Revista Cultura y Ocio

Los lavaderos públicos en la isla de Tenerife

Por Lavaderos Públicos @eldeladahon

Los lavaderos públicos en la isla de Tenerife

Lavaderos públicos de El Bebedero, en el municipio de Icod de los Vinos. /DA 

No es sino hasta bien entrada la década de los 60 del siglo pasado, cuando en los hogares de las clases medias hacen su aparición las lavadoras automáticas, y lo de automáticas es por decir algo; aquellos primeros artilugios sin grandes pretensiones no eran más que un recipiente con un tambor o unas palas que movían la ropa. Hasta entonces lo único que existía en las zonas urbanas era la pileta o piedra de lavar; en las zonas rurales en cambio, la forma más generalizada de lavar era en los barrancos o cerca de fuentes, atarjeas o acequias.
Ya a mediados del siglo XIX se acomete la construcción de lavaderos públicos en lugares donde existen corrientes permanentes de agua. Aquellos primeros y rudimentarios lavaderos públicos vienen a paliar de alguna manera las necesidades de importantes núcleos de población, sobre todo en la vertiente norte de la isla. Debido a las abundantes corrientes permanentes de agua en comunidades como La Orotava. Los Relejos, Icod de los Vinos, La Guancha, El Tanque o Garachico, se construyen lavaderos donde las mujeres puedan lavar la ropa: son los llamados lavaderos públicos. Los lavaderos fueron desde el principio un importante elemento en la vida cotidiana, ya que por encima de todo ejercían una función social, no debemos olvidar que era el lugar donde las mujeres se reunían al menos un par de veces por semana, lo que quiere decir que podía ser un autentico mentidero. Allí se transmitían todos los acontecimientos y noticias importantes del pueblo: bodas, noviazgos, embarazos, óbitos y toda clase de cotilleos, pero no nos engañemos, no era un lugar lúdico, todo lo contrario, formaba parte de la dura vida de nuestras abuelas.
Se daba el caso que en aquellos lugares habitados por familias de cierto rango social, las tareas de lavar la ropa la ejercían mujeres a cambio de una compensación económica: eran las llamadas lavanderas. Los primeros lavaderos públicos no eran más que simples dornajos de madera a los que se les añadía una piedra lisa para restregar la ropa, de ahí viene lo de la piedra de lavar. Más adelante, se aprovechaban las corrientes de agua de una atarjea o acequia, simplemente colocando unas lajas de piedra chasnera inclinadas a modo de piedra de lavar. Estos emplazamientos con esta configuración no estaban exentos de problemas; todas las mujeres querían ocupar el mejor puesto de lavar que era a la salida del agua limpia; naturalmente que la conflictividad que podía acarrear esta situación unida a la insalubridad en algunos casos, obligó a las autoridades en determinados pueblos a dictar ordenanzas muy estrictas que conllevaban incluso penas de cárcel; en el municipio de la Orotava, por ejemplo, se fijan las diez de la noche al toque de campana de la parroquia como tiempo máximo de lavado, so pena de multa de dos ducados y ocho días de cárcel.
Esta situación se solucionó de alguna manera construyendo lavaderos con piletas individuales y con agua continua en cada una de ellas, lo que los hacía más cómodos y menos conflictivos. Aunque esta situación no se corrigió hasta bien entrado el siglo pasado, se logró la construcción de lavaderos públicos que fueron en su momento obras de gran importancia para el municipio o núcleo habitado; la mayor parte de estos lavaderos han llegado hasta hoy en perfecto estado de uso, tal es así que algunos todavía son utilizados para lavar determinadas prendas.
Piedra y argamasa
De aquellos primitivos lavaderos que simplemente eran dornajos de madera de pino, se pasó a lavaderos de piedra y argamasa, posteriormente sustituidos por piletas de cemento. Naturalmente que la abundancia de corrientes de agua y manantiales en algunas localidades tuvo que ver con el número de lavaderos que se construyeron; así por ejemplo localidades como Icod de los Vinos, Garachico o El Tanque, cuentan no sólo con un buen número de ellos, sino además con lavaderos situados en parajes de gran belleza; éste podría ser el caso de los lavaderos de La Atalaya en el municipio de El Tanque, situados en el lugar llamado así por la ser la atalaya o lugar desde donde se puede ver todo el horizonte y más allá. También podemos citar por ejemplo los lavaderos públicos de El Bebedero, en Icod de los Vinos, lugar donde podían lavar al mismo tiempo más de treinta mujeres. Podemos pensar que las personas que lavaban la ropa en este lugar eran unas privilegiadas, pero otras no tenían tanta suerte, simplemente aprovechaban las corrientes de los barrancos para poder ejercer dicha tarea. En los barrancos de la región de Anaga, cuyas cuencas vierten agua al mar casi de forma continua, el ejercicio de lavar la ropa era una práctica bastante habitual, incluso en la capital de la isla el barranco de Santos aparece en imágenes del siglo pasado como lugar habitual de lavado de ropa.
¡Ahora que las tareas domesticas ya nada tienen que ver con aquellas del siglo pasado, estos asentamientos o lavaderos públicos que tan importantes fueron para nuestras abuelas y mujeres de su generación, se convierten por derecho propio en un legado patrimonial a proteger, aunque no se trate de obras de gran valor arquitectónico. Los lavaderos públicos ejercieron en muchas ocasiones de encuentro de futuros matrimonios, por lo que guardan un grato recuerdo para muchas personas.
Ha pasado ya mucho tiempo desde aquellos primitivos lavaderos de piedra o de dornajos de madera, pero no es malo recordar el camino transitado hasta aquí, es un buen ejercicio.
Francisco M. Hernández Martín es Investigador etnográfico
Visto en: diariodeavisos

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