Revista Viajes

Marruecos un año después. Todo lo aprendido y desaprendido.

Por Bbecares
junio 8, 2013

La vida es un constante aprendizaje y, al mismo tiempo, hay nuevas cosas que te hacen desaprender otras según van pasando los años y aumentando tus conocimientos. Puedes criarte en una familia católica, creer en dios y adoptar ciertas ideas como que el sexo tiene algo de pecaminoso o que el día de tu boda acabará siendo el mejor día de tu vida.

Siguiendo este ejemplo, puede suceder que al hacerte mayor y salir del ‘nido’ comiences a ver el mundo de otra manera y que dejes de crees que dios observa todos tus actos, que veas el sexo como algo maravilloso y que creas que no eres capaz de aguantar a un hombre por el resto de los días. Ni hablemos del matrimonio, pues.

Cuando vives en otros países, sobre todo en esos lugares con una concepción de la vida muy diferente a la nuestra, ese aprendizaje y desaprendizaje es mucho más brusco. Si te pasas días rodeada de gente que ve la realidad de una manera diferente, hay cosas que se contagian. Para bien y para mal.

Habibi es la manera de llamar a tu amado /a en árabe. En realidad en el dialecto marroquí, se puede decir algo así como 'hobi'. Sea como sea, Marruecos, habibi. Me encanta este país.

Habibi es la manera de llamar a tu amado /a en árabe. En realidad en el dialecto marroquí, se puede decir algo así como ‘hobi’. Sea como sea, Marruecos, habibi. Me encanta este país.

Hoy hace un año que decía adiós a Marruecos tras 7 meses increíbles en el país. Mi intención antes de ir era aprender árabe, comprender cómo las mujeres se sienten cuando viven oprimidas en una sociedad machista y conocer mejor a nuestros vecinos del sur que, desafortunadamente, tienen muy mala fama en nuestro país (uy la de cosas malas que tuve que escuchar cuando comentaba que me mudaba a vivir a Marruecos).

Al final árabe no aprendí, porque nadie lo habla. Así que tuve que aprender deriya, el dialecto local, que viene del árabe pero presenta muchas diferencias. Aunque, muy a pesar, creo que se me ha olvidado este año (tendría que verme forzada a hablarlo, hay veces que nuestra memoria puede sorprendernos).

Comprendí a las mujeres, que no a los hombres. Ellas no se sienten oprimidas. Al final, lo que más les preocupa, como a la mayoría de las mujeres de todos los países del mundo, es que sus hijos sean felices, que su marido le dedique suficiente tiempo a la familia y sentirse queridas por su entorno. Además en Marruecos, muchas mujeres tienen que estar preocupadas por conseguir dar de comer a toda la familia a diario con el reducido sueldo que les llega. Aquí también entra la teoría de pirámide Maslow, que es una teoría que a mí me encanta, porque explica muchas cosas: mientras nuestras necesidades más básicas no estén cubiertas, el ser humano no se pone a buscar soluciones a otras menos básicas para la vida del día a día como puede ser el respeto a los derechos humanos o respeto a la naturaleza. Es decir, que si todos los días tienes que vivir preocupado por si tendrás dinero suficiente para darles tres comidas a tus hijos, no te vas a poner a pensar en la liberación femenina. Simple y lógico.

Los marroquíes me cayeron genial. No había conocido a gente más hospitalaria y generosa en mi vida y eso que lo que había odio antes de la gente es que se iban a aprovechar de mí, que eran malos y provechados… (¡qué desconocimiento!). Es imposible sentirse desarropado allí. Así son ellos que siempre están sonriendo y contentos. También es verdad que en España son conocidos por sus técnicas para intentar engañar. Sí que a veces es cierto. Aunque os digo que eso para ellos no tiene tanta connotación negativa y no es algo tan mal visto como para nuestra cultura, así que lo que nosotros vemos tan malo, para otros lugares no lo es. Allí un engaño se soluciona en dos minutos tras varias voces de enfado que concluyen con un ‘mashi mushkil kuya ‘ o ‘no pasa nada hermano’. Además, viviendo en una dictadura, donde todo está prohibido, como me decía una amiga ‘para conseguir algo aquí, hace falta engañar’. Todo es muy relativo.

Pero además de eso, aprendí infinidad de cosas. La verdad, que es difícil de explicarlo porque fue un año increíble, pero os haré un resumen.

