El comisario Martínez apura el carajillo, se limpia la boca con el revés de la manga de la arrugada camisa y sale por la puerta del bar Lolo sacudiéndose las migas de tostá que le han quedado enganchadas en la barba. Se coloca en jarras, ajustándose el cinturón con cuidado bajo su descomunal barriga. Asienta sus partes con un ligero movimiento a la derecha y mirando al cielo, murmura para sí mismo:
–Si es que no hay día que un hijo puta no lo estropee, cago en tos mis muertos.-, y echa a andar hacia el coche patrulla.
Si esto fuese una peli americana, una unidad especializada del FBI trajeada en helicóptero, aterrizaría en breve, comenzando la exhaustiva investigación. Pero esto es la vida real, estamos en Córdoba y eso marca mucho las diferencias. Hace ya un calor de mil demonios aunque sean las 8:15h de la mañana y quien ha muerto, que allí en las Américas describirían como mujer, caucásica, 32 años, herida de arma blanca, aquí solo es la Toñi, la mujer del Perla y todos los vecinos de Las Palmeras están seguros que la mató él. Seguro que se había levantado con el pie izquierdo, que la tenía molidica a palos y que se veía venir… Aunque, curiosamente, los que han visto el cadáver comentaban que nunca la habían visto tan arreglada, tan bien vestida, tan guapa.
Cuando Martínez llega a la barriada no da crédito a lo que ve, así que sale corriendo del coche, haciendo aspavientos y resoplando como un enorme rinoceronte, mientras grita:
– ¡¡Se me dispersa todo el mundo, se me dispersa ya, o me lío a detenciones y aquí no queda ni el apuntador!!-. Y en cuanto llega a la altura de la patrulla que espera a la sombra de un tejadillo, se encara con sus subordinados, soltándoles sendas collejas.
–¿Pero vamos a ver, quien cojones ha dado orden a toda esta gente de mover el cadáver? – les pregunta enfadado.
–Señor comisario – le contesta el cabo Peláez -, que la Toñi estaba en medio la calle, los perros andaban olisqueando y decían la madre y las hermanas que eso era cosa de muy mal fario. Nos han pedido por favor que dejásemos que la metiesen en casa, que total, ya no respira, y…
–¡¡Pero vosotros de que academia de pandereta habéis salido!! A tomar viento la escena del crimen. Y sin esperar al forense. Os voy a meter un paquete que vais a estar escribiendo informes hasta que case a las hijas que no tengo.- Y volviendo a mirar de nuevo al cielo, se dice a sí mismo:
–A ver qué les cuento yo ahora a los de las huellas. Cago en mi mala suerte.
No sé qué habría pasado en América, supongo, por lo que nos cuentan, que un montón de científicos del CSI con sus monos de un blanco inmaculado rastrearían centímetro a centímetro todo el perímetro tomando millones de muestras que serían meticulosamente analizadas, mientras un equipo de investigación criminal interrogaría a cada vecino, amigo, conocido, perro o persona que hubiese tenido a bien cruzarse con la víctima en los últimos tiempos. Solucionarían el caso en 45 minutos que viene durando un capítulo de serie americana, hora y pico si le metemos anuncios, y a otra cosa. Lo normal. Lo que vemos cada día en el cine, en la televisión. Pura ficción. Puro engaño y fanfarronería.
Pero aquí el Comisario Martínez tiene que empezar el protocolo habitual en estos casos. Marcar la diferencia con sus subordinados rascándose la entrepierna con alegría mientras otea el horizonte en busca de un Bar abierto donde combatir el calor sofocante con la primera cerveza del día. Y así mientras Peláez y compañía, despejan lo que queda de la escena del crimen Martínez se encamina al Bar de la Puri, sin darse cuenta de que, en la esquina, un coche negro con cristales tintados y el motor en marcha, le vigila atentamente.
-Nunca imaginé que pudiera hacer tanto calor – piensa Horacio, mientras baja otro grado la temperatura del climatizador y sube la potencia del ventilador -. A este paso me voy a achicharrar aquí dentro y no vale la pena. Ya he visto lo que tenía que ver. No hay nadie que haya sabido apreciar mi arte. Adiós Toñi.
Y diciendo esto, enciende el coche y acelera, alejándose de la esquina mientras levanta una nube de polvo que no pasa desapercibida al comisario Martínez que sujeta una cerveza fría en el sobaco mientras, amparado por la mugrienta cortina atrapa-moscas, apunta en una servilleta la matrícula de ese coche negro tan limpio que estaba parado en la esquina con el motor en marcha. Los años le han enseñado a tener ojos en la espalda, a desconfiar de todo y de todos… y ese automóvil, tan limpio, tan nuevo, seguro que no era del barrio.
