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Mercancía caducada: Un toque de distinción (A Touch of Class, Melvin Frank, 1973)

Publicado el 06 mayo 2026 por 39escalones
Mercancía caducada: Un toque de distinción (A Touch of Class, Melvin Frank, 1973)

Lo que de entrada resulta más llamativo de esta comedia romántica dirigida por el también productor y guionista Melvin Frank es la gran repercusión obtenida por el eficaz trabajo interpretativo de Glenda Jackson. Ya entonces poseedora de un gran prestigio internacional tras sus trabajos con Peter Brook en Marat/Sade (1967), Ken Russell en Mujeres enamoradas (Women in Love, 1969) y La pasión de vivir (La otra cara del amor) (The Music Lovers, 1970) o John Schlesinger en Domingo, maldito domingo (Sunday, Bloody Sunday, 1971), o tras sus carismáticas personificaciones de la reina Isabel I de Inglaterra en María, reina de Escocia (Mary, Queen of Scots, Charles Jarrott, 1971) y la serie de televisión Elizabeth R (1971), la catarata de premios (Óscar de Hollywood, Globo de Oro, Concha de Plata en el festival de San Sebastián) y nominaciones (BAFTA, Círculo de Críticos de Nueva York) vino a caerle encima por un personaje, en principio, menos exigente, más insustancial y convencional y, desde luego -y quizá ahí radique el quid de la cuestión- plenamente ajustado a los parámetros y estándares del cine comercial norteamericano, por más que la actriz se desenvuelva en él con su solvencia habitual. En la película da vida a Vickie Allessio, una divorciada inglesa (que conserva el apellido de su ex marido italiano) y madre de dos niños, dedicada al negocio de la moda, que inicia una relación amorosa-sexual con Steve Blackburn (George Segal, también ganador del Globo de Oro), hombre de negocios estadounidense establecido en Londres, casado y padre de familia. La súbita atracción entre ambos choca con las dificultades, no solo logísticas o de agenda ni derivadas de sus caracteres contrapuestos (ella, independiente, lúcida, socarrona pero vulnerable; él, caótico, torpe, despistado, práctico pero seductor y romántico), que obstaculizan su consumación física, por lo que se emplazan para su gran apoteosis a una escapada romántica de varios días en la Costa del Sol española. No obstante, la coincidencia en el viaje con un viejo amigo de Steve, Walter Menkes (Paul Sorvino), que vuela a la misma zona para encontrarse con su esposa, solo es el primero de los problemas que ponen en riesgo la culminación de un romance supuestamente pasajero.

El tratamiento de la historia de divide en dos grandes bloques. El primero, que puede denominarse como geográfico, oscila entre Londres y España. El segundo, más relacionado con el tono y la forma, bascula entre la comedia y el drama sentimental. En cuanto al primer apartado, Londres ocupa el planteamiento -Steve y Vickie se conocen (en una apelación al azar, o a una suma de ellos, muy cogida por los pelos), se cortejan y amoldan sus respectivas vidas uno al otro- y la parte crucial del desarrollo, el clímax y el desenlace -la formalización de la relación adúltera (tratada con una franqueza imposible en el cine no demasiados años antes), sus previsibles problemas, la pasión, el desgaste y la forzosa e inevitable conclusión-, mientras que en España tiene lugar el capítulo central del argumento y la progresiva germinación del drama -al fin, el encuentro (aunque no sin el concurso de más inconvenientes), un grave desencuentro, la reconciliación y el acuerdo para seguir la incierta relación de vuelta en Londres-. En este punto, el guion, escrito por Melvin y Marvin Frank junto a Jack Rose, pese a acumular igualmente numerosas candidaturas a premios, está lleno de lagunas e imprecisiones, de lugares comunes y de elementos desaprovechados. El establecimiento del vínculo entre Steve y Vickie transita de la manera más predecible, a pesar de los buenos diálogos, repletos de ironías y sarcasmos, que dominan las situaciones y del buen ritmo y el detalle con el que están diseñados cada uno de sus encuentros. No se utiliza apenas (más allá de los partidos de béisbol entre los norteamericanos residentes en Londres o la diferencia de acentos entre la perfecta dicción inglesa, prácticamente de academia, de Vickie y la lengua de trapo americana de Steve) la vertiente del extrañamiento o de pez fuera del agua, no se intenta explotar cómicamente el contraste de las diferentes idiosincrasias, británica y estadounidense, de los personajes aparte de algún que otro detalle cosmético. Tampoco se usa el prisma familiar (los niños desaparecen del metraje casi nada más asomar a la pantalla), excepto el logrado y elaborado gag por el que Steve termina comprando billetes en Iberia (otro buen punto de comicidad es la señorita Ramos, la persona que atiende sus sucesivas peticiones) para su esposa (Hildegarde Neil), sus hijos e incluso sus suegros (que se esfuman igualmente de la trama tras cumplir su breve papel). La parte española, al margen de lo «exótico» que resulta ver a George Segal pidiendo alquilar un SEAT 124 en el aeropuerto de Málaga, y conformándose con un 600 que funciona a trompicones y en el que a duras penas cabe el equipaje, se asienta en el tópico del turismo de sol y playa y en las intermitentes apariciones de Walter, ante el que Steve y Vickie deben fingir no conocerse para ocultar su relación prohibida. Los instantes cómicos en el hotel y con su personal, pretendidamente disparatados, no terminan de funcionar (especialmente bobo es el presuntamente hilarante momento del dolor de espalda de Steve en pleno acto, pero también el montaje de la violenta pelea entre Steve y Vickie deja bastante que desear: ella se quita tres veces el zapato izquierdo para arrojárselo a él), y la mayor carga de ingenio, tampoco en exceso novedosa, es el pasaje en el que Walter por un lado, y su esposa por otro, invitan respectivamente a la misma cena a Steve y Vickie justo cuando su romance ha alcanzado el punto más bajo su compañía es menos grata para el otro.

