¡Era todo tan casual! De jovencita me había enamorado de Mario, pero habría podido enamorarme de cualquier otro; solo se trata de un cuerpo al que terminamos por atribuir algún significado. Cuando llevas con él un largo período de vida, acabas pensando que es el único hombre con el que puedes sentirte bien, le atribuyes quién sabe qué virtudes decisivas, y sin embargo es solo un gaznate que emite sonidos engañosos; no sabes quién es realmente, no lo sabe ni él. Somos ocasiones. Consumimos y perdemos nuestra vida solo porque hace mucho tiempo un tipo con ganas de descargarnos dentro su pene fue amable y nos eligió entre todas las mujeres. Tomamos por cortesías dirigidas solo a nosotras el banal deseo de follar. Nos gustan sus ganas de follar, estamos tan obcecadas con él que creemos que son ganas de follar precisamente con nosotras, solo con nosotras. Oh, sí, él, que es tan especial y que nos ha reconocido como especiales. Les damos un nombre a esas ganas de coño, las personalizamos, las llamamos «mi amor». ¡Al diablo con todo, menudo engaño, menudo estímulo infundado! Igual que una vez folló conmigo, ahora folla con otra, ¿qué pretendo? El tiempo pasa, una se va, otra viene.*
«Un mediodía de abril, justo después de comer, mi marido me anunció que quería dejarme». Con estas palabras empieza Los días del abandono (2002), la segunda novela de la misteriosa Elena Ferrante(Nápoles, 1943), publicada diez años después de su debut, El amor molesto (1992). Unas palabras en las que, como es habitual en la autora, una revelación trascendental se funde con una acción tan cotidiana como comer —en La niña perdida (2014), a propósito, observa: «Ocurría con frecuencia que la cotidianidad irrumpía como una bofetada, convirtiendo en irrelevante, cuando no ridículo, todo fantaseo tortuoso.» (p. 265)—. Habla en pasado, porque todo eso ya ocurrió; sus obras siempre reconstruyen la historia tomando como referencia el acontecimiento anunciado en la primera frase, sea una muerte, una desaparición o una ruptura. En esta ocasión, el relato, de nuevo narrado por una voz femenina, va del abandono, pero no exactamente del abandono del marido a la esposa, sino del abandono de la mujer hacia sí misma (y a los que dependen de ella) por su incapacidad para asimilar que él la ha dejado por otra.