-Un poco más de gracia, niñas – se oye gritar al diseñador desde el control de sonido, en el momento justo en que una de las modelos tropieza con la falda larga de la chica que la precede y se cae al suelo – Parad. Chilla enfurecido. Así no se puede hacer nada…
-Llevamos muchas horas de pruebas – le susurra Horacio al oído – quizá sea el momento de darles un descanso – propone.
-¡Tienes razón, como siempre! – le concede el artista -. Vamos todos a comer. Tres horas de descanso.
Por supuesto que tengo razón, estúpido engreído. Piensa Horacio para sí, mientras se aparta a un lado y deja pasar a la estrella emergente de esta temporada.
El trabajo de estilista en una revista de moda lleva aparejado el tener que aguantar e estos personajillos mimados por los medios de comunicación que, en la mayoría de los casos, no aguantan más de dos desfiles o tres temporadas para acabar, con suerte, diseñando trajecitos de primera comunión para la tienda de su pueblo. En todos sus años de asistente ha visto pasar a muchos de ellos y de ellas, pobres niñas deslumbradas por los oropeles de una fama cada vez más esquiva y efímera que las eleva por unos minutos para que rocen la gloria de los Dioses, y luego, en el mejor de los casos, dejarlas tiradas en un rincón, interpretando un papel secundario en algún show de telebasura. Y en el peor, desecharlas destrozadas, física y mentalmente, por las drogas y el alcohol.
Horacio se crio en un orfanato, no tenía nada. Fue un niño de la calle que supo, desde muy chico, buscarse la vida entre callejones oscuros y mesas de billar Francés. Aprendió rápidamente que la vida siempre se juega a pagar quien pierda. Y él decidió que intentaría no pagar nunca. Ha sido de todo: camarero, modelo, gigoló, chofer, jardinero, traficante, estafador… hasta que una mala noche una pandilla de señoritos le dio una paliza que casi lo mató. Se pasó tres meses tumbado sin poderse mover en una cama y, a base de leer revistas de decoración y moda que le dejaban las enfermeras aprendió a pulir el buen gusto natural que siempre había tenido.
Al salir del hospital, desapareció durante un tiempo y sólo regresó cuando estuvo preparado para ejecutar fríamente su venganza. Uno a uno fue encargándose de eliminar a quienes le dieron la paliza, sin dejar rastro. Y de esa experiencia aprendió a controlar su ira y a dosificar la excitante sensación de placer que experimenta al matar. Con esta venganza consiguió una considerable cantidad de dinero lo que le permitió cambiar de vida y consiguió, eliminando a la posible competencia, el puesto de estilista en una conocida revista de moda. Desde entonces vive una doble vida, por el día se mueve entre bambalinas, telas, focos y fiestas y por la noche se dedica a su secreta pasión: matar.
Pero no solo es el placer lo que guía sus actos. Aquella primera venganza le llevó a construir su propia y filosofía de vida y algunos de sus trabajos han venido motivados por un peculiar sentido de la justicia. Como anoche, cuando se encontró a una mujer joven siendo maltratada por un tipo al fondo de un solar al lado de la carretera que le llevaba de vuelta a Córdoba después de buscar localizaciones para la sesión de fotos del día siguiente. En un principio se limitó a pasar despacio al lado de la pareja, por si el sujeto dejaba de darle golpes a la mujer indefensa. Pero al pasar tan cerca, se dio cuenta de que estaba demasiado borracho y sólo acertaba a darle algunos golpes al cuerpo que, encogido y quieto, estaba a sus pies, hecho un ovillo. Horacio paró el coche unos metros más allá de ellos y apagó las luces. Salió sin hacer ruido y por si acaso, agarró una estaca que encontró apoyada en una pared derrumbada y se acercó por detrás al tipo.
-¡Hija puta, malnacida, cabrona. Te voy a matar a palos! – maldecía el hombre, mientras que, borracho como una cuba, empezaba a fallar en su idea de darle patadas a la mujer que poco a poco lograba separarse de él, arrastrándose por el suelo.
De repente ella se da cuenta de la presencia de una sombra y está a punto de gritar, pero en el último momento se contiene al ver la estaca que se acaba de levantar y que, a cámara lenta, observa descender e impactar sobre la cabeza de su agresor, derribándolo. Horacio, tira lejos la estaca, y sin quitarse los guantes, se acerca lo suficiente como para que ella pueda verlo, pero la paliza ha sido demasiado fuerte y la mujer, en ese momento, se desmaya.