La floja construcción del romance y el recurso a la comedia más burda y torpe tienen, sin embargo, su contrapunto. En cuanto a esta última, la película tiende un del todo inesperado puente con los planteamientos surrealistas, por ejemplo, El discreto encanto de la burguesía (Le Charme discret de la bourgeoisie, Luis Buñuel, 1972): la comedia que mejor funciona en la película es el tramo durante el que los protagonistas persiguen la realización de un deseo (en concreto, acostarse juntos) que una y otra vez, por los motivos más variopintos, se ve truncado, impedido, pospuesto a un futuro incierto. Igualmente, los planos laborales de ambos personajes, las relaciones de Steve con sus subalternos directos y de Vickie con su asistente gay, al que martiriza sin pretenderlo, ofrecen cierto desahogo a un argumento centrado casi en exclusiva en los avatares de la pareja protagonista (no hay casi ningún plano de la película en el que no aparezca al menos uno de los dos). Otro tanto sucede con el drama; lo previsible de la situación, su suma de tópicos dramáticos y de convenciones emocionales (de la cada vez más complicada vida de Steve para atender a esposa y a su amante, llegando incluso a comer o cenar dos veces en un mismo día o a obligarse a mantener un nivel extraordinario de rendimiento sexual) alcanza en la conclusión de la película un mayor nivel de sutileza y profundidad. La verborrea y la banalidad mutan en una mirada más comprensiva y melancólica a medida que la pareja asume el inevitable final y comienzan a dar pasos en esa dirección, intenciones veladas, aún no compartidas, pero que van confluyendo en una conclusión que atesora tacto, sensibilidad y cariño por los personajes. Son los mejores momentos de la película, el telegrama que escribe Steve (en paralelo a los esfuerzos de ella por redactar uno similar), sus esfuerzos para que, arrepentido, este no sea enviado, su rectificación y su preparación de una velada especial… para encontrar vacío el piso del Soho y a Vickie poniendo pies en polvorosa. Instantes amargos tratados con una mirada sutil, cómplice, sofisticada y elegante, que bien valen el metraje anterior, con todas sus carencias y defectos. Alejada, sin embargo, de todo sentimentalismo, la película, que no idealiza el amor romántico ni aplaude el matrimonio ni la infidelidad, habla de los sentimientos como de un territorio inseguro, incómodo, repleto de malentendidos, de deseos contradictorios, de pequeñas humillaciones cotidianas, de alegrías efímeras y deudas acumuladas, y también de un humor que surge tanto de la euforia compartida como de la imposibilidad de estar a la altura de las fantasías sobre sí mismos. Un retrato honesto de dos adultos que intentan encontrar un poco de felicidad, sin engañarse demasiado, conscientes de su naturaleza temporal, caduca y agridulce, como la de la vida misma.


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