión a la grandeza de la era de los descubrimientos. Manuel I lo hizo construir en 1501 tras el regreso de Vasco de Gama, enterrado en su iglesia, con el dinero de los impuestos sobre las especias, las piedras preciosas y el oro. El monasterio fue cuidado por la oden de San Jerónimo hasta 1834, momento de la desamortización de las ordenes religiosas.

El claustro es la más pura recreación manuelina del arquitecto João de Castilho, decorado con piedra dorada y plagado de detalles en sus arcos, en sus torrecillas cónicas en espiral y en sus columnas con motivos de hojas y vides entrelazados.

Un agradable paseo fluvial con un enorme y mausiolítico monumento a los descubrimientos que representa a grandes personajes de la historia portuguesa, lleva hasta la Torre de Belém. Dominando el Tajo, esta fortaleza, incluida en el Patrimonio Mundial de la Unesco, la hizo levantar Manuel I entre 1515 y 1521 como punto de embarque para los navegantes que partían a descubrir nuevas rutas marítimas, por lo que esta joya manuelina se ha convertido en símbolo de la expansión de Portugal.

Sábado 20 julio 2019

En vista que las normas para el acceso de los animales al transporte público (al igual que en el resto de servicios) son muy restrictivas y Scott no es bienvenido, nos vemos obligados a ir a Lisboa con nuestro coche, por suerte es sábado y las zonas de pago, la mayoría fuera del centro, son gratuitas. Dejamos el coche muy cerca de Rossio, así que nos es fácil llegar a cualquier sitio andando.

El barrio del Chiado con sus cafés, boutiques y elegantes edificios está dominado por  los arcos del Convento do Carmo prácticamente arrasado por el terremoto de 1755. Se inició su reconstrucción pero quedó parada y hoy podemos ver unos imponentes pilares y arcos en ruinas y una pequeña colección arqueológica en su museo. 

Si seguimos subiendo las empinadas calles llegamos al Miradouro de São Pedro de Alcântara con vistas a Alfama y Rossio. Se puede llegar a él, también, desde Praça dos Restauradores con el Ascensor da Glória al módico precio de 3,80€ (ejem…). Desde nuestro humilde punto de vista hacer colas kilométricas, pagar precios elevados e ir apretujados como sardinas no compensa coger este tipo de transporte o acceder a los miradores de pago. Lisboa se anda de arriba a abajo y hay estupendos miradores totalmente gratuitos, como iremos viendo.

El barrio de Baixa renació, tras el terremoto de 1755, como un ordenado barrio formado por una cuadrícula de calles. Se crearon un arco del triunfo, amplias avenidas y plazas que actualmente están llenas de tiendas, restaurantes y turistas. Lo que fue la entrada a Lisboa desde el Tajo, la elegante Praça do Comércio sigue siendo el centro neurálgico de la ciudad. Con su bellos soportales, sus fachadas de color amarillo y su enorme Arco da Rua Augusta vigilan imponentes la estatua ecuestre de Dom José I que se levanta en el centro de la plaza recordando las raíces reales de la plaza cuando el Palácio Da Ribiera se encontraba aquí hasta el día del fatídico terremoto.

Muy cerca, el Mercado da Ribeira, en su espacio Time Out ofrece platos gourmet y auténticas delicias para ser degustadas allí mismo o take away. Carnes, pescados, pastas, vinos y dulces se dan lugar en este mega local que aún conserva paradas tradicionales del mercado original. Recomendables las croquetas variadas de La Croqueteria, cerca de la entrada norte.

Con el estomago lleno y estas calores, bien poco apetece andar. Al principio me niego pero acepto el desafío de subirme a un patinete eléctrico, Lisboa está plagado de ellos, para acercarnos hasta alguna de las entradas de Alfama. Los minutos pasan hasta que consigo arrancar semejante trasto, luego aguanta el equilibrio y por último no atropelles a nadie. La cuenta final de los tres patinetes para hacer algo menos de dos kilómetros asciende a 18€… Hubiese salido más barato coger un tuk-tuk.

