Maldita herencia – @relojbarro

Por De Krakens Y Sirenas @krakensysirenas

Atravieso la maleza, la hierba alta apenas me deja ver nada más allá y no encuentro ningún sendero aunque sé que debe haberlo por algún sitio. Sigo atravesando poco a poco, más por intuición que porque vea algo, pero más o menos sé hacia dónde tengo que ir. La humedad es agobiante, empieza a oscurecer y estoy cansado de apartar ramas con el arma, estoy por rendirme y dar la vuelta, ni sé cuánto tiempo llevo buscando un camino que pese a haberlo recorrido antes, apenas recuerdo; está todo cambiado, malas hierbas, árboles, ramas, una encrucijada densa que parece no llevarme más que a dar círculos sin avanzar, cuando de pronto consigo ver a unos metros la cabaña.

Hacía mucho tiempo que no la veía, está muy descuidada. Me acerco a la desvencijada puerta apuntando con el rifle, está abandonada pero siento la presencia de alguien. Las ventanas de la tosca construcción están tapadas por tablas de madera, la puerta no encaja con el quicio y golpea, una y otra vez empujada por el viento sin poder cerrarse, sin encontrar paz ni descanso. Abro la puerta con el cañón del arma y la muevo con el pie lentamente sin poder evitar el ruido de las bisagras oxidadas, que anuncian mi llegada a bombo y platillo. Respiro fuerte y entro aguantando la respiración, apuntando con el arma como único timón de un barco a la deriva en un mar olvidado. El recibidor no hace honor a su nombre, repele. Cajas polvorientas llenan el piso, me fijo en las paredes colmadas de cuadros con tantas capas de polvo que sólo dejan intuir que ocultan fotos antiguas. Cruzo lentamente la sala que antecede a la única habitación de la cabaña. La madera del suelo cruje con cada paso que doy mientras oigo el sonido de un reloj de pared en algún sitio. La penumbra se ve perturbada por tímidos halos de luz que se filtran entre las tablas de una ventana. Me fijo en el haz de la luz, en las motas de polvo que flotan, bailando sin coreografía, como persiguiendo un sueño. Juraría que huele a café recién hecho. ¿Cuándo tiempo hace estuve aquí? He estado antes, seguro. Oigo un ruido a mi derecha y me giro rápidamente apuntando con el arma. ¡Una anciana me mira desde una mecedera en la oscuridad! No sé ni cómo no le he pegado un tiro.

– ¿Quién es?
– Estás muy mayor, agente -me dice sonriendo y con voz dulce-. Hace mucho que no te veo.

Reconozco esa voz, me acerco más y miro a la mujer. Es muy mayor, mucho, la piel muy curtida, muy arrugada, pero su mirada es muy limpia, brillante, pero cansada. Me sonríe afable, me conoce, la he visto antes.

– Te has endurecido -me dice mientras lee en mis ojos-, sigues siendo un luchador en el fondo, aunque ya no lo recuerdes, pero lo eres, lo veo en tu corazón. ¿De qué tienes miedo? ¿Por qué vienes armado? Antes venías por aquí mucho, cuando eras joven. Sé que has sufrido, pero no te enseñé a mirar hacia otro lado, a ser rencoroso en tu sufrimiento, por mucho que sufrieras no eras cobarde en tus elecciones, no convertías un error en un fracaso sino en aprendizaje, ni asesinabas tu alegría con melancolía. Eras fuego, eras puro, eras alma…y cuando salgas de esta cabaña, volverás a serlo. Cuando salgas de aquí, saldrá tu yo de verdad, porque pese a que estoy ya muy cansada del mundo, sigo aquí, y seguiré aquí hasta que pueda dejar mi legado en buenas manos.

– ¿Quién eres?
– Soy Esperanza.

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