Metropolitano

Publicado el 22 octubre 2014 por Alfredojramos

Bajo puentes de luz que el día construye, sucio de lluvia urbana, el remolino de mis pasos sigue las huellas blancas del lobo estepario.
En el andén del metropolitano el reloj marca con ritmo digital el tiempo exacto  que empieza a separarme de su cuerpo. Se suceden carteles en penumbra y un destello que cruza fugazmente  descubre las ruinas de una vieja estación ya clausurada. «Moda ideal», alcanzo a leer en grandes letras junto al dibujo borroso de un modelo sin rostro, encorbatado.
Después, un largo túnel y el bulto descompuesto de un hombre que parece tener algún problema con su sombra reflejada en la puerta de cristal que tengo frente a mí.
El tren se para.
Me acuerdo de Pessoa, quiero decir,  del ingeniero Álvaro de Campos mirando una mañana de verano, en los muelles del Tajo, donde la Ciudad Blanca aún conserva su estela colonial y el trasiego de viejo marineros, mirando cómo entraban los barcos en el puerto: pequeño, negro y claro, un paquebote removía las aguas y su melancolía.
Y un volante –memoria ya de otro que recuerda los recuerdos ajenos– giraba en su interior hasta llevarle al fondo de una novela de piratería en la que él –¿quién?– gozaba con las muertes  y los delirios de la crueldad, imaginando las más abyectas acciones predadoras, para, después, al ritmo de un nuevo giro del volante, sentir que en verdad era, quería ser, la víctima. Y yo, al leerlo, sentado en mi sofá, muchos años después y hace ya muchos años, sentía una emoción que me ponía  al borde de las lágrimas.
El tren parte.
Han entrado dos nuevos viajeros y es otra vez el túnel  con su paso veloz   el que lo funde todo en una larga estela de guiños que no alcanzan a crear una imagen. El traqueteo monótono consigue adormecerme y, sin quererlo, vuelvo a escuchar el eco de la voz que me dejó perplejo ante el teléfono cuando esperaba su llamada.
«Buenas tardes. Me llamo Rosana Caridad, de Irish Life, quizá usté ya conozca el nombre de nuestra compañía. Le llamo porque hemos preparado una nueva gama de productos y sería un placer visitarle en su propio domicilio o en su trabajo para, personalmente, explicarle las muchas, sí, muchísimas, ventajas que encierran para usté... Mire, se trata de seguros a la carta, baratísimos, con sus cómodas cuotas, se pagan sin sentir, y cubren riesgos, ya sabe, en estos tiempos, hasta un millón y medio por su vida, y medio millón más si pierde un ojo, un brazo, un dedo, cinco millones en caso de siniestro total, Dios no lo quiera... se ha parado a pensar, vivir es fácil, pero si un día, Dios no lo quiera, librarse de esa angustia... usté y los suyos..., seguridad... a salvo... sin problemas... con mucho gusto... oiga... está usté ahí?... me escucha?... oiga..., oiga...!!»
El blanco de mi mente  se funde con el blanco del neón. Al salir, los pasillos mecánicos  llevan un cargamento de gente que se ignora. Detrás de mí va el hombre que parecía roto. El aire de la calle, sucio de lluvia sucia, me hiere la mejilla y, sin saber por qué,  siento que algo se rompe en el silencio  conmovido de mi alma, siento que estoy llorando sin lágrimas, y no importa, mientras la vida siga y haya metros que midan la distancia de idéntica manera y haya poemas que podamos leer o emociones que puedan recordarse, qué importa que hace poco, ayer mismo, hace un siglo, me dijeras:  «Adiós, amor, nunca más nos veremos».
[En estos días inusitadamente calurosos de octubre el Metro de Madrid cumple 95 años. No tantos, pero si unos cuantos (pongamos que veintitantos), tiene el poema que hoy dejo en la Posada. Recuerdo que lo escribí de un tirón, poco después de haber recibido por teléfono la llamada publicitaria que en él se recrea, y en la que las cifras, en pesetas, son una clara marca de época de un texto sobre el que he vuelto varias veces a lo largo de estos años, y siempre sin saber a qué atenerme. La decisión de compartirlo ahora, no sin muchas dudas, es en el fondo, y sobre todo en la forma, la mejor manera de librarme de él. La imagen que lo ilustra, pescada en la red, corresponde a la famosa estación fantasma de Chamberí, también evocada en el texto y que hoy es la sede de un museo dedicado a recordarnos la importancia que en la vida de la capital ha tenido y tiene el medio de transporte urbano por excelencia.]