…
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Una música suena cerca cuando la Toñi abre los ojos por fin. Hay una luz blanca que la deslumbra y siente mucho frio. Intenta abrir los ojos del todo y no puede. Está confundida pero luego recuerda la oscuridad, los golpes… quiere incorporarse pero su cuerpo no le responde y al intentarlo, se da cuenta de que tiene las manos atadas. Al final consigue abrir el ojo que tiene sano para ver que está en una sala blanca y que frente a ella hay un paraguas blanco que refleja la luz de un potente foco. Gira la cabeza, lentamente, hacia los dos lados para ver que la sala está vacía. No hay casi muebles y más bien parece una nave industrial, que una habitación. Al mirarse se da cuenta de que está desnuda, por eso siente tanto frio. Una toalla blanca la cubre casi por completo. De repente, la música se acaba… y puede escuchar unos gemidos que vienen de detrás de ella. Toñi está asustada.
-No tengas miedo – escucha decir a una voz detrás de ella – tu problema está en vías de solución – dice la voz mientras unos pasos se van acercando lentamente.
Al girar un poco la cabeza, Toñi puede ver a un hombre, con pajarita que tapado por una mascarilla y una bata blanca se acerca por su derecha.
-Por favor – intenta decirle Toñi, pero se da cuenta de que las palabras no le salen de la boca.
-No intentes hablar querida. El narcótico que te he dado todavía está haciéndote efecto. Supongo que ahora no sientes dolor, ya me lo agradecerás… – escucha decir a ese hombre que parece una buena persona, mientras él le acaricia suavemente el pelo. Sus ojos la miran con pena, Toñi supone que es por su aspecto, que después de la paliza del Perla, no será muy agradable.
-Mira – le dice el hombre de la mirada triste – mientras va girando lentamente la silla donde está ella. Al darse la vuelta puede ver al Perla y quiere gritar pero no salen sonidos de su garganta. La música ha vuelto a sonar… Toñi no puede dejar de mirar horrorizada a su marido.
El Perla está de puntillas sobre un taburete aguantando a duras penas el equilibrio. Tiene los brazos sujetos al cuerpo por varias tiras anchas de tela que le impiden mover los brazos y alrededor de su cuello hay una robusta soga que lo va estrangulando poco a poco. Se ha meado encima, supone que por el miedo y tiene el rostro desencajado, con los ojos a punto de salir de sus orbitas porque está viéndose reflejado en un enorme espejo que tiene delante y sabe que un ligero despiste y acabará ahorcándose. La borrachera no ayuda, se siente cada vez más cansado y no sabe cuánto podrá resistir en esa posición
-Este cabrón ya no volverá a hacerte daño nunca más, querida. Por cierto… ¿Cómo debo llamarte? – le pregunta el hombre de la mirada amable volviendo a poner la silla en su posición anterior y quitándole el trapo que llevaba en la boca.
-Tozsñis – acierta a decir ella, con la lengua tonta.
-¿Cómo? Disculpa pero no te he entendido – le repite el hombre acercándose.
-Toñi – acierta a decir ella, mientras huele la fragante colonia del hombre.
-Encantado Toñi, yo soy Horacio – le dice él -. Pero ya habrá tiempo para las presentaciones querida. Ahora debemos trabajar.
Y entonces, al apartarse ligeramente Horacio, Toñi ve el estuche de maquillaje más grande que ha visto nunca. Ni en los grandes almacenes, ni en el hipermercado ha visto un surtido tal de colores, rímel, pintalabios y lacas de uñas. Y se queda con la boca abierta contemplando los miles de tonos la explosión de colores en contraste con la sala tan blanca.
-Lo siento Toñi – le dice el hombre al tiempo que le pone en la boca unas gotas de un líquido amargo – pero no me queda mucho tiempo y tengo que terminar mi obra. Voy a ponerte muy guapa, para que todos se mueran de envidia, querida.
Antes de que todo se oscurezca Toñi vuelve a escuchar la música de un chelo que le resulta familiar, se siente extrañamente en paz y sonríe.
…
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-Pues sí que es verdad – comenta el comisario Martínez al ver a la Toñi encima de la mesa de autopsias – Y eso que esta luz no favorece a nadie. Pero es cierto lo que me habían dicho. Está guapísima. No recuerdo nunca haberla visto tan guapa, aunque con el cabrón de su marido moliéndola a golpes, lo único que recuerdo son sus continuos moratones. Y ahora mírala, preciosa y sonriendo…
-La vida es así de curiosa. Pero a lo que íbamos Martínez – le interrumpió el Forense – la mujer murió por una sobredosis de opiáceos como se puede apreciar en los pinchazos de sus brazos. Así que con sus antecedentes de prostitución y tráfico de drogas, no creo necesario gastar el dinero del contribuyente en hacerle la autopsia.
