A comienzos de su carrera periodística, metió las narices en un turbio asunto político y se ganó unas “vacaciones” pagadas en Yucatán, donde aprovechó para dar rienda suelta a sus inquietudes arqueológicas, lo que influirá en buena parte de su obra.
Los mundos perdidos seguirán presentes en toda la obra de Merritt. A los efectos que ocupan a nuestro blog, hay que destacar la trilogía protagonizada por el buscador de tesoros Nicholas Graydon, suerte de primitivo Indiana Jones, que integran The face in the abyss (1923) -que también pudo haber servido de inspiración a Lovecraft [3]-, The snake mother (1930) y la inacabada When old gods wake. Las tres han sido recopiladas en castellano recientemente por La Biblioteca del Laberinto bajo el título La cara en el abismo.
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[1] “Aquí y allá se elevaban los árboles rojos. Entre ellos serpenteaban las madrigueras de piedra. Y ahora podía admirar la asombrosa ornamentación que los cubría. Eran como los troncos de árboles cuya fina corteza hubiera caído y hubieran sido recubiertos de perniciosas orquídeas. Sí... esos cilindros eran así... y más. Debieron haberse extinguido junto con los dinosaurios.” (traducción propia).[2] También se ha citado la influencia en esta obra de A million years after (1930, Katherine Metcalf Roof), sobre unos huevos de dinosaurio que eclosionan en la actualidad. Según el propio Lovecraft, Roof habría plagiado una idea suya y su frustración le llevó a escribir el mencionado relato. Lo cierto es que, ya en 1894, H. G. Wells había desarrollado un argumento parecido –en torno a un ave extinta- en Aepyornis island.[3] En The mound (1930) presenta también a una civilización immortal que adora (además de a Chtulhu) a Yig, el padre de las serpientes, y tienen sirvientes medio animales-medio humanos, los gyaa-yothn (Levi, P.: “They Have Conquered Dream”: A. Merritt’s “The Face in the Abyss” and H. P. Lovecraft’s “The Mound”, en Lovecraft Annual #1, 2007).