Majada de quila

Por Javieragra

Cada vez que recorro la llamada autopista de la Pedriza me admiro del bello y curioso entramado de raíces y piedras que acompañan nuestro caminar cuando comenzamos desde Canto Cochino buscando alguna de las escondidas maravillas de la Pedriza.


Siempre me han parecido elegantes y curiosas las formaciones entretejidas de raíces y piedra en la autopista de la Pedriza.

Sobre el puente de madera del Manzanares, el altímetro indica el inicio de la jornada. Multitud de senderos se ofrecen a ser recorridos por el elevado número de montañeros que comenzamos a buscar la alborada por estos sinuosos senderos.

Entre las arizónicas suenan las aves con sus flautas y violines para entonar la canción del corazón de la tierra, para que entremos en comunión inmediata con la naturaleza y la libertad, con la paz y el esfuerzo. El sendero entretejido de raíces y piedra va marcando pasos y escalones a nuestra marcha. Atrás va quedando el refugio Kindelan, Peña Sirio, la Cueva de la Mora; atrás queda el puente del desvío hacia el refugio Giner cuando alcanzamos los primeros espacios abiertos avistando ya la Cuerda de los Pinganillos, el Pájaro, las Cuatro Torres brillantes de ilusión con los primeros rayos de sol recorriendo las cumbres.


Como una trenza de brillo y música, el Arroyo Poyos se desliza en cascada para dar su nombre al que hasta aquí era el Arroyo de la Ventana.

El sol busca recodos entre los elegantes pinos cuando cruzamos el Arroyo de Poyos sin necesidad de puente estos últimos días de un septiembre seco y caliente; produce entusiasmo escuchar agua estos días y encontrar, después de unos recodos al pie de una enorme roca, la cascada del arroyo Poyos que casi como un suspiro trenzado se une al cauce del Arroyo de la Ventana que cruzaremos más arriba sin ningún problema salvo la tristeza del corazón al comprobar la total ausencia de agua.

El sendero se dibuja con claridad, subimos ligeramente buscando la explanada que nos lleva hasta los cuatro caminos, lugar de encuentro y dispersión posterior de diversos grupos de montañeros que nos dirigimos hacia diferentes destinos. Jose y yo continuaremos la senda del Iconapues estamos buscando la Majada de Quila. En nuestra inspección entre la cercana línea de rocas crece en nuestro corazón la admiración a aquellos primeros montañeros que transitaron la Pedriza desde el pueblo de Manzanares, que era lo más cercano que tenían, recién iniciado el siglo veinte. Hombres valientes acostumbrados a dominar cansancios varios, múltiples fatigas, siempre sin sendas que ellos fueron marcando y ahora nos facilitan el recorrido placentero de los rincones de la Pedriza.


Majada de Quila. Con respeto y admiración entramos en el misterio del tiempo y agradecemos los trabajos de los primeros exploradores de la Pedriza.

Una majada antigua con un inmenso madroño, rocas y concavidades, silencioso recorrido de lagartijas, ecos de las aves, musgo añojo, corrientes de aguas de otros momentos del año… ¡Mira, la Majada de Quila! Aquí nos sentamos, respiramos la historia, la soledad de otros tiempos, la libertad ansiada, la paz repoblada en estos espacios, la eternidad que nos igualará a la montaña, al pájaro y al agua.

A la majada de Quila llega un sendero desde la senda del Icona, suficientemente claro como para no necesitar hacer investigaciones. El sol ha entrado de lleno en nuestro corazón y en los recónditos escondrijos de la Pedriza; el sol y las aves nos acompañas, la vegetación nos arropa y protege, las rocas nos dejan admirados, las vistas son magia y salto hacia el infinito mientras bajamos hasta llegar al Collado Cabrón desde donde salen, otra vez más, cuatro senderos que nos invitan a elegir el camino de descenso.


El descenso es un camino abierto a las vistas, a la vida, a la eternidad.


Descendemos por la senda del Icona. Jose me invita a hacer una parada y admirar juntos la naturaleza y la vida, me cuenta el nombre de algunas piedras, de callejones que suben hasta los collados… yo le pido que pose un momento para la fotografía.

Cinco horas después de iniciar la marcha, estábamos de regreso en Canto Cochino. A lo lejos aún se veía un grupo de escaladores subiendo alguna vía del Pájaro. El sol y las nubes en dulce armonía bailaban la sinfonía de la paz.

Javier Agra.