Alfama es el barrio lisboeta por antonomasia. Laberínticas y estrechas calles empedradas, plazas y apiñadas casas recubiertas de azulejos con tejados de terracota vigilando el Tajo a ritmo de fados. Y no hay mejor manera de conocer el barrio que perderse por él, olvidarse de los mapas y los gps que, por otro lado, de poco servirán.

La Sé (Catedral) es uno de los iconos de Lisboa y sea como sea, cualquier calle de Alfama te lleva hacia ella. Con aspecto de fortaleza, se edificó en 1150 y fue restaurada en 1930. 

Varios miradores salpican el barrio y todos ellos gratuitos. El Miradouro de Santa Luzia decorado con azulejos y alegres buganvillas y el de Largo das Portas do Sol ofrecen unas maravillosas vistas de los tejados de Alfama con el Tajo al fondo. Continuando al norte hasta Graça, su mirador brinda fantásticas vistas al Castelo de São Jorge, estratégicamente situado en la colina más alta de Lisboa.

Domingo 21 julio 2019

Cascais pasó casi de la noche a la mañana de ser un tranquilo pueblo pesquero a un importante destino turístico cuando el rey Luis I se dio un baño en sus aguas turquesas. El ejemplo cundió entre los acaudalados lisboetas que empezó a construir segundas residencias a lo largo de su costa.

Además de callejear por sus empedradas calles, comer en alguno de sus números restaurantes o hacer shopping en sus tiendas y boutiques, se puede alquilar una bicicleta (servicio concertado con el ayuntamiento) a un precio más que asequible y llegar por el sendero ciclista hasta la Praia da Guincho. A unos 10 kilómetros desde la estación de autobuses, esta enorme playa azotada por los vientos y con enormes dunas que se adentran hasta el interior, es una meca para los surfistas. El camino hasta aquí está perfectamente acotado y señalizado para bicis y peatones, pero una vez pasada La Boca do Inferno el pedaleo puede llegar a ser muy duro si el fuerte viento nos va en contra o lateral, por el contrario a la vuelta puede ser una enorme ventaja y que a penas tengamos que pedalear.

Mediodía y llevamos a nuestras espaldas 20 kilómetros en bici. Necesitamos comer algo, relajados y sentados en una terraza. ¿Que tal unos mejillones a la portuguesa y unas sardinas a la plancha? Uhhhhmmmmm! 

Lamentablemente, después de un breve paseo por el animado centro de Cascais tenemos que volver al camping. Llevo unos días que por las tardes me sube la fiebre y el esfuerzo de hoy unido al viento no ayuda nada para que mi salud mejore, así que lo mejor es que me eche un rato en la cama y esperar que baje la fiebre.

Lunes 22 julio 2019

Una visita obligada desde Lisboa es Sintra. Su centro, Vila-Sintra, Patrimonio Mundial por la Unesco, está salpicado de casas solariegas pintadas de tonos pastel medio escondidas en una frondosa vegetación que crece por las colinas en las que se encarama la población.

Hay varios imprescindibles en Sintra, pero si solo tenemos un día hay que decidir que se visita y, sobre todo ir muy temprano y (si es posible) entre semana para evitar, en la medida de lo posible las oleadas de turistas que acuden para ver algunos de sus palacios durante todos los días del año. Aún y así las colas son descomunales, lentas y mal organizadas, así que paciencia.

La estrella de Sintra es el Palácio Nacional de Sintra con sus icónicas chimeneas y su mezcla de estilos moriscos y manuelinos, pero nosotros nos hemos decantado por el Palácio Nacional da Pena. Situado en lo alto de un pico boscoso y a menudo rodeado de niebla, este palacio es una extravagante construcción de cúpulas, puertas en arco de herradura árabe, muros curvados y torres en rosa y amarillo. Se considera la mejor expresión del romanticismo portugués del siglo XIX y se construyó para Fernando de Sajonia Coburgo-Gotha, marido de la reina María II. El ecléctico interior, perfectamente decorado, se conserva tal y como lo dejó la familia real al proclamarse la República.

