No sé dónde van a parar todos esos sueños rotos que devora el olvido. A veces me los imagino ahí, como en el fondo de un cajón, esperando una caricia que los transforme en recuerdo para poder bailar de nuevo con la esperanza. Pero lo malo de la esperanza es que es incierta, pues depende del futuro, siempre desconocido.
De niña soñaba con un mundo que nada tiene que ver con este en el que vivo. Mi corta edad hacía que mi inocencia imaginara que un “¿Jugamos?” siempre sería el santo y seña que abriría cualquier puerta que estuviera cerrada y que nadie nos prohibiría jugar, siempre que estuviésemos dispuestos a compartir nuestras canicas o a hacer una nave espacial con unas cajas de cartón o unas alas con dos perchas atadas a mi espalda con cintas de colores. Construía reinos imaginarios en los que la princesa repartía caramelos a todas horas y el ejército no llevaba armas, sino instrumentos de música que llenaban todas las casas de melodías que provocaban sonrisas en quienes las habitaban. Todas las noches se encendían hogueras, alrededor de las cuales se contaban cuentos y, estos, tomaban forma en el crepitar de las llamas. Ahí, en el fuego que nada destruye, se disputaban las batallas entre nobles que luchaban con versos por el amor de la más bella damisela, los gigantes usaban sus enormes dedos para balancear a los niños en columpios de flores y el lobo feroz invitaba a café y magdalenas al cazador.
Ahora, en esta etapa de mi vida en la que soy demasiado mayor para ser niña, pero demasiado joven para ser mayor, me pregunto en qué momento cambiamos una invitación a jugar por un contrato de supervivencia. No sé en qué momento cambiamos la ilusión por el miedo al fracaso. Ni tampoco cómo puede costar tanto elegir algo que antes se resolvía con un simple “¿Pares o nones?”
¿Cuándo dejé de lucir orgullosa las tiritas de dibujos que tapaban mis heridas y empecé a proteger las de mi alma usando como apósito el orgullo y la impostura de la indiferencia?
¿En qué momento dejé de creer en unicornios y asimilé que las princesas también roban y que el ejército de mi infancia ha cambiado los violines y trompetas por pistolas?
No recuerdo en qué instante ocurrió… Porque jamás ha ocurrido realmente.
Me niego a que ocurra y no es rebeldía, sino que creo firmemente que la realidad es compatible con la fantasía. Me gusta imaginar a los banqueros invirtiendo gominolas en la bolsa de la risa, que el Ibex35 sea el ránquing de las 35 mejores canciones infantiles y que el gris de sus trajes se vuelve arcoíris cuando cotizan al alza la solidaridad y la empatía. Camino por el hospital viendo volar las camillas con unas enormes alas de plumas de colores del pavo real de la esperanza y los goteros no dosifican medicina, sino recuerdos que evitan que el alma enferme de apatía. Conozco la violencia. La vivimos o vemos a diario y es imposible fingir que no existe… pero aún creo que en cualquier momento alguien tendrá de nuevo la osadía de convertir un fusil en un florero, que un joven optará por cambiar un puñetazo por un abrazo sincero o que la próxima guerra se evitará silenciando el ansia de poder y escuchando a los corazones.
Nunca he dejado de ser una niña. Me permito reír con todo lo que me hace gracia y llorar a moco tendido cuando algo me entristece, enfadarme y ponerme de morros cuando algo no me gusta o acabar una discusión con un “ñiñiñiñi” que haga que ambos rompamos la tensión con la inmadurez de mi gesto. Reconozco que creo que tiene más poder un “por favor” que cualquier verbo conjugado en imperativo, que los detalles son el arma más poderosa que el ser humano posee y que nos morimos un poco más cada día que callamos un sentimiento o que olvidamos, por orgullo, decir “lo siento”. Aún creo que la música tiene el don de ablandar los corazones más ruines de los dictadores y que algún loco soñador debería inventar dosificadores de gas de la risa con sabores y envoltorios de colores.
Soy consciente del mundo que me rodea. Veo las fronteras que los humanos levantamos para mantener alejados a otros humanos obviando que nos necesitan, cegando con ellas unos ojos que no ven… simplemente porque no miran. Pero opto por ser optimista y pensar que aún existe gente que usa la venda de los ojos para hacerse un bonito adorno en el pelo o que la usará para secar el sudor de su frente al derribar con tesón esas barreras que nos convierten en seres humanos diferentes. Ser optimista no es lo contrario a ser realista. Ser optimista solo es conocer la realidad y saber que podemos cambiarla si conservamos intactos los sueños.
Me gusta conservar esa niña dentro de la adulta en la que me estoy convirtiendo. Quizá no soy lo suficientemente madura para pensar que la esperanza es una utopía, pero aún soy lo bastante inmadura para seguir gritando a los cuatro vientos que no me gusta el mundo que entre todos estamos construyendo.
Hoy quizá debería estar escribiendo otro tipo de texto. De esos en los que doy forma a una historia y me meto dentro de un personaje, pero no me apetecía. No tenía ganas de ponerme en la piel de nadie, de darle vueltas a un tema o de preocuparme si la historia parecía coherente, si parecía real la protagonista o si he conseguido describir un paisaje.
Creo que lo mejor de nosotros es lo que llevamos dentro. En mi caso, una niña que me convierte en una adulta un tanto absurda que habla a destiempo y calla cuando no toca. Una pequeña que aún tropieza con su propio pie izquierdo y que acepta que un “te quiero” no lo arregla todo, pero, aun así, lo suelta. Alguien que no puede evitar quemarse la lengua con lo salado de las lágrimas y que jamás se tapa la boca cuando sonríe ni los ojos cuando llora. Solo eso, una niña pequeña que guardó en un enorme cajón sus sueños para que de adulta los pueda vivir de nuevo. Que quiso protegerlos del olvido envolviéndolos con papel burbuja y les construyó como refugio un castillo hecho de lápices de colores y brillantina. Y, allí, me esperan. Retando a diario a la realidad con esa inocencia que se escapa por los agujeros estratégicamente perforados en el cajón por una niña pequeña de enormes ojos curiosos que sonreía, sabiendo que ese acto de travesura sería lo que llenaría de magia el resto de sus días.
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