Los vestidos de Frida Kahlo.

Por Alejandra Naughton Alejandra Naughton @alenaughton


Veo un afiche que dice “Frida Kahlo”. Vienen de inmediato a mi cabeza sus autorretratos. Su mirada profunda. Su excentricidad. Veo animales, flores, colores vibrantes, trenzas, cejas que son casi una. Todos estos elementos se ven en las exhibiciones inmersivas y masivas que se han puesto tan de moda. ¿Qué separa la expresión pura de un artista, de la reexpresión de la obra de ese mismo artista agigantada y puesta en movimiento gracias a grandes espacios y técnicas audiovisuales? ¿Convergen o divergen? ¿O la transforman?

Tengo dudas. No sé. Es que de tan inundada con el marketing que se generó alrededor de Frida, se me fue desdibujando la mujer que había en ella. Por eso sentí que estaba necesitando nuestra visita a la Casa Azul en Ciudad de México. Necesitaba su intimidad. Su quietud. Allí, me reencontré con Frida, con Frida pura. Y en lugar de concentrarme en la iconografía clásica de su obra, me concentré en su vida y el tortuoso vínculo con su cuerpo doliente. Ví, a pesar de su corta vida, una sobreviviente poderosa, una sobreviviente gigante. No solo por lo que su obra significa sino muy especialmente por cómo eligió vivir. Ni un atisbo de victimización ante la fragilidad de su salud y los padeceres que le ocasionaron las veintidós operaciones quirúrgicas que fueron desintegrando literalmente su cuerpo. Cuando entre tantas fatalidades le tocó vivir la amputación de su pié escribió en una acuarela de fondo rojo sobre el cual se ve un pie encima de otro, tal vez desgarrado, de cuya pantorrila brota una planta que luce seca: “Pies para qué los quiero si tengo alas para volar” (1953). Y vaya si vuela…

Se ha escrito mucho del ambiente de la Casa Azul donde todavía se pueden ver su cama y el espejo en su techo para dibujarse durante su eterna convalescencia, su silla de ruedas frente a sus elementos de pintura, el regalo de sus ventanas dejando entrar la luz del maravilloso patio cuyo azul se funde en el verde de la vegetación, y siempre presente, el sonido de fuentes de agua que parecen detener el tiempo. Por eso en esta visita, me detengo en la vibración de las salas que albergan la muestra “Las apariencias engañan: Los vestidos de Frida Kahlo”.

Es porque proponen una mirada distinta sobre Frida, justo cuando suponíamos que la masividad de su obra ya la había mostrado toda. Todo lo que allí se exhibe se mantuvo oculto durante cincuenta años en un baño de la azotea de la casa. Cincuenta años, por decisión de su viudo Diego de Rivera y luego de Dolores Olmedo, su albaceas. A lo largo de las cinco salas Frida se nos aparece nítida a través de elementos personalísimos como sus vestidos, sus zapatos, sus collares, sus corsets. Y se observa, increíblemente, su eco en la moda actual. En 1937 apareció por primera vez en la edición norteamericana de la revista Vogue. En 1939 subyugó al público de Paris, a la par, con su exposición “Mexique” y con su vestido tradicional de tehuana, al extremo que Elsa Schiaparelli, diseñó un vestido en su honor. Lo tituló “La Robe Madame Riviera”. El título del vestido, denota todo un signo de la época en la que ella no era ella sino la mujer de (sin palabras, da para otro post). Desde entonces, grandes firmas de la moda internacional como Jean Paul Gautier o Ricardo Tisci, siguen buscando en Frida fuentes de inspiración. ¿O acaso los corsets no son piezas de tantísimos vestidos? ¿O acaso no fue Frida la primera en ornamentarlos?

Volviendo a los vestidos…¿qué ví de diferente? Lo novedoso para mí fue que los vestidos no son sólo presentados como testimonio de su identidad cultural, sino más bien, como exquisitos elementos que con su geometría y color daban forma a su figura sosteniéndola a medida que su cuerpo declinaba. Su composición de vestuario contaba con tres partes muy claras empezando por su pelo recogido en trenzas. La seguían sus túnicas cuadradas cortas y coloridas (huapil, en la tradición de Oaxaca) que atraían la mirada de quien se la cruzaran (distrayéndolos de las partes que ella prefería que no vean) y se completaba con sus faldas largas que tapaban sus piernas desparejas. ¿Identidad cultural, o estilo? Todo. Haciendo gala de su sensibilidad, dedicaba mucho tiempo a su apariencia, a la forma en la que quería que el mundo la observe. Era consciente de la importancia de la imagen, y su sentido estético la llevó a diseñar una imagen que terminó convirtiéndose en su sello distintivo, símbolo de resiliencia personalísimo, que la incluye toda, también su discapacidad. 


Sí. No imagino mejor título para esta muestra. En el caso de Frida y de todos claro está, las apariencias engañan. Celebro la mañana inspiradora que pasamos en su Casa Azul del barrio de Coyoacán de Ciudad de México. 

Ilustra el inicio de este post la imagen de su no tan conocido primer autoretrato, un óleo sobre fotografía del año 1926 (sólo un año después de su accidente en el autobús) titulado “Autoretrato con traje de terciopelo”. Allí empezó todo, y no para de fluir.