La visita con colas incluidas puede durar unas tres o cuatro horas, motivo por el cual se debe elegir una solo visita al día. Dos puede ser agotador… Up to you!

Pero Sintra no solo es famosa por sus palacios, también lo es por sus dulces que han endulzado la vida de la realeza desde 1756 con sus queijadas, crujientes tartaletas rellenas de queso fresco, azúcar, harina y canela, y con sus travesseiros, hojaldres enrollados y plegados siete veces rellenos de crema da almendra y yema de huevo, aunque las innovaciones en sabores son, hoy, una realidad y los de manzana están deliciosos. Uno de los lugares para comprar estos tradicionales dulces es Casa Pirita que los sirve desde 1952.

La fiebre vuelve a subir, así que es momento de irse al camping a descansar. 

Martes 23 julio 2019

Necesitaba una mañana de descanso para ver si la fiebre y el catarro remitía. ¡Y que bien me ha ido! Pero no solo a mí, los tres hemos disfrutado de una mañana tranquila en el camping aprovechándola como a cada uno le ha venido de gusto, unos descansando (yo mismamente) y otros refrescándose en la piscina.

Ha siso a media tarde cuando hemos salido para vivir Lisboa al atardecer. Sin las prisas que provoca el querer visitar cosas, hemos ido a pasear, a perdernos por Alfama, a disfrutar de sus miradores y, principalmente, a deleitarnos con su gastronomía y su ambiente nocturno.

Los petiscos es algo tan típico en Portugal como lo son las tapas en España, de hecho viene a ser lo mismo cambiando los ingredientes y las formas de hacerlos. Y son petiscos lo que vamos a cenar en nuestra noche lisboeta.

Empezamos en el barrio de Alfama, en el acogedor Marcelino Pão e Vinho un estrecho café que carece de espacio pero lo compensa su atmósfera, con obras de arte locales en las paredes, música en vivo ocasional, sombreros tradicionales suspendidos del techo y paredes revestidas de cajas de vino. Aún es pronto para cenar, pero su terraza es ideal para tomar un copa de vinho branco o una sopa casera portuguesa. Sí, sí, una sopa. Aún no habíamos probado la sopa portuguesa que se ofrece en casi todos los restaurantes y locales del país luso y es que con estas calores parece que no apetezca demasiado pero en honor a que son de gran importancia en la cocina portuguesa, pues allá vamos.

Durante años, la orilla del río Cais do Sodré fue uno de los barrios más sórdidos de Lisboa . Sus callejuelas eran la guarida de marineros que beben whisky y buscaban un poco de juerga al anochecer; un lugar mediocre donde los burdeles se mezclaban con clubes de dudosa reputación. A finales de 2011 todo cambió, el distrito recibió un cambio de imagen. Su calle principal, la Rua Nova do Carvalho, fue pintada de un rosa brillante y acogedor, y las prostitutas fueron invitadas a trasladarse. Los locales de música en vivo, los clubes burlescos y los bares de tapas comenzaron a aparecer por todos los rincones, y ahora, Cais do Sodré eclipsa al Barrio Alto como el distrito de vida nocturna más animado de Lisboa.

Povo es uno de esos locales que le han dado vida a este barrio. Fadistas jóvenes y pocos conocidos acompañan a los petiscos que sirven en el interior. Pero también su terraza nos envuelve del ambiente más lisboeta mientras se degustan quesos portugueses o bacalhau à Brás entre otros pequeños platos.

Y, por último, en medio del elegante Barrio Alto, en una de las esquinas de la Praça Luís de Camões, se encuentra O Trevo. Un local bullicioso y hosco, profundamente arraigado en la rutina diaria de los lisboetas, con una carta no muy extensa pero ineludible. Solo sirven bifanas (carne de cerdo en rodajas finas, marinadas durante horas con vino, ajo y laurel y asadas a la plancha, servidas entre dos rebanadas de pan biju) y pregos (con carne de ternera también marinada y servida de la misma manera). No hay que irse de Portugal sin probar alguna de las dos opciones.

