Federico García Lorca vivió en el inicio de la adolescencia lo que Ian Gibson ha llamado con tristeza “el calvario del instituto”, no solamente porque un grupo de compañeros lo motejaba de Federica, sino porque incluso uno de sus profesores, “muy poseído de macho” (p.54), lo relegó al último banco de la clase, como humillación complementaria. Ese calvario se repitió en su último día de vida, cuando un salvaje llamado Juan Luis Trescastro Medina le disparó en el culo “por maricón” y luego fue presumiendo de esa inmundicia por los bares de Granada. De ahí que libros como Lorca y el mundo gay no constituyan un proceso de búsqueda morboso, anecdótico o innecesario, sino un trabajo tan admirable como imprescindible. Federico fue homosexual. Y la tortura perenne de tener que vivir su condición de forma camuflada (comenzaba a liberarse cuando la brutalidad de la guerra civil abortó el proceso, con la vileza de su asesinato), escondiendo las alusiones, ideando metáforas ambiguas o utilizando símbolos o palabras que no fueran delatoras, condicionó su obra. ¿Cómo no va a ser fundamental conocer los detalles de su sexualidad para mejor entender su poesía y su teatro?
Explorando epistolarios, manteniendo entrevistas personales, concertando citas telefónicas, desempolvando periódicos y revistas con décadas de olvido encima, leyendo memorias y dietarios y, a veces, accediendo a interesantes hallazgos gracias a la generosidad espontánea de algunos herederos, Ian Gibson construye una obra monumental, en la que conocemos, por ejemplo, a María Luisa Natera, el adolescente amor perdido de Federico (la cual murió en Madrid en 1983). ¿Fue ella la niña rubia de ojos azules que aparece en los poemas juveniles del autor granadino? Es muy probable. “Pude haberla conocido, haber escuchado de sus propios labios cómo fue. Pero entonces no sabía nada de ella. Qué rabia me da” (anota Gibson en la página 68); también se nos recuerdan sus relaciones (en los primeros años amistosas, pero después enrarecidas) con el homófobo Luis Buñuel, al que conoció en la Residencia de Estudiantes; o su complicado vínculo admirativo y erótico con Salvador Dalí (no se pierdan la historia de Margarita Manso, tal vez ocurrida en la primavera de 1926); o su encandilada fascinación por Emilio Aladrén, Eduardo Blanco-Amor, Luis Cernuda y Rafael Rodríguez Rapún, de quienes se nos reúnen aquí interesantes anécdotas.
Después de su ciclópeo esfuerzo de investigación, al irlandés le siguen causando dolor e impotencia los centenares de cartas que, relacionadas con el mundo de Federico García Lorca, se han perdido o permanecen ocultas, por asco, pudor o vergüenza de los herederos (“¿Dónde están ahora, si es que están? No lo sé. Esperemos que no hayan sido destruidas, por demasiado personales, y que algún día afloren y se publiquen. Uno se cansa de tanta desaparición, tanto silencio, tanta tergiversación, tanto no querer decirnos cómo fue”, p.321). Y lamenta que otras (como las que tuvo en su poder Rafael Martínez Nadal) solamente fueran reveladas en una pequeña parte (Luis Antonio de Villena aseguraba haber visto una en la que Federico reconocía con gozo su participación en una orgía con negros). Repitámoslo: Federico García Lorca fue homosexual. No se trata de ninguna mancha vergonzosa que deba ser ocultada, sino de un hecho personal que dejó huellas en su literatura, que tanto amamos. Para quienes lo asesinaron, su condición sí que constituía estigma (“Tal vez si se encuentran los restos sabremos qué hicieron con su víctima, antes de acabar con él, aquellos miserables energúmenos fascistas. Algunos dicen que no importa. No puedo estar de acuerdo. Creo que tenemos derecho a conocer todo lo que se pueda sobre aquel acto criminal”, p.379); pero no debería constituirlo para quienes seguimos leyendo y admirando al granadino. Ian Gibson se erige, otra vez (tantas veces), en héroe, luz y referencia. Gracias eternas.