Dice uno de los protagonistas de esta película, el encarnado por el gran Ricardo Darín (nos ponemos de pie para nombrarlo), que la ciudad de Buenos Aires es la que posee mayor número de psicoanalistas de todo el mundo. Desconozco si el dato es real, aunque no me extrañaría en absoluto por diversos motivos obvios, pero el caso es que resulta un muy buen punto de partida para esta delirante película con alma de obra de teatro. La trama plantea la circunstancia de un afamado terapeuta (Darín), que pierde la confianza en los, llamémoslo… “métodos tradicionales”, y comienza a, probablemente, implicarse demasiado en los problemas de sus pacientes, para acabar, con toda certeza, extralimitándose en los tratamientos. El caso es que todo parece ir bien hasta la aparición en su consulta de un también afamado escritor (Diego Peretti) que padece la ansiedad del clásico bloqueo creativo… La cinta, con guión de Emanuel Díez, conocido sobre todo por ser uno de los guionistas de la recomendable serie El encargado, punto de partida es prometedor, se sustenta en las interacciones de los dos protagonistas, ambos grandes actores capaces a estas alturas de sus trayectorias profesionales de destilar química y transmitir credibilidad a través de sus trabajos con los ojos cerrados. Con ellos todo es más fácil, y los momentos de humor negro son más graciosos, los de drama, más intensos, y los de intimidad con la cámara y, por consiguiente, con el espectador, más veraces. Todo un lujo del reparto de una producción a cargo del propio Darín al cuadrado (Ricardo y su hijo Chino Darín) y la financiación de Netflix, que suele tener olfato para el éxito. La película tuvo su estreno mundial en la Sección Oficial del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, para nada una mala carta de...