«Cuando somos jóvenes todo parece temporal. Y un buen día nos despertamos y nos damos cuenta de que lo temporal es para toda la condenada vida» (pág. 49). Esta frase la podría haber firmado un autor treintañero contemporáneo, frustrado por los estragos de la crisis, pero la escribió una mujer de mediana edad para referirse a las esperanzas de los que fueron jóvenes en el Brooklyn de los años veinte. Esa mujer, Betty Smith (Brooklyn, 1896-Shelton, 1972), se había dado a conocer con la exitosa Un árbol crece en Brooklyn (1943), en la que relata las vivencias de una niña en el seno de una familia pobre. En Mañana puede ser un gran día (1948), su segunda publicación, abandona el ámbito de la infancia para centrarse en la juventud y los inicios del matrimonio. La autora, hija de inmigrantes alemanes y de formación literaria tardía, se inspira en su propia vida en el distrito neoyorquino para retratar a la protagonista.
Betty Smith
Las penurias de Margy, con todo, tienen un desenlace que invita a la esperanza, aunque para ello resulta necesario actuar y dejar de creer que las cosas se arreglarán por sí solas. Se podría pensar que Mañana puede ser un gran día se ha recuperado por la excelente acogida de la anterior novela de la autora —50.000 ejemplares vendidos en España—. Seguramente eso justificó en buena medida su publicación, ya que se trata de una obra inferior, sin la fuerza ni la capacidad para conmover de Un árbol crece en Brooklyn (eso sí, su crudeza la hace más verosímil y atractiva desde una perspectiva sociológica). Ahora bien, es lícito reconocerle un incentivo adicional: la historia de Margy se repite en la actualidad. La sociedad se ha transformado, se han abierto puertas para las mujeres, pero los jóvenes siguen dándose de bruces con la realidad al descubrir que lo de «Mañana todo irá mejor» no se cumple. Eso, junto con su historia bien construida y sus cuidados personajes, justifica su interés, porque anima a no rendirse nunca: «Si algún día llego a creer de veras que las cosas no mejorarán, supongo que preferiría morirme» (pág. 324).