Personalmente, soy totalmente contraria a esta mentalidad. En primer lugar, porque tanto los niños como los jóvenes ven cosas peores en la televisión, en la calle o en su propia casa: crímenes, desalojamientos, peleas callejeras, malos tratos, escenas de películas subidas de tono... ¿Qué sentido tiene edulcorarles la realidad en los libros? Algunos me dirán que eso mismo, proporcionarles evasión. Sin embargo, pienso que los temas controvertidos pueden convivir sin problemas con aquellos más triviales; no hay necesidad de eliminarlos ni de prohibir su lectura.
Me considero muy afortunada porque mi familia nunca me dijo «No leas esto». Recuerdo que a los ocho años leí un libro llamado La ciclista Caterina, de Joaquim Carbó, una historia realista en la que los padres de los protagonistas mueren en el primer capítulo. En ese momento me impactó tanto que no fui capaz de avanzar, pero unos meses más tarde lo retomé y me acabó gustando mucho, entre otras cosas porque esa tristeza del comienzo se convierte en un mensaje esperanzador al final. Esto me parece fundamental: a través de un tema duro se puede transmitir ánimo e ilusión; no todo tiene por qué ser destructivo.
En conclusión, a mi parecer el único límite que debe tener la LIJ es el sentido común, es decir, a un niño de nueve años no se le puede dar una novela que hable de sexo porque no va acorde con su edad, pero un libro que hable de una situación difícil con un tono adecuado y un trasfondo reconfortante le puede gustar tanto o más que una historia en la que todo es de color rosa. Con los adolescentes soy más permisiva: pienso que a partir de cierta edad (15-16 años) se puede leer de todo (el único límite que establecería es la dificultad de la lectura), así que no comprendo cómo es posible que haya padres que se escandalicen por casos como los que he comentado al principio.
¿Qué opináis vosotros?