Los grandes contratos en la televisión pública

Publicado el 27 noviembre 2017 por Elturco @jl_montesinos

Publicado en desdeelexilio.com

Estos días el ente público por excelencia, Radiotelevisión Española, cancelaba por baja audiencia el programa del periodista radiofónico Carlos Herrera. El minuto de emisión del recién cancelado espacio, nos salía por la friolera de 2.500 euros, una ganga, oiga.

A poco que alguien haya leído alguna de mis ocurrencias en la infinitud de la red, sabrá de la repulsión, no visceral, si no absolutamente meditada y racional, que me producen los medios de comunicación públicos. Las razones no me canso de repetirlas y, puesto que no llevo demasiado colaborando en desdeelexilio.com, redundaré una vez más en ellas: gasto inútil, más inútil hoy en la era de internet y la radiotelevisión a la carta y sesgo al servicio del poder.

Los medios privados, como cualquier empresa, tienen un límite para asumir riesgos. El mercado, sus propios fondos o la financiación de la que puedan disponer ejercen de línea roja irrebasable a la hora de programar faraónicas puestas en escena. El riesgo siempre existe, pero es parte fundamental de la función empresarial tratar de minimizarlo. Por el contrario, el ente público no tiene límite a su gasto. Ningún ente público. No hay cuenta de resultados de una cadena pública que pase mínimamente la prueba del algodón. Se amplía presupuesto y santas pascuas.

De la misma manera que todos tenemos intereses, nuestras empresas también los tienen, legítimamente. Así ocurre con el colmado de la esquina y con cualquier medio de comunicación privado. Uno cuando se gasta su dinero es libre de hacerlo como quiera. Incluso puede maximizar el riesgo. Allá él y el que le siga. Es libre de mentir y de manipular. De adoctrinar y de ciscarse en la madre que parió a Peneque. Sin paliativos. La Libertad de Expresión debería ser un derecho absolutamente irrestricto. Sin embargo, cuando el dinero que se gasta es el mío – o el suyo – y se gasta contra mis propios intereses, la cosa cambia radicalmente. Esto es lo que pasa con la cosa pública. Rara vez el dinero se gasta a gusto de una grandísima mayoría. Nunca a gusto de todos. Se gasta pues el dinero en contra de sus legítimos propietarios. Un dislate. Y se gasta sin freno. El dueño del medio privado debe generar recursos o endeudarse para contratar a Herrera. El de la pública solo pide más presupuesto. No hay eficiencia posible.

Aquello de la defensa de la cultura y de las minorías ya cayó por su propio peso. Se me antoja de una soberbia tremebunda decidir que contenidos son cultos, culturales y apropiados. Esa superioridad intelectual queda en entredicho cuando la realidad constantemente demuestra que cada cual consume lo que quiere y más en este mundo globalizado, con múltiples nodos de acceso a contenidos de todo tipo. Para gustos, colores. Yo me pago los míos y tu los tuyos. Así de sencillo. Yo no te digo qué es cultura y tú, ídem. No hay más que ver a donde está llevando la desconexión entre clase política y realidad social. Llamar imbéciles a miles de votantes no ayudó a Clinton hace unos meses.

Además, finiquitadas las teles y radios públicas, nos ahorraríamos los comités y las agencias, los de control o los de adoctrinamiento como propone el chico Rivera, dando una vez más muestra de que lo suyo es mamar de la teta del Estado, no darle una vuelta de tuerca hacia la Libertad. Sus tics son tan estatistas como los de cualquiera en el hemiciclo.


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