El Merlú nació como reclamo. Es un despertador. Un anuncio de convocatoria a todos los hermanos de la Cofradía. A las cuatro todos, antaño, eran citados para asistir al sermón de la Pasión que preludiaba la salida de la procesión. Había recuento. Pasaba lista el secretario y no había excusa que impidiese hacer compañía a Jesús hasta el Calvario situado en el humilladero de San Torcuato, puertas afuera de la ciudad, al descampado convertido años después en un campo de torres, colmena de altos edificios que la modernidad llama avenida. Si el escenario ha cambiado, los protagonistas no. Siguen los pasos de don Ramón Álvarez convertidos en un ejercicio plástico de Evangelio. Continúan los hermanos con su pobre y gastada túnica de percalina y con su cruz al hombro, tal y como señalaron los estatutos de su refundación. Y suena, intemporal y áspero, el Merlú. Ese grito venido de otro mundo, un bramido de metales surgido de la nada. ¿Cómo y por qué?.
Estatua El Merlú Plaza Mayor de Zamora
Y cuando un postrero lamento del Merlú, a la puerta de San Juan, besa con su plegaria a la Virgen de la Soledad y la despide, lo hace en nombre de todos los que antes de partir a la otra vida, tuvieron la suerte de conocer, acompañar y rezar a esa Madre en ésta. Y así, con ese último sentimiento del metal y el tambor, un año más quedan encomendados bajo su manto.Terminada la procesión, el Merlú permanece, en bronce, al lado de la iglesia, en la Plaza MAyor como testimonio de fe, ejemplo de perseverancia en la tradición, tributo a la historia cofradiera de Zamora y a su manifestación más popular que le ha abierto las fronteras de la fama en todo el mundo. Pero sobre todo, el Merlú está allí como un símbolo y una recomendación. Lo grita ese gesto del bronce con los pies asentados firmemente en la tierra. El futuro de esta tierra tiene que ir mucho más allá de la fidelidad a una tradición tan hermosa. Con ser fieles a una tradición no se conquista el porvenir ni se labra todo un siglo que llega. No podemos refugiarnos en la belleza perdurable de unas pocas fechas. Ahí está el Merlú, plantado en el centro de su Plaza Mayor, para despertar cada mañana a los zamoranos y llamarlos a participar en la procesión del futuro, que va mucho más allá de una conmemoración y de unas pocas jornadas, por muy inolvidables que sean. Así tendrá un mayor sentido ese sonido de las evocaciones y de las ausencias en la madrugada del Viernes Santo.