A pesar de ser martes, las calles de Lisboa hierven de gente, los edificios se iluminan y el calor deja paso a unas temperaturas agradables que hacen de un paseo nocturno una bonita experiencia.

Miércoles 24 julio 2019

Setúbal es una ciudad portuaria que, sin ser especialmente atractiva, es un buen punto de partida para visitar algunas zonas naturales cercanas a Lisboa.

Por un lado, la Báia de Setúbal donde reside una comunidad con cerca de 30 delfines y donde encuentran el refugio perfecto para vivir. Son animales de gran tamaño midiendo hasta 4 metros y pesando hasta 400 kg. Para poder verlos hay que contratar algunas de las excursiones en barco que ofrecen esta posibilidad. Nosotros contratamos Rotas de Sal con salidas dos o tres veces al día en pequeñas embarcaciones de unas 12 personas y con varias rutas alternativas teniendo en cuenta la ubicación de la comunidad de delfines. Verlos en su hábitat, jugando entre ellos, saltando las olas del mar ha sido, quizás, una de las experiencias más cautivadoras de nuestro viaje por Portugal.

Setúbal también es punto de partido de los ferrys que cruzan a la península de Troia, uno de los secretos mejor guardado de los portugueses con un tramo de 13 kilómetros de arenas limpias, aguas cristalinas y dunas de arena cubiertas de bosques de pinos. Ocultos entre estos pinares hay exclusivos complejos turísticos que ofrecen unas vacaciones aisladas y elitistas para aquellos que se pueden permitir pagar el precio de superlujo. Es el último grito vacacional entre la jet set europea y algunos artistas internacionales como Madonna.

Nuestra visita a la península, que hace de dique a la bahía de Setúbal, ha sido desde la lancha que nos ha llevado a ver los delfines. Ya no nos queda tiempo para más y hemos quedado un poco saturados de playas con aguas heladas en las que es difícil meter hasta el dedo gordo del pie.

La pequeña población pesquera es, también, puerta de entrada al Parque Natural de Arrábida. Situado junto al mar, entre Setúbal y la localidad marinera de Sesimbra, el Parque Natural de la Arrábida tiene una belleza incomparable, donde el azul del mar se combina con los tonos claros de los acantilados calcáreos y con el verde y denso manto vegetal que cubre la sierra. La Estrada de Escarpa (N379-1) es una de las carreteras más panorámicas de Portugal y es realmente espectacular, ya que de entrada ofrece unas vistas impresionantes de las ondulantes colinas y la gran caída de los acantilados de la sierra hasta el mar. En su orilla hay un cordón de playas de arenas finas y aguas transparentes pero para acceder a ellas en temporada alta hay que aparcar en las zonas señalizadas y recorrer algunos metros (o kilómetros a pie), según la playa donde queramos ir.

Sesimbra, en el extremo oeste del parque natural, fue una pequeña villa pesquera que hoy se ha convertido en un centro vacacional importante a pocos kilómetros de Lisboa destinado, especialmente, a los amantes de las actividades acuáticas como el windsurf o la vela; a pesar de esta afluencia del turismo, aún conserva el encanto tan particular de los viejos pueblos de pescadores portugueses, enmarcado por un precioso entorno natural: acantilados, largas playas y una vegetación exhuberante gracias al parque natural de la Sierra da Arrábida.

En sus calles cafés, restaurantes, heladerías hacen las delicias de los turistas pero hay uno que, desde mi humilde opinión, es ineludible si se visita Sesimbra, O Melhor da Mihna Rua. Para merendar, desayunar o como postre, croissants recién hechos al natural o rellenos con ingredientes dulces o salados. No sé si son los mejores croissants de Sesimbra o de Portugal, pero sí son los mejores que hemos probado nunca, no le hacen sombra ni los franceses.