Este momento es para compartirlo bajo el subsuelo sueco, que nada tiene de tenebroso ni anodino, sino de espectáculo policromado, imaginación y mucho arte pictórico. Ya me habían llegado soplos informativos de lo que subyace bajo los pies de Estocolmo, pero una visión vale más que mil palabras. A ver si el reportaje fotográfico es capaz ahora de refrendar ese aserto (afirmación). Voy en busca de las líneas 10 y 11, línea azul, que son las que reúnen un mayor número de estaciones de metro decoradas como una galería de arte.
Para no acabar desparramado como un pañuelo o una colilla de tabaco a medio apurar, tengo que aferrarme con ambas manos y maromas si las hubiere. Este metro es veloz, un poco asilvestrado (desbocado, salvaje). Los frenazos y aceleraciones son como desafíos para manifestar la omnipotencia de la ley de la gravedad. Estas estaciones tan maravillosas pueden visitarse de manera gratuita con un guía en habla inglesa que te va "iluminando" sobre aspectos "biográficos" de las pinturas que vemos en techos y paredes.
Si te interesa el complemento explicativo no hace falta que reserves nada ni llames ni presentes tus respetos a nadie... Las visitas guiadas son a las 15:00 y abarcan desde el 02 de Junio al 30 de Agosto. Hay un buen puñado de estaciones que te dejarán absorto, como si hubieses visto un platillo volante o una holografía de Jesús caminando sobre el mar, si se me permite la hipérbole (exageración). Podemos comenzar la revisión por la de Solna Centrum, que es como una ensoñación de colores rojos y verdes que se recrean en un prado o paisaje rural. No me disgusta en absoluto la estación de Stadion, compuesta de arco iris y predominio azulado. Más rara es la abstracta Tekniska Hogskolan, una maravillosa dicotomía (compuesta de dos partes) roja y azul. Ahí te dejo esa mínima pero imprescindible muestra. Salgo al exterior para perderme por el dédalo (laberinto) medieval de la ciudad, con la mirada puesta en mi próximo destino: el palacio de Drottningholm.
PALACIO REAL DE DROTTNINGHOLM
ANTES DE SUBIR AL BARCO, PARADA EN EL AYUNTAMIENTO.
El trayecto en barco es una delicia, la verdad, dejando atrás boscosas islas que parecen de cuento de hadas.
Drottningholm fue fundado en el año 1661 por la reina Hedvig Eleonora, si bien, poco después se quemó y tuvo que hacerse cargo de las reconstrucción. Quiso darle al palacio un aspecto de inegable enseña fraco-italiana. Los motivos ornamentales barrocos que abundan en el jardín tomaron su inspiración de los que se pueden visitar en Versalles y Chantilly.
Pero esto prosigue y así arribo a la biblioteca de blanco rococó y dorados que parecen fulgir (brillar) como el primer día.
Una guía turística de lo más salada, pizpireta y agradable nos cuenta que fue la reina Lovisa Ulrika quien decide ponerlo en marcha para reactivar el teatro en Suecia, que estaba un poco aletargado. Y es que las comparaciones son odiosas. En Berlín esta expresión artística era algo mucho más vibrante y en boga. La reina quería algo así para Suecia, y en ello puso su empeño. El teatro clásico de Drottningholm es muy interesante y hermoso, dentro de ese espectro de belleza que se cuida y mima cuando sabemos que algo es añoso y ha sobrevivido a toda suerte de eventualidades temporales. De sus arrugas y cicatrices pueden dar fe el escenario y las bancadas medievales, la madera y el papel maché. Tras el breve recorrido y las entretenidas explicaciones regreso al ensueñode los jardines con estatuas mitológicas y un gran laberinto. Cruzando un sendero boscoso me planto ya en el pabellón chino. Es del año 1753 y se entregó como ofrenda del rey Adolf Frederik para su esposa, la reina Lovisa Ulrika. El pabellón chino fue la casa de retiro de los reyes cuando se alejaron definitivamente de la vida pública.