Revista Historia

Los pingüinos, sus rodillas y el escondido porqué de sus simpáticos caminares

Por Ireneu @ireneuc

Los pingüinos, por su colorido plumaje blanco y negro y su forma de caminar tan particular es, sin dudarlo mucho, uno de los animales que despiertan más simpatías entre niños y grandes. La tremenda dureza de su vida entre los hielos antárticos, su sorprendente capacidad natatoria y sus curiosísimas costumbres gregarias, los ha hecho, desde siempre, en foco de no pocos estudios científicos de dudoso interés y más dudosa finalidad ( ver La Antártida o cuando tocar los cojones a los pingüinos se vuelve estratégico). Sin embargo, y a pesar de tenerlos más vistos que la puerta de su casa, si le pregunto si ha visto alguna vez las rodillas de un pingüino se puede quedar sin respuesta, ya que o piensa que no tienen o, en el mejor de los casos, que las tienen al revés. Pues no, los pingüinos tienen rodillas y más parecidas a las nuestras de lo que puede pensar.

Imagínese que se encuentra en mitad del campo y que, por uno de aquellos azares de la vida, le entran ganas de hacer sus " quehaceres" diarios. A parte de invitarle a que vigile un poco a quien tiene a su alrededor, no le pase como a Sancho II de Castilla ( ver Sancho II de Castilla, el rey que murió cagando), en el momento preciso de aliviarse se encontrará en una posición en que su culete estará por debajo del nivel de sus rodillas. Pues bien, esta posición en cuclillas, tan buena para hacer según qué es, grosso modo, la posición que mantiene el esqueleto de un pingüino... ¿ha probado a caminar estando así? Entonces comprenderá el porqué de los cómicos andares de esta simpática ave.

Aunque no lo parezca cuando vemos a un pingüino moverse por la superficie del hielo o de la tierra, escondida bajo la piel y el denso plumaje, esta ave guarda unas patas que, estructuralmente, no se diferencian de las de cualquier otro vertebrado ( ver Las ballenas de 4 patas o cuando la Evolución se manifiesta tercamente) o de nosotros mismos, aunque, eso sí, adaptadas para dar el mejor rendimiento en su peculiar medio ambiente.

Así las cosas, la pata de un pingüino, al igual que nuestra pierna, dispone de fémur, rodilla, tibia, peroné, tobillo y una serie de dedos, en este caso reducidos a tres y unidos por una membrana. Detalle este último que le facilita el movimiento veloz dentro del agua, habida cuenta que este peculiar ave ha sacrificado la capacidad de volar en el aire y lo ha trocado por una capacidad de nadar más parecida a la de un pez que no a la de un pájaro.

De esta forma, el esqueleto de la parte baja del pingüino, si la vemos desnuda, ha adquirido genéticamente una posición en cuclillas, es decir, con unos fémures cortos en posición vertical que le salen de la pelvis, unas rodillas que se encuentran por encima del nivel del punto de inserción del fémur en la pelvis (lo que sería nuestra cadera) y unas tibias y peronés que, a través de un tobillo, acabarían en un pie tridáctilo palmeado. Tobillo y pie que corresponderían a las cortas y torpes patas que atinamos a observar de estos animales. Sin embargo, si estamos diciendo que la longitud total de la pata estructural del pingüino es hasta 3 veces más larga que lo que observamos externamente... ¿por qué razón ha encogido este ave la longitud total de su pata cuando no le ofrecería ningún inconveniente hidrodinámico y, al contrario, le serviría para moverse ágilmente en tierra? Por una simple razón: el frío.

El pingüino, como he comentado anteriormente, vive en las costas del polo sur, una zona que es mucho más fría que el polo norte. La presencia del continente helado de la Antártida hace que el clima sea mucho más extremo que en las antípodas ( ver Oymyakon. Frío, no. Lo siguiente), lo que hace que el clima pueda llegar hasta los -89,2 ºC detectados en 1983. Sea como sea, estas temperaturas no se acostumbran a alcanzar en la costa, donde la media es de -10ºC, llegando a los +15ºC en verano en las partes más alejadas del polo sur. Con todo, el problema no es la temperatura ambiente, que también, sino la del agua del mar, que se mantiene todo el año entre +10 y -2ºC.

Si bien el agua a -2ºC es más cálida que el aire a -50ºC, el agua es capaz de absorber con mucha más rapidez el calor corporal de un ave que, en las especies más grandes pesa unos 35 kg y 1 kg en las más pequeñas. Esta necesidad de reducir la superficie a proteger del frío tanto en tierra como en el mar, hizo que tendiera a acurrucar las patas y a protegerlas con la piel y las plumas. De esta forma, el ave se compacta, se vuelve hidrodinámica y solo deja al contacto con el agua la superficie mínima imprescindible para caminar y para desplazarse. Un espacio entre patas que, además, resulta útil para incubar los huevos y para mantener calientes a los polluelos pequeños mientras que se desarrollan en la intemperie de las duras tormentas invernales antárticas. O lo que es lo mismo, todo un prodigio de adaptación.

Así que, ya lo sabe, la próxima vez que le pregunten por las rodillas de los pingüinos, ni las han eliminado, ni las tienen al revés. Simplemente se han puesto en cuclillas y las han guardado dentro de su especial abrigo de plumas. Y es que, por mucho que tengan una piernas dignas de enseñar, los pingüinos tienen pocas ganas de sufrir de forma gratuita las inclemencias meteorológicas de su medio ambiente. Lo de sufrir para presumir se lo dejan a los humanos que, los pobres, y visto lo visto continuamente, no dan más de sí.


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