Los Molinos de Daicán. Tributos pictóricos a un paraje del Tajo

Por Pablet

El río continuó como siempre su curso desde los molinos de la Vieja hasta el puente de San Martín, surcando un singular paraje que atrajo a pintores y fotógrafos como Matías Moreno, Beruete, Sorolla, Pedro Román, Zuloaga o Enrique Vera

Por RAFAEL DEL CERRO MALAGÓNTOLEDO 
Las antiguas Tenerías de Toledo estaban en las laderas de la cara sur que bajan desde las Carreras de San Sebastián hasta el Tajo entre vestigios de algunos baños islámicos. En el anterior artículo de esta serie (21/6/2020) poníamos la atención en una presa allí situada, entre los viejos batanes de la orilla derecha y una olvidada central eléctrica (Romayla la Nueva) que hubo en la parte opuesta. Una vez que el río rebasa este azud, su curso discurre junto a los restos de otros molinos, una defensa medieval y una peculiar garganta rocosa entre la Judería y el cerro de la Virgen de la Cabeza.
El dibujo panorámico de Toledo que realizó el maestro de obras José Arroyo Palomeque, hacia 1720, con los alzados de las manzanas y los edificios de la ciudad, recoge unas aceñas cercanas a las Tenerías y otras enfrente, en la ladera del Valle, que serían activadas por ruedas hidráulicas. En la margen derecha del río se incluye un torreón circular y lo que parecen unas terrazas superiores dedicadas a cultivos.
En las Respuestas Generales del Catastro del Marqués de la Ensenada (1751) se anota que tales molinos harineros, citados como Romayla la Vieja, pertenecían a Bernardo de Rojas Contreras, un notable personaje - estudiado por Mariano García Ruipérez (1985)-, que ejerció como regidor, gestor del Arte Mayor de la Seda y de la Real Junta de Comercio y Moneda. 
Sus aceñas eran una de las nueve que funcionaban en Toledo, desde la Huerta del Rey hasta Azumel, aguas abajo del puente de San Martín. En 1829, la Memoria sobre la navegación del Tajo que elaboró el brigadier de Infantería Javier de Cabanes incluye un plano del río con una presa (hoy inexistente) en el lugar que nos ocupa. En la orilla derecha se anota: «Fábrica de los Herederos de D. Eugenio Alada».
 En la margen opuesta se rotulan otros «molinos» de los mismos dueños. La actividad molturadora de estos últimos, unida a su tortuoso acceso desde los Cigarrales, debió decaer a finales del XIX ante las nuevas fábricas alzadas en las presas de Safont, San Servando y Romaila. A mediados del XX, los molinos de la Vieja ya estaban destruidos, si bien, su planta y el nombre, aún eran reseñados en los planos.
En relación al torreón circular de la orilla derecha que dibujó Arroyo Palomeque, hacia 1720, digamos que su estructura recuerda a la de una mutilada torre albarrana que, mediante un perdido arco en el siglo XX, se unía al cíngulo amurallado en esta parte de la ciudad. Dicha defensa estaría en relación a una puerta situada en este paraje que, en documentos medievales, se cita como de Alfarach, al pie de la pendiente que bajaba desde la Judería al río.
 En la actualidad se puede observar gran parte de su cuerpo cilíndrico, de tosca mampostería, arropando a un núcleo rectangular interior construido con el mismo tipo de materiales que, según algunos autores, podría tener alguna razón hidráulica para regar una allanada extensión cultivable en una cota superior, hoy casi soterrada por la acumulación de tierras que sustentan la base urbana del exconvento de los franciscanos descalzos de Gilitos.
A continuación de la torre y de los molinos de la Vieja, el Tajo inicia una cerrada curva que, por su margen izquierda, recibe el arroyo de la Cabeza que aporta las aguas pluviales de La Pozuela. En medio del río emergen los recuerdos de los molinos de Daicán (o de la Reina) con los agudos tajamares que protegían el habitáculo de las ruedas molturadoras. 
Desde su lejano origen medieval -y como era habitual en estos recursos industriales- la propiedad pasó, desde el siglo XII, por sucesivas cesiones regias a favor de órdenes militares y eclesiásticos que recibían sustanciosas rentas por su explotación. 
El Greco los dibujó en la Vista y plano de Toledo hacia 1610. En 1842, ya sin uso, en pleno proceso desamortizador, la titularidad de los molinos correspondía a las monjas de San Miguel de los Ángeles. Una imagen estereoscópica de 1857, debida al francés Eugène Sevaistre, muestra aún los restos de los arquillos que permitían el paso a las aceñas desde la orilla. De todo aquello, han pervivido hasta la actualidad tan solo tres cuerpos mutilados como varados esquifes de piedra en medio del río.
Tras ellos, al cauce lo arropan unos acantilados del cerro de la Cabeza que atrajeron un proyecto desarrollista en la etapa franquista para crear un embalse y un complejo hidroeléctrico que supliese la escuálida producción energética de todas las centrales existentes en la ciudad.
 En la sesión ordinaria municipal de 29 febrero 1964, se supo que la Dirección General de Bellas Artes había rechazado una propuesta firmada por Longino Luengo, ingeniero jefe de la Comisaría de Aguas del Tajo, para construir «un nuevo salto de agua en el Tajo, próximo al puente de San Martín, apoyado en el cerro de la Ermita de la Virgen de la Cabeza y ladera del Paseo del Tránsito».
 El motivo esencial para denegarlo fue que la propuesta modificaría el «paisaje de la Imperial Ciudad declarada Monumento histórico-artístico-nacional» en 1940. Es posible que, de ejecutarse tal proyecto y según muestra un montaje fotográfico, el agua embalsada podría haber dejado sumergidas todas las antiguas aceñas, las Tenerías, la Incurnia y el Barco de Pasaje.
Afortunadamente, saldado este episodio, el río continuó como siempre su curso desde los molinos de la Vieja hasta el puente de San Martín, surcando un singular paraje que atrajo a pintores y fotógrafos como Matías Moreno, Beruete, Sorolla, Pedro Román, Zuloaga o Enrique Vera. Desde distintas perspectivas y estilos captaron la potencia de la peñascosa topografía sobre el Tajo, los cigarrales o las modestas ventas cercanas a sus orillas. 
De modo especial elegimos las obras que el turolense Ricardo Arredondo (1850-1911) dedicó a los molinos, las arruinadas aceñas de Daicán, los farallones de Roca Tarpeya o el acantilado del cerro de la Cabeza donde perfiló la celebración de una misa ante un imaginado Cristo de los Pescadores mientras los fieles seguían el culto desde sus modestas barcas. 
Para recordar este bello tramo del Tajo y disfrutar de la inspiración pictórica que tanto impresionó a Arredondo, merece la pena hacerlo a través del completo catálogo de la exposición que se le dedicó en Toledo, en 2002, comisariada por el recordado José Pedro Muñoz Herrera y Félix del Valle Díaz.
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