-Pues permítame que le contradiga estimado Doctor – le contesta el comisario, sacándose su eterno palillo de la boca, mientras consulta su reloj pensando que, a buenas horas le ha llamado el matasanos para darle el parte, y joderle el aperitivo – La ropa que lleva no es en absoluto la que llevaría ella, ni los zapatos. Y jamás de los jamases se ha visto a una gitana de su barrio tan arreglada. Aquí hay gato encerrado y tiene varios rabos… Mire su peinado, las manos, si hasta tiene hecha la manicura y pintadas las uñas. Esto no es nada normal. marca la diferencia con otras muertes por sobredosis.
-Vamos Martínez, no me joda el fin de semana que me iba con mi churri a Sevilla – le contesta enfadado el Forense.
-Usted puede irse con su churri donde le apetezca doctor, pero yo voy a pedir al juez que se haga la autopsia de esta mujer. Hay algo que no me cuadra… – y dicho esto el comisario Martínez, dio por terminada la reunión, recogiendo su chaqueta y saliendo rápidamente al compás de su vacía barriga hacia el bar del Hospital, que ya era hora de comer.
Al terminar el segundo carajillo decidió llamar a Peláez.
-Peláez – le gritó al móvil en medio del comedor, llamando la atención de todo el personal – dígame si ha averiguado algo sobre ese coche negro, el de la matricula que le pasé.
-Si comisario. El coche pertenece a una empresa de alquiler y está alquilado a estos de la revista de moda que están haciendo fotos en la Mezquita y en una nave del polígono de la carretera de Palma.
-Muy bien Peláez. Me paso por allí en cuanto termine de comer. Gracias.
No ha hecho falta dar muchas vueltas para encontrar la nave alquilada porque dos grandes camiones de mudanza están sacando el material de los fotógrafos. Las sesiones de interior habían terminado y todo el personal, salvo dos o tres ayudantes y un tipo muy amable con pajarita y las uñas pintadas, se habían ido para el centro a terminar las fotografías en la mezquita antes de coger esta tarde el Ave, de vuelta a Madrid. Así que el comisario Martínez, muy a su pesar cogió de nuevo el coche para entrar hasta el centro de Córdoba a ver si podía conseguir más información.
No le costó dar con el responsable del equipo de rodaje quien le informó que ese coche que buscaba era uno de los tres alquilados para los continuos desplazamientos entre la nave industrial y la mezquita, con lo cual resultaba prácticamente imposible saber quién lo había conducido en un momento dado, porque habían sido casi todos los miembros del equipo los que, en un momento u otro lo habían usado para hacer viajes. Estaba dispuesto a resignarse a dejar el caso cerrado como decía el doctor cuando una llamada de la central le informaba que debía volver a la nave industrial porque había aparecido un cadáver.
Después de unos minutos de conducción temeraria, de esquivar por los pelos a dos abuelas y dejar el viejo coche de la policía casi sin frenos, el comisario Martínez se encontraba con los brazos en jarras delante del cadáver colgado del Perla. Los operarios que vaciaban la nave, habían retirado un telón que ocultaba un agujero por donde acceder a la nave contigua y allí se habían encontrado el pastel.
Esta vez sus subordinados no habían tocado nada y junto al cadáver estaba el taburete tumbado sobre el que suponía que se había subido el hombre para colgarse y acabar con su vida, arrepentido, por haber matado a la Toñi… o eso parecía, porque había algo que a Martínez, seguía sin cuadrarle. Algo se le escapaba y no estaba muy seguro de lo que era. Así que mientras llegaba el juez y los de la científica salió a la puerta a fumarse un cigarro y ordenar sus ideas.
El sol de ese largo día empezaba ya a ponerse, cuando el ave hacia Madrid pasó como un rayo por delante de la nave industrial. Y en ese momento se hizo la luz en el oscuro entrecejo del comisario Martínez, tiró el cigarro al suelo y volvió a entrar en la nave acercándose al cadáver colgado del Perla para comprobar…
Efectivamente, eso no era un suicidio y allí había pasado algo más. El Perla, gitano hasta las tracas, hubiera preferido cortarse las dos manos antes de dejarse pintar las uñas… y menos de ese color.
A lo lejos el ave se alejaba rápidamente de Córdoba. Desde su ventanilla Horacio pudo ver las sirenas de la ambulancia y de los coches de policía acercarse al polígono industrial. Reclinó la cabeza en el asiento, sonrió satisfecho, se aflojó ligeramente la pajarita y se dispuso a dormir un poco que la noche había sido muy larga,
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Mil gracias a @GraceKlimt por prestarme a su Comisario Martínez como pareja de baile para Horacio (el relato original donde lo encontré está aquí , y como todo que escribe es absolutamente recomendable!!!)
La música que Horacio escucha al realizar su obra de arte, la imagino así:
[ J.S. Bach Harpsichord Concerto in D minor BWV 1052 ]Visita el perfil de @Netbookk