Los enterrados del lago Hume
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I. Towong Street
*:first-child]:mt-0 [&_>*:last-child]:mb-0">Nora Whitfield supo que algo había caído esa noche porque los perros no ladraron.
Llevaba veintitrés años en la propiedad de Bellbridge, y conocía cada registro sonoro de esa tierra: el roce de los eucaliptos rojos contra el tejado durante los vientos del norte, el chasquido distante de la Riverina Highway cuando pasaban los camiones frigoríficos antes del amanecer, el lamento periódico de los Murray Cod cuando la temperatura del lago caía en otoño y los peces se acercaban a la orilla como perseguidos por algo que crecía desde abajo. Sus perros —dos kelpies y un border de quince años al que llamaba Cossart— lo percibían todo antes que ella. Pero esa noche permanecieron quietos, pegados al costado de la casa, con la cabeza hundida entre las patas delanteras.
Eran las dos y cuarto de la madrugada del martes 14 de abril de 2031, y el lago Hume estaba al sesenta y dos por ciento de su capacidad. Eso significaba que las aguas habían retrocedido lo suficiente para dejar al descubierto una franja de barro rojizo y raíces calcificadas en la orilla sur, donde la propiedad de Nora terminaba sin ningún cartel que lo anunciara, simplemente porque nunca había llegado ningún vecino hasta ese punto. La caída debió de haberse producido sin gran estrépito, de lo contrario el Cossart habría reaccionado. Lo que Nora encontró cuando llegó con la linterna y las botas altas no era una nave en el sentido en que ella habría imaginado una nave: era más parecido a una superficie de agua congelada, una hoja plana y translúcida de unos doce metros de longitud que había impactado con la orilla blanda en un ángulo muy oblicuo y se había fragmentado en tres secciones principales. Del interior, o de lo que podía llamarse interior, emanaba un brillo biológico —azul verdoso, intermitente— similar al que producen ciertas algas de lagos salados cuando se perturban.
Había cuatro cuerpos. Tres estaban muertos con certeza. Lo supo antes de acercarse, de la misma manera que lo sabía con los corderos que encontraba en los campos después de la tormenta de granizo: hay una postura que no pertenece al sueño. El cuarto respiraba.
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II. El cementerio sin nombre
*:first-child]:mt-0 [&_>*:last-child]:mb-0">No llamó a nadie.
Pensó en llamar mientras arrastraba el primer cuerpo hacia el sector de pastizal alto que crecía junto al cerco de alambre de la propiedad. Pensó en llamar mientras cargaba el segundo. Para el tercero había dejado de pensar en eso.
Los tres muertos no eran repulsivos, y esto la sorprendió de un modo que tardó días en procesar. Eran delgados —más delgados que cualquier cosa que caminara, pero no de manera inquietante—, con piel de una textura similar al cuero de stingray que había tocado una vez en un mercado de Albury, ligeramente granulosa, de color ocre apagado en los laterales y casi blanca en el pecho. Sus rostros no tenían lo que ella llamaría facciones distintivas: las hendiduras para ver y percibir sonido eran sutiles, casi subdérmicas. Lo que más le impresionó fueron las manos: cinco dedos, proporcionados, con una ligera membrana interdigital que recordaba la anatomía de las ranas arbóreas del Murray.
Los enterró antes del amanecer. La tierra de esa franja de orilla —arcillosa, oscura, impregnada de décadas de sedimento del río Murray y del Mitta Mitta— era lo suficientemente blanda como para trabajar con la pala sin necesidad de pico. Cavó a metro y medio de profundidad, que era lo que cavaba para los perros. Los colocó con cuidado, en la misma orientación que sus cuerpos habían adoptado en el impacto, como si existiera una razón cartográfica para ese ángulo. No puso ninguna marca. Pensó en la vieja Tallangatta —la ciudad que dormía bajo el lago desde 1956, con su Towong Street y su viaducto ferroviario y sus iglesias y su fábrica de mantequilla—, y entendió que enterrar cosas bajo el agua y bajo la tierra era lo que esta región hacía con sus muertos desde antes de que Hamilton Hume pusiera pie en la orilla del Murray. Los Pallanganmiddang lo habían entendido siempre. El lago lo entendía a su manera.
A las cinco de la mañana volcó tres baldes de agua del lago sobre el terreno removido para asentar la tierra. A las cinco y media le preparó té al cuarto visitante.
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III. Lo que respiraba
*:first-child]:mt-0 [&_>*:last-child]:mb-0">Lo había encontrado en la sección fragmentada de popa —o lo que funcionara como popa—, en una especie de compartimento que había absorbido la mayor parte del impacto precisamente por su diseño: paredes dobles con un material gelatinoso entre ellas, similar al neopreno pero capaz de moverse en respuesta a la presión. Estaba consciente. Eso fue lo primero que la desconcertó, porque los otros tres habían muerto y este no, y no había diferencia visible en el tratamiento que el impacto les había dado a unos y a otro.
Lo instaló en el cuarto del fondo, que había sido el cuarto de sus padres cuando la propiedad era de sus padres, y que Nora usaba como trastero de invierno y despensa de emergencia. Tenía ventana al sur, hacia el lago, y las mañanas con viento en contra traían el olor del agua: mineral, frío, con ese toque de alga y barro que Nora asociaba con las madrugadas de su infancia, cuando su padre la levantaba antes del amanecer para revisar las líneas de pesca junto al Mitta Mitta.
El visitante —así comenzó a llamarlo en su mente: el visitante, sin género, sin artículo determinado— no comió durante cuatro días. Bebió agua del grifo con cierta reticencia, luego con aceptación. El quinto día aceptó arroz hervido, que Nora le acercó sin sal por instinto. El octavo día extendió la mano hacia el borde de la cama y tocó el antebrazo de Nora mientras ella le cambiaba la venda de una laceración en el costado, y algo en ese contacto fue distinto a cualquier contacto que ella pudiera haber anticipado: no era la temperatura ni la textura de la piel —que Nora ya conocía, ya no le producía inquietud—, sino una cualidad de la presión, como si el visitante supiera exactamente cuánto aplicar para comunicar algo que no tenía traducción en ningún idioma que Nora conociera, pero que ella entendía sin problema.
Le llevó semanas aprender a devolver esa presión de manera inteligible.
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