Cuando, en Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956), la patrulla de Rangers de Texas descubre que los robos de ganado que los comanches están perpetrando en los ranchos de los alrededores no son más que añagazas para alejar a los hombres de sus hogares y poder asaltar, saquear, violar y asesinar a placer, Ethan Edwards (John Wayne), contra el criterio del resto del grupo, sabedor de que precipitar el regreso no solo matará a los exhaustos caballos sino que también resultará inútil para salvar las vidas de sus seres queridos ya asesinados o en trance de serlo, decide descansar su montura para evitar quedarse tirado en mitad del desierto a causa solo de un arrebato de cólera y desesperación. El odio y la sed de venganza empiezan a crecer dentro de él, al tiempo que lanza una mirada llena de dolor y de amargura en la dirección tras cuyo horizonte se encuentra la granja de su hermano, donde está Martha, su cuñada, tal vez ya muerta, la mujer por la que ha sentido la única pasión de su vida y la razón por la que, tras la Guerra de Secesión, decidió no volver a casa durante los más de tres años que se dedicó a errar por el Oeste y por México, quizá luchando a favor o en contra de Maximiliano, puede que en ambos bandos.
Todo esto contado en una mirada y en un gesto detenido de la mano sobre el caballo. El genio de John Ford para narrar emociones complejas y el genio de John Wayne para transmitirlas, en un único plano que es, además, una belleza de composición.
Porque el cine, a diferencia de ciertas excrecencias audiovisuales, consiste en contar mucho con lo mínimo posible, con ese muy poco, que, sin embargo, lo dice todo.