Toda mi vida había pensado que andaba limpia por la vida por ducharme todos los días,a  veces hasta dos veces hasta que descubrí el hammam, ese sitio, donde sudas como en una sauna y donde te puedes pasar dos horas lavándote a conciencia y quitándote toda la roña. Eso es lavarse. No he vuelto a sentirme realmente limpia desde entonces. Las esponjas no son lo mismo ni pasarte el guante de crin cuando no estás en un lugar húmedo donde sudas. En frío, es más difícil sacarte la roña. Así que lo que antes pensaba que me hacía estar bien limpia, para mí ahora es un mero proceso para estar menos sucia. Hammam, te echo de menos.

Que comer con las manos es mucho más natural y limpio que los cubiertos (si te las lavas antes, no seas guarro) y que habiendo agua no hace falta malgastar papel (ni papel higiénico en el baño, ni servilletas tras comer). Aprendí a cruzar las calles aunque hubiera muchos coches pasando (o te arriesgas o nunca vas a cruzar, porque no paran)  y eso me sirvió como una importante base para llegar al nivel dos de este proceso: cruzar las calles en Hanoi. Aprendí lo bien que te sientes cuando otra gente te hace sentir en tu casa cuando estás en la suya y lo intento practicar cada vez que puedo y espero algún día ser capaz de ser tan hospitalaria como los marroquíes lo son. También aprendí que soy capaz de subir una montaña de 4.000 metros y estoy deseando hacer algo similar.

Reafirmé que la familia es lo más importante que tenemos y que hay que cuidarla porque son los que siempre van a estar ahí. Y también reafirmé que no me gusta estar sola (algo literalmente imposible en Marruecos, donde no existe la privacidad). Tanto es así que este año, cuando me toca dormir en un hostal yo sola (han sido unas pocas veces) me pongo triste, no me gusta. En Marruecos siempre dormía con amigas y vecinas, que se venían a casa las noches que, por algún motivo, les tocaba dormir solas en su habitación. En mi casa de Asturias tengo la suerte de compartir la habitación con lo más bonito del mundo, mi hermana.  En Hanoi compartía con otra voluntaria, en mis viajes hago couch surfing o me alojo en dormitorios con otros viajeros. Y me gusta así. La gente en Marruecos nunca está deprimida, eso son tonterías de occidente. Mi teoría es que, cuando estás arropado de tu gente, los males toman un color más alegre.

Creo que lo más importante que aprendí es que podemos vivir con mucho menos de lo que tenemos. Era algo que siempre me imaginé que pasaba, sobre todo desde que había vivido en Suiza donde tienen demasiadas cosas y no se les ve tan contentos (y eso que el mundo consumista y su publicidad nos vende que cuanto más tenemos más felices vamos a ser). Y el año en Marruecos fue en el que viví en casas más simples. Con lo básico. Y ví que en Europa tenemos tantos lujos que no somos capaces de apreciar su importancia y su valor. No necesitamos tantos cubiertos ni tantos platos distintos, ni tanta ropa ni tantas libretas ni tantas gomas para el pelo. Tenemos mucho de todo. De hecho, considero que no necesitamos sillas ni camas. La vida en el suelo me encantó. Si algún día tengo una casa tendrá pocos muebles. Cuando haces vida en el suelo, las casas son más espaciosas, para que así pueda caber todo el mundo: la familia, los invitados, los vecinos. Y el cuerpo se hace más fuerte. Mis piernas ganaron muchísima flexibilidad en Marruecos y tenéis que ver  a las viejas de 80 años agachándose y levantándose tan tranquilamente o sentándose con las piernas cruzadas, como si nada.

También hubo otras cosas que en Marruecos aprendí o comprendí y acepté pero que con el paso de este año, he desaprendido. Supe tomar té ardiendo sin quemarme la lengua, pero ya no sé hacerlo. Llegué a comprender que las mujeres llevaran su velo islámico. Más que a comprenderlo, llegué a apoyarlo. Ahora me cuesta, tengo un dilema con esto. Estoy en Malasia, primera vez en un país musulmán tras Marruecos y me apetece gritarle a las chicas que no tienen nada que tapar. Que si quieren, que se tapen ellos. También supe ver el matrimonio como algo más práctico. Nosotros en Europa nos casamos por amor pero el amor es una cosa que se agota y deriva en otros sentimientos. En Marruecos se casan por conveniencia. Y, a veces pienso que tiene mucho sentido casarte con el que te vaya a dar la vida que buscas, y no con el que te enamora durante unos años. Otra veces no. También tengo un dilema con esto.

Son tantas cosas que me cuesta explicarlas. Pero Marruecos fue un gran año.

También aprendí que aunque no tenga con quien irme de viaje, siempre puedo hacerlo yo por mi cuenta. Y aquí estoy, por Kuala Lumpur, conociendo gente estupenda y buscando en un mapa cuantos más sitios me quedan por visitar en el